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TRIBUNA

El ogro neoliberal

domingo 08 de febrero de 2015, 20:07h
Actualizado el: 09 de febrero de 2015, 13:32h

Octavio Paz publicó en 1978 un ensayo titulado El ogro filantrópico, que abordaba la situación de México en aquella época. “El poder central –denunciaba el futuro Nobel- no reside en el capitalismo privado ni en los partidos políticos sino en el Estado. Trinidad secular, el Estado es el Capital, el Trabajo y el Partido”. Este juicio alertaba sobre los riesgos de atribuir al Estado un poder descomunal. Paz opinaba que México no era un Estado totalitario, pero entendía que el hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI) encarnaba los riesgos de un paternalismo gubernamental contaminado por una corrupción galopante. Se ha escrito mucho sobre el 15-M, sin mencionar que sus virtudes como movimiento ciudadano declinaron cuando irrumpió el radicalismo, invocando como modelos alternativos la Revolución Cubana y la Venezuela de Hugo Chávez. Ese discurso incluyó una lectura revisionista de la Transición española y una temeraria simpatía hacia los “procesos soberanistas” de Cataluña y el País Vasco. No se justificó tan sólo el anhelo independentista, sino que –además- se minimizó el enorme caudal de sufrimiento causado por la violencia de ETA y su entorno. Se rescató el marxismo-leninismo como ideología emancipadora, olvidando que el creador de esa desdichada fórmula fue el mismísimo Stalin, uno de los grandes genocidas del siglo XX. Tal vez yo no sea la persona más adecuada para airear los lodos del 15-M, pues contemplé con agrado la movilización y me dejé arrastrar por el fervor radical. No sé si sirve de excusa alegar que estudié filosofía a principios de los ochenta, cuando la retórica marxista aún ejercía una fuerte influencia en las aulas. Fui alumno de Gabriel Albiac, que en esos años se proclamaba comunista. Con la perspectiva del tiempo, no me sorprende su evolución hacia posiciones más templadas. Albiac era demasiado amable, demasiado inteligente, demasiado humano. Resultaba chocante que se identificara con una ideología enemistada con la libertad y los derechos individuales. Tal vez su amor a la cultura judía influyó en su cambio, pues la izquierda radical es abiertamente antisemita. De hecho, explota la desgraciada situación del pueblo palestino para establecer una inaceptable analogía entre el Estado de Israel y el Estado nazi. No sé exactamente qué le hizo recapacitar, pero comprobar que la seducción totalitaria puede prosperar incluso en una mente privilegiada, constituye un alivio para los que hemos chapoteado en el mismo lodazal. Si alguien quiere saber realmente qué es el marxismo-leninismo, le aconsejo que estudie la historia de ETA y sus crímenes. El romanticismo que desprende la exaltación revolucionaria se apaga cuando reparas en el dolor de las víctimas. Las revoluciones no son verbenas, sino un terrorífico baño de sangre. Si triunfan, lo que surge a continuación no es un paraíso, sino una dictadura que liquida las libertades, extermina a sus adversarios y abre las puertas a la corrupción. Sobran ejemplos históricos: la Unión Soviética, Corea del Norte, la Cuba de los hermanos Castro, la Camboya de Pol Pot. La metáfora del “ogro filantrópico” ofrece una visión amable del totalitarismo comunista, pues –según el testimonio de Margaret Buber-Neumann, prisionera de Hitler y Stalin- en la Unión Soviética el sueldo de un obrero en los años treinta no le permitía comprarse un traje ni comer carne un día en semana. Eso sí, existía un mercado negro que funcionaba con la inhumanidad del capitalismo salvaje, reservando los artículos de primera necesidad para los que pudieran pagarlos.

Así como Octavio Paz habla de “un ogro filantrópico”, yo me atrevo a esbozar la figura de un “ogro neoliberal”, un espantajo creado por la izquierda radical para simplificar y condenar el liberalismo. El “ogro neoliberal” constituye la maldad absoluta y representa simbólicamente a todos los que aún creen en el mercado como fuente de bienes y recursos. Durante mi viaje por el radicalismo de izquierdas, ese fantasma me persiguió, obligándome a mantener un espíritu beligerante contra personas que se habían caracterizado por su generosidad conmigo. La izquierda radical no es una opción política, sino una “religión” que divide el mundo en amigos y enemigos. Se puede afirmar lo mismo del nazismo, que copió grotescamente las ceremonias paganas. Me voy a permitir hablar de dos presuntos “ogros neoliberales”. En primer lugar, mencionaré a mi profesor de lógica en la Universidad Complutense, cuando yo era un tímido estudiante de veinte años, que se esforzaba en pasar desapercibido. Mi profesor era un hombre joven, alto y delgado, con el pelo rizado y un bigote que parecía inspirado por una sincera anglofilia. Su pipa –por entonces, el tabaco no sufría las actuales prohibiciones- afianzaba la impresión de estar ante un amante de la cultura británica, con un punto de extravagancia y una saludable pasión por la claridad. Mi mujer, que también era su alumna, le escuchó por primera vez. “Es una especie de Einstein moderado por una larga estancia en Oxford. Ayer se le cayó el borrador, le dio una patada y continuó su explicación, como si no se resignara a vivir bajo las exigencias de la ley de la gravedad”. Yo no había podido acudir a clase porque una gripe me mantenía en la cama, pero en los días posteriores pude comprobar que no mentía. Con su pipa, el profesor explicaba las leyes de la lógica, realizando excursiones por la mecánica cuántica, la pintura y la literatura. Lejos de ser espeso, sus clases se caracterizaban por el sentido del humor, el diálogo y la benevolencia. Mi mujer –entonces, mi novia- y yo nos pasamos un día por el departamento de lógica para pedir un libro prestado. Nos atendió él, con su sempiterna pipa colgada de los labios. No llevábamos los carnés de estudiantes y confió en nuestra palabra. “No creo que seáis espías ni saboteadores –nos dijo, con un brillo burlón en la mirada-. Podéis llevaros el libro. Si muero repentinamente, nadie podrá reclamarlo. No será un crimen perfecto, pero casi. La vida se parece a la lógica. Está llena de paradojas”. No recuerdo si devolvimos el libro, pero a final de curso mi mujer obtuvo un sobresaliente y yo un notable. Mi talento para el cálculo abstracto es trágicamente limitado.

No sospechaba que volvería a encontrarme con mi profesor en 2003, convertido en director de Revista de Libros. Aunque no me recordaba como alumno, le hizo ilusión saber que había asistido a sus clases. Empezó entonces una colaboración que se prolongaría hasta 2011. En ese período, me publicó veinticinco artículos, sin inmiscuirse jamás en mis opiniones. La crisis acabó con la versión en papel de la revista y yo interrumpí mi colaboración. La marea del 15-M, con sus aprendices de Lenin y el Che, me arrastró durante un par de años y mis nuevos compañeros de viaje ejercieron una coacción muy real para que no me desviara de sus consignas. Mi profesor de lógica era un liberal convencido y, por consiguiente, un “ogro maléfico”. No había matado a nadie, pero eso era irrelevante. El Che había cometido una verdadera carnicería en Sierra Maestra y en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, pero era un libertador, un héroe. Cuando me armé de valor y rompí con la izquierda radical, escribí a mi antiguo profesor de lógica y le conté mi peripecia. Sin hacerme ninguna clase de reproche, me invitó a retomar las colaboraciones con Revista de Libros, que había reaparecido en versión digital. Puedo afirmar que Álvaro Delgado-Gal no es un “ogro neoliberal”, sino un liberal sincero que siempre ha luchado por crear espacios de libertad y controversia, combinando el espíritu autocrítico y un fino sentido del humor.

Algo semejante podría decir de Luis María Anson, presidente de El Cultural, donde escribo desde el año 2000. Brillantemente dirigido por Blanca Berasategui, El Cultural es un espacio plural, riguroso y tolerante. Jamás he soportado ninguna clase de injerencia o censura. Blanca Berasategui supervisa la calidad de los textos, pero respeta escrupulosamente la opinión de los críticos. He visto muchas veces a Blanca, pero solo he hablado con Anson en una ocasión. En 2003, le llamé por teléfono para agradecerle sus palabras en “Canela Fina”, donde había elogiado mi reseña de Yo, otro. Crónica del cambio, del Imre Kertész. Fue una charla breve y cordial. Anson se mostró increíblemente amable, cercano y accesible. Años más tarde, los propietarios de El Montacargas, sala alternativa de teatro, emplearon los mismos términos para describirlo, contándome que de vez en cuando acudía a las representaciones: “Todo un caballero. Y con un espíritu muy abierto”. Cuando hace unos meses le envié un correo electrónico, relatándole mi desencanto político y mi deseo de escribir en El Imparcial, Anson accedió, animándome a preservar mi independencia. Y aquí estoy, colaborando semana tras semana conEl Imparcial y preguntándome si existe el “ogro neoliberal” o es una quimera de mentes intoxicadas por la necedad y el odio. Mi experiencia me ha enseñado que la izquierda radical constituye una amenaza para la democracia, no menos inquietante que la ultraderecha. Desgraciadamente, ambas fuerzas han ganado adeptos con la crisis económica. El ogro no es neoliberal o socialdemócrata, sino totalitario y sólo deseo que continúe en su ciénaga, sin desatar un vendaval que malogre décadas de paz y convivencia. La crisis no se resolverá con revoluciones pardas, azules o rojas, sino con solidaridad, diálogo, transparencia y equidad.

Rafael Narbona

Escritor y crítico literario

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