Planos estudiados y muy cuidados, travellings de cámara, infografías, efectos sonoros y visuales más propios de producciones de Hollywood… La última atrocidad de Estado Islámico, la ejecución del piloto jordano Muaz Kasasbeh quemándolo vivo dentro una jaula y colgando la barbarie en Internet, es un claro ejemplo de cómo el yihadismo más radical ha dado un salto cualitativo en su guerra contra Occidente y empieza a utilizar técnicas propias de cine para complementar su campaña bélica.
Pero, ¿a qué se debe este cambio? ¿Dónde han quedado los vídeos grabados con una cámara de baja calidad, en habitaciones cerradas o en remotas montañas y con una sabana por fondo neutro? ¿A qué atiende que los vídeos en los que Estado Islámico ejecuta a norteamericanos, británicos, rusos, japoneses, franceses o, ahora, jordanos pudieran pasar por avances del último estreno de acción de la industria estadounidense?
Los yihadistas han caído en la cuenta del enorme poder de sugestión y convocatoria de lo visual. Una vez desarrolladas sus plataformas en las distintas redes sociales, especialmente en Twitter, lo que les ha permitido hacer llegar su discurso a todas las partes del globo de manera instantánea, los radicales han dado un paso más en su afán por hacer más atractiva su campaña: tiñen sus atrocidades de heroísmo y espectacularidad para captar adeptos y ganar apoyos.
A pesar de la idea generalizada, en los países musulmanes no se habla el mismo idioma ni mucho menos. De hecho, el combatiente marroquí tiene complicado entenderse con uno de Iraq, del mismo modo que uno sirio no puede mantener una conversación con un tunecino o un checheno. El árabe cuenta con miles de dialectos y derivaciones distintas según el país en el que se hable y eso Estado Islámico lo sabe. Para ello se ha valido de un idioma universal: el visual. Y cuanto más atractivo y espectacular sea este, mejor.
Así, el vídeo de algo más de 22 minutos en el que Kasasbeh es brutalmente asesinado cuenta con una muy cuidada puesta en escena, un guión preestablecido con milicianos fuertemente armados y uniformados como comandos de élite, con planos recreándose en el rostro de angustia y terror del piloto jordano y tomas a cámara lenta en los momentos álgidos. Todo esto no se hace sobre la marcha, sino que requiere de un equipo técnico y humano muy específico con un único objetivo: vender la yihad como algo impactante, algo valeroso y atractivo.
No es una estrategia nueva. Desde hace décadas, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos colaboran con Hollywood para que su imagen salga lo mejor parada posible. Es más, cuentan con un departamento específico de producciones cinematográficas que asesora y colabora con los estudios para jugar con las proyecciones y, de este modo, hacer atractivo el hecho de alistarse o vender ante la opinión pública una imagen determinada.
De este modo, centenares de títulos ‘made in Hollywood’ han contado con la supervisión y aprobación del Departamento de Defensa que, a cambio de medios (cesión de escenarios y toda clase de vehículos y material, por ejemplo), exigen un 'guión amigo': desde
Blackhawk derribado, ambientada en Somalia, uno de los mayores fiascos militares de la historia reciente de Estados Unidos, y con notables diferencias entre el guión y la realidad, a
Zero Dark Thirty, en la que se justificaban las torturas en pleno debate sobre los interrogatorios a prisioneros de guerra, por poner dos títulos cercanos en el tiempo.
Todas estas producciones y muchas más fueron recogidas en un revelador informe publicado en 2009 que se hacía eco de la estrecha colaboración entre militares y la industria del séptimo arte titulado
Lights, Camera... Covert Action: The Deep Politics of Hollywood. La estrategia de los yihadistas no es sino un paso previo, obviando los contenidos atroces e inhumanos, de una estrategia publicitaria que lleva años de recorrido y resultados.
Sin embargo, a juicio del profesor de sociología de la London Metropolitan University
Saman Ramadami, aún quedan muchas preguntas por responder en torno a esta nueva ‘arma’ del EI: ¿Donde los producen?, ¿Quién los financia?, ¿De dónde obtienen su apoyo? ¿Hasta dónde serán capaces de llegar con este tipo de piezas”. Por desgracia, toda predicción se ha quedado corta hasta la fecha.