La historia de Tomás Gómez, ese holandés del que se esperaba bastante más tras arrasar con dos mayorías “absolutísimas” en la localidad de Parla, es la de un “lo que pudo ser y nunca fue”, un sueño frustrado que, a medida que pasaba el tiempo, iba tomando visos de pesadilla: Gómez –y solo él– ha conseguido que el partido en Madrid se encuentre bajo mínimos.
La decisión de Pedro Sánchez de destituirle estaba tardando en llegar. Una gestión que apuntaba a desastre en las autonómicas, el desgaste por el tranvía de Parla, los coletazos de la operación Púnica y, simplemente, que no gusta al electorado, hacían pensar en lo que finalmente se ha producido. La decisión no sorprendía a nadie –o a muy pocos– quizá sí la forma en la que ha ocurrido.
El ex líder del PSM podrá decir todas las veces que quiera y con razón que la destitución es consecuencia de las guerras internas del partido y que Sánchez lo ha hecho para fortalecer su vacilante situación interna –tampoco anda boyante el jefe absoluto–, pero es indudable que los socialistas de Gómez en Madrid consiguieron un resultado pírrico en las últimas europeas.
Posiblemente habrá quien reproche a Sánchez que lo haya hecho tan tarde. Visto el patio, no parece que el PSM tenga mucha capacidad de reacción de cara a las autonómicas de mayo, pero mejor ahora que más tarde. ¿Saben en Ferraz ahora algo que no sabían antes sobre lo que puede deparar a Gómez próximamente?
En este sentido, desde el punto de vista de los escándalos de corrupción, es normal preguntarse también si Pedro Sánchez tendrá el mismo valor con Susana Díaz en Andalucía. Es verdad que las encuestas pintan mejor allí, pero entre los 3.000 millones de euros presuntamente defraudados a través de cursos de formación y los 265 imputados por el caso de los ERE parece imposible pensar que no vayan a hacer nada en Ferraz con el PSOE andaluz.
Y digo yo: ¿Por qué ha sido tan drástico todo? ¿No se podía haber llevado de una manera más discreta y civilizada? ¿Realmente era un candidato quemado o hay otros motivos detrás? ¿Ha sido solo cuestión de encuestas o puede ser un aviso a navegantes, es decir, a otros líderes regionales? ¿Pedro Sánchez no ve un “deterioro grave” de la imagen del partido socialista en Andalucía con todos los escándalos de corrupción que arrastra? ¿Hay doble rasero en el PSOE para medir los problemas?
La guerra en el PSOE no sé si es total, pero, en cualquier caso, es evidente. Tomás Gómez ya se ha rendido, entregará su acta de diputado en Madrid, aunque ha prometido dar algo de guerra. Pedro Sánchez ha ganado… este asalto. Le queda alguno todavía que, todo apunta, no será ni tan rápido ni tan fácil como el disputado en la capital.
Lo que no puede olvidar –y estoy seguro de que no lo hace– es que todas estas guerras internas, estas luchas de poder, toda esta división sí que pasa factura en las urnas. Mala imagen la de miembros de un mismo partido a tortas. Imagino que el secretario general ha echado sus cuentas e imagino que le habrán salido bien. Pero lo cierto es que en Andalucía ya lamentan un espectáculo que les perjudica a muy pocos días de unos comicios.
Pedro Sánchez pierde fuerza con el tiempo y lo sabe. Susana Díaz, amiga de Gómez, calla ahora. Veremos después de sus elecciones. En cualquier caso, peligroso precedente el de borrar de un plumazo a la dirección de un partido regional por las malas expectativas electorales, porque ¿no sería justo entonces hacer lo mismo con la dirección nacional del partido?