TRIBUNA
Estados Unidos: hagan sus apuestas
lunes 02 de febrero de 2015, 20:07h
Hace pocos días ha visto la luz la edición española de “El desmoronamiento”, obra de George Packer, en la que se describen con tintes muy sombríos (es una suerte de biopic del país, a través de las historias personales de diferentes prototipos sociales) el presente y, especialmente, el futuro de Estados Unidos. Por otro lado, a principios del año recién comenzado conocíamos que el Fondo Monetario Internacional revisaba su previsión económica para 2015, anticipando un crecimiento del gigante americano del 3,6% (cinco décimas más que la hecha pública en octubre), siendo, con mucho, la economía occidental que mayor ascenso experimentará en los próximos doce meses.
Bien podría afirmarse que el contraste entre los dos datos referidos es una plasmación más de los célebres frenos y contrapesos incrustados en el alma de Estados Unidos, una nación (como todas, pero en su caso en mayor grado que en el resto) en la que la realidad no responde a un solo color, presentando variedades cromáticas sociales y políticas múltiples, cuya superposición da lugar a colores desconocidos en otras latitudes. En todo caso, lo cierto es que, mientras tanto, sin tiempo para reflexionar sobre las derivaciones de aspectos como los señalados anteriormente, la frenética vida política de Washington continúa. El año político recién inaugurado podría definirse como un año de transición o “adviento”, en espera de la llegada de un 2016 anunciado como fin del sueño/pesadilla de la era Obama.
El Presidente ha decidido pasar a la acción, frente a lo que en principio podía haberse aventurado tras la inapelable derrota de su partido en las elecciones del pasado noviembre. Obama ha optado por salir del bunker del despacho oval mirando de una parte a los libros de Historia y, de otra, a los ojos de la mayoría republicana en ambas Cámaras. La “diplomacia relámpago” en relación con Cuba y la orden ejecutiva por la que se impide la deportación de más de cuatro millones de inmigrantes son ejemplos destacados de la resistencia del principal mandatario mundial a retirarse calladamente del centro de la arena política. En muchos de sus pasajes el discurso sobre el estado de la Unión de hace unas fechas recordaba más a un “inauguration address” que a un mensaje de recta final de segundo mandato. Al escucharlo daba a veces la impresión del deseo de Obama de volver al año 0, de seguir liderando un país para el que, tras una larga hora oscura, lo mejor está por llegar.
Enfrente se encuentra un Congreso recién constituido en el que los republicanos “son mano” en todas las jugadas, debido a las amplias mayorías con las que cuentan. Con todo, la posición de aquéllos dista de ser fácil. El partido del elefante necesita demostrar que puede gobernar el país, tras haber realizado una exitosa (en términos político-electorales) labor de oposición-destrucción en los últimos 6 años, lo que obligará a transigir con Presidente y minoría, y, en sentido inverso, a no defraudar a una parte sustancial de sus votantes en las elecciones de medio mandato a los que necesita mantener movilizados de cara a la cita de 2016. De la destreza con la que lleven a cabo ese difícil equilibrio dependen muchas de sus posibilidades. Ya se ha podido comprobar ese juego a dos manos, pudiendo citarse como ejemplos respectivos de los movimientos descritos la estrategia en los temas de inmigración y aborto. Así, por lo que se refiere a la inmigración, la reacción republicana al movimiento presidencial se está caracterizando, en líneas generales, por una huida de la “guerra total” (sin duda motivada por la importancia del electorado hispano en la determinación del próximo inquilino de la Avenida de Pennsylvania). Frente a la tentación de dejar sin fondos al Departamento de Seguridad Interior, mediante la no aprobación de la correspondiente ley financiera el 27 de febrero, los congresistas de la mayoría están explorando otras vías, como por ejemplo, incrementar los presupuestos para la vigilancia fronteriza. Por lo que respecta a la segunda dirección, los republicanos han elegido uno de los elementos clásicos del llamado “debate cultural”, terreno en el que, desde hace unos años y, revirtiendo lo que tradicionalmente ocurría en el país-continente, se sienten muy cómodos, mucho más que su rival demócrata. De esta forma, los republicanos han puesto sobre la mesa un proyecto para prohibir el aborto en las primeras 20 semanas de gestación, plan abocado al fracaso toda vez que (al margen de su compatibilidad con lo afirmado por la Corte Suprema en Roe contra Wade) de aprobarse contará con toda seguridad con el veto presidencial. Precisamente, el veto, tras su escasa utilización por Obama en sus años de mandato (sólo en dos ocasiones) está llamado a cobrar el protagonismo que normalmente adquiere en situaciones como la ahora estrenada (Presidente de distinto signo a las Cámaras).
En el horizonte, importantes citas. El 27 de febrero ya aludido, Conferencia conservadora (febrero), elección de alcalde de Chicago (final de febrero), finalización del plazo habilitador de escuchas establecido en la Patriot Act (1 de junio), finalización de la vigencia del acuerdo inicial con Irán (30 de junio), aprobación por ley de los recursos financieros para las diferentes políticas (final de septiembre), elección del gobernador de Kentucky (3 de noviembre)…
Tampoco faltarán fechas importantes en el calendario de la que en ocasiones es caracterizada como tercera Cámara, el Tribunal Supremo. Destacan dos casos por encima del resto: la decisión, tras la trascendental sentencia Estados Unidos v. Windsor (2013), sobre la constitucionalidad de diferentes leyes estatales (de cuatro Estados) que prohíben los matrimonios del mismo sexo, y, en segundo término, una “revisitación” del Obamacare a través del recurso contra los beneficios fiscales previstos para la contratación de seguros médicos (Yates v. Estados Unidos). A lo señalado cabe sumar como titular la más que probable renuncia-jubilación de la magistrada Ruth Bader Ginsburg, si bien, en principio, su sustitución no alterará (nombrada por Clinton) el equilibrio de poderes en la Corte.
Todas las miradas están ya puestas en 2016. Los dos grandes partidos afinan sus maquinarias de cara al inicio de una carrera que, sin interrupción, se repite desde hace más de 225 años. En el bando republicano la baraja es amplia, resucitando nombres del pasado (Romney, Huckabee, Jeb Bush) junto a los de los jóvenes “starlets” (Rubio, Ryan, Paul, Cruz..). En la orilla demócrata sólo aparece un nombre familiar, Clinton.
En un tiempo en donde en el Viejo Continente florecen los movimientos de base populista de uno u otro signo, el bipartidismo estadounidense parece no tener fisuras. Con todo, dos precisiones en relación con lo acabado de señalar. En primer lugar, frente a lo que pudiera pensarse, los movimientos políticos de base populista no han sido extraños en la historia americana, pues responden en algunos aspectos a aspiraciones arraigadas en determinados sectores del país (ya sea la preservación de la vieja América rural, la lucha contra el poder financiero de Wall Street o la persecución implacable de la corrupción) hasta el punto de que algunos de ellos han gozado de períodos de relativo éxito: Partido del Pueblo a finales del XIX, Partido Progresista del último Teddy Roosevelt, Partido Progresista de La Follette, etc… Por otra parte, si bien no hay en el presente partidos populistas como tales (o al menos con el suficiente éxito para aparecer en Capitol Hill), dichos movimientos están en cierto modo detrás de algunas corrientes surgidas en los últimos tiempos en los dos grandes partidos. Así, se advierte su influencia en el denominadoTea Party (algo semejante a lo que ocurrió en el propio partido republicano, a mediados de los 60, con el movimiento encabezado por Barry Goldwater) y, en sentido contrario, en la línea abanderada en la actualidad por la senadora Warren en el partido demócrata. Por tanto, el sistema es más abierto de lo que desde Europa suele reconocerse, “milagro” sólo posible gracias a las circunscripciones uninominales. El grado de influencia de tales corrientes en la determinación de los candidatos y del vencedor final en noviembre de 2016 es otra cuestión. De momento ha comenzado la vuelta de calentamiento. De ella, obviamente, no saldrá el ganador, pero supondrá que algunos no lleguen a la línea de salida.