El pasado 30 de enero se celebró en el Salón de Actos del Rectorado de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid un solemne Acto Académico con motivo de la Festividad de Santo Tomás de Aquino, presidido por su Rector Fernando Suárez. En él además de procederse a la investidura de los nuevos Doctores, se hizo entrega de la medalla de oro a título póstumo a Don Emilio Botín Sanz de Sautuola, presidente del Banco Santander, a través de Don José Antonio Villasante, Director General del Banco Santander y Director de la División Santander Universidades. El broche de oro a tan importante evento lo puso el Rector con la solemne investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad Rey Juan Carlos a Don Juan Luis Cebrián Echarri, Don Luis María Anson Oliart y Don Stefano Boccaletti. Tan alta distinción correspondió así a dos grandes personalidades del periodismo español y a un renombrado sabio científico. La laudatio de Don Juan Luis Cebrián corrió a cargo de Don José María Álvarez Monzoncillo y la de Don Luis María Anson fue pronunciada por Don José Varela Ortega. En ambos discursos y en el de los nuevos doctores honoris causa se destacó con gran brillantez el importante papel que juega la prensa como contrapoder conformador de la memoria tanto individual como colectiva. Asimismo resultaron sumamente interesantes las reflexiones que allí se hicieron sobre la formación de la opinión pública a través de los medios de comunicación y que me han animado a hacer la siguiente disertación.
Cuando uno se pregunta por los condicionantes que posibilitan la existencia de la opinión pública dentro de la sociedad, rápidamente, le vienen a la cabeza dos: libertad de expresión en sentido amplio y publicidad. Es evidente que se necesita, antes que nada, que esté garantizada la libre expresión de ideas y opiniones, que permita la posibilidad de elegir entre distintas alternativas o posibilidades (la autonomía y autorrealización de la que ha hablado, entre otros, Jürgen Habermas). En segundo lugar, la libre expresión de ideas y opiniones ha de desarrollarse no en el ámbito de la intimidad o de lo privado sino en un marco de publicidad, o de “espacio público” o de “esfera pública política”. Por tanto, no basta con que se pueda opinar y discutir libremente. Es necesario, además, que la discusión se produzca en un contexto de transparencia o visibilidad (o en su formulación negativa, de ausencia de secreto, de la práctica arcana de opinar y decidir mediante acuerdos secretos), no sólo de la acción del poder, sino (dado que la opinión pública suele situarse, aunque no exclusivamente, en el ámbito de la sociedad civil) del proceso jurídico-político en general.
A estos dos requisitos para la existencia de la opinión pública añadiría yo un tercero: y es que los sujetos que expresan libre y públicamente sus ideas lo hagan en un marco de igualdad en el que las opiniones de todos cuenten lo mismo, aun representando éstos a grupos minoritarios dentro de la sociedad. Cuando la opinión pública se construye a partir de la opinión de unos pocos o refleja la opinión de sólo algunos, a mi juicio, no podemos en propiedad hablar de una opinión pública legitimada –por no tener el respaldo social mayoritario- ni tampoco de una opinión pública legítima –por no haberse construido conforme a un criterio de legitimidad-. Rousseau se ocupó en profundidad de esta cuestión al insistir en que la opinión que vale o la voluntad que ha de configurar o determinar lo jurídico, esto es, el orden jurídico vinculante no debe ser la voluntad de uno o de algunos, sino de la mayoría desde la participación de todos en pie de igualdad. De tal manera que la opinión pública constituye una realidad supraindividual que, a mi juicio, siguiendo al filósofo ginebrino, no debería entenderse como el agregado o la suma de las opiniones o juicios individuales de los individuos puesto que ello tendería a dar una versión excesivamente asociacionista de la opinión pública.
Julián Marías hizo en La estructura social un análisis sobre el concepto de opinión pública que merece la pena recordar. La opinión pública –decía el distinguido filósofo español- es algo que el individuo encuentra que no es únicamente suyo, sino que es del público, de la gente. Es la opinión donde muchos, y no especialmente cualificados, convergen. Es algo en donde yo coincido con los otros, es algo <<consabido>>. La opinión en la medida en que es opinión pública es siempre un topos, un lugar, un tópico. Con otras palabras: es un lugar donde convergen una pluralidad de individuos indiferenciadamente. Marías señalaba además que la opinión <<ha de constar>>, no basta -escribió- con que yo sepa, con que los demás sepan o que yo sepa que los demás saben. Es esencial para el hecho de la opinión pública que podamos fundarnos en esa opinión, es decir, que la podamos tomar como algo sobre lo cual apoyarnos porque tiene existencia pública y social. En el marco de la opinión pública, la opinión es la opinión que cada hombre tiene no como experto políticamente, sino como miembro que forma parte de la colectividad. La dimensión en la que uno acepta que no es especialmente cualificado para juzgar pero al hacerlo se funda en un cierto argumento de autoridad por el mero hecho de formar parte de la colectividad.
Resulta sumamente peligroso el hecho de que la opinión pública general se construya desde las opiniones particulares y singulares de unos cuantos dentro de la sociedad que se erigen en portavoces de toda la sociedad, a sabiendas de que a muchos ciudadanos no se les ha dado la oportunidad de opinar y no sólo eso se les ha ocultado información. Quizás por ello Robert Dahl insistió en que la posibilidad de la democracia en las organizaciones estatales contemporáneas está íntimamente asociada a la posibilidad de que el demos ejerza el control último sobre el programa de acción que, por delegación, llevan a cabo sus élites. Ello exige –decía- una “masa crítica” de ciudadanos bien informados, bastante numerosa y activa. Y es que no olvidemos que cuando el pueblo no tiene los elementos necesarios para cumplir con este rol que el sistema le exige, la democracia se desliza hacia el tutelaje.