El acuerdo de Minsk de 12 de febrero de 2015 ha sido como un electroshock que trata de revivir el de 5 de septiembre de 2014. Si el primer acuerdo nunca logró detener por completo la violencia en la región de Donbas, el segundo es el último intento por detener una escalada de violencia en la que Estados Unidos y Canadá, entre otros, consideraban suministrar armas al ejército de Kíev y Moscú advertía entonces que haría lo propio con los rebeldes para equilibrar fuerzas. La ofensiva diplomática de la canciller Angela Merkel y del presidente de la República Francesa, Fraçois Hollande, no ha sido el único esfuerzo para el cese de las hostilidades en la región. Al mismo tiempo, se ha estado reuniendo el llamado Grupo de Contacto Trilateral que, bajo el auspicio de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, ha reunido a Ucrania, la Federación Rusa y a los respectivos líderes de las autoproclamadas Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk: Alexander Zakharchenko e Igor Plotniski. Hay que admitir que los dos representantes de los insurgentes son originales. Zakharchenko, primer ministro de la República Popular de Donetsk, afirmó en las elecciones que “quería pensiones más altas que en Polonia” y que los jubilados “deberían tener dinero suficiente para viajar a Australia al menos una vez al año para matar una docena de canguros en un safari”. Por su parte, Plotniski directamente desafió al presidente de Ucrania, Poroshenko, a un duelo televisado en el lugar y con el arma que el presidente eligiese. El vencedor dictaría los términos de la rendición del vencido.
Al margen de las anécdotas –la advertencia del presidente ucraniano del posible fracaso de las negociaciones, el lápiz roto en la mano de Vladímir Putin- uno tiene que reconocer que el acuerdo da una oportunidad a la paz. El texto que se ha popularizado como Minsk II –continuación del Protocolo de Minsk de septiembre de 2014- se centra en el fin de la guerra y las condiciones de un alto el fuego a partir de la medianoche del 14 al 15 de febrero.
He aquí el primer problema: conseguir que, de verdad, las tropas de Kíev y los rebeldes detengan las hostilidades. Por lo pronto, a lo largo del día 14, los bombardeos y tiroteos han continuado; sobre todo, en torno al nudo ferroviario de Debaltsevo, una posición de Kíev que divide en dos partes el territorio que controlan los rebeldes. Es posible que, si el alto el fuego fracasa, se dispare una escalada de violencia y fracase el proceso.
En cambio, si se respeta el alto el fuego,entrará en juego el segundo punto del acuerdo: la retirada del armamento pesado y la creación de una zona de separación entre los dos bandos de 50 a 70 kilómetros según las armas. Este proceso debería comenzar el día 16 y tendría un plazo de dos semanas.
La verificación del alto el fuego y de la retirada del armamento estará a cargo de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa con apoyo del Grupo de Contacto Trilateral.
A partir del alto el fuego empieza el problema político.
El texto de Minsk II prevé las siguientes medidas:
- Un diálogo político entre Kíev y los rebeldes para la celebración de elecciones locales.
- Una amnistía para los participantes en la rebelión.
- La liberación de rehenes y detenidos sobre la base del principio “todos por todos”.
- Acceso, almacenamiento y distribución sin restricciones de ayuda humanitaria a la zona del conflicto.
- Restablecimiento de las relaciones sociales y económicas de Donbas con el resto del territorio ucraniano incluyendo el pago de pensiones.
- Restablecimiento del control total de la frontera con Rusia por parte del gobierno ucraniano.
- Retirada de todos los grupos armados, armas y mercenarios.
- Reforma constitucional que descentralice el Estado –la nueva constitución debería entrar en vigor a finales del 2015- y concesión de autonomía a Donetsk y Lugansk de acuerdo con los representantes de las dos provincias.
- Discusión y acuerdo de las condiciones para celebrar elecciones locales e intensificación de las actividades del Grupo de Contacto Trilateral.
La vaguedad y la ambigüedad del texto de Minsk 2 exigen la máxima cautela. Los dos puntos relativos al alto el fuego y la creación de una zona de separación pueden servir para detener la guerra. Ahora bien, si no se detallan ni desarrollan los siguientes puntos del acuerdo, Minsk 2 servirá muy poco para construir la paz. Al contrario, generará la frustración de un nuevo fracaso y dará alas a los belicistas de ambos bandos. Lo más delicado es estructurar un proceso político que parta del nuevo orden en Kíev surgido de la sublevación de Maidan. Poroshenko tendrá ante sí el desafío de conquistar una legitimidad ante los ucranianos orientales que hasta ahora no le han reconocido.
Por otra parte, Poroshenko tiene la debilidad de sus propios extremistas. Yatseniuk y los nacionalistas ucranianos podrán torpedear el proceso nacido de Minsk II en los detalles y los procedimientos hasta el punto de llevarlo a la parálisis. Es verdad que el Grupo de Contacto Trilateral crea un punto de encuentro en torno a la OSCE, pero no sirve para resolver el problema interno de la política ucraniana: la fuerza de los nacionalistas. En efecto, tanto Yatseniuk, el primer ministro, como Turchynov, secretario del Consejo de Seguridad Nacional y Defensa de Ucrania, han venido manteniendo posiciones muy duras respecto de la lucha contra los rebeldes. Así, por ejemplo, Yatseniuk promueve la construcción de un muro de 2.000 kilómetros dotado de torres, trincheras y alambradas para blindar la frontera con Rusia, y ha sido partidario de la guerra contra los rebeldes desde el comienzo de la sublevación.
El acuerdo Minsk II aspira a ser un instrumento para construir la paz pero es posible que se quede solo en una herramienta para detener la guerra. No es que sea poco pero, desgraciadamente, puede que no llegue ni siquiera a eso.
En fin, por lo pronto, hay que tomar el acuerdo con mucha prudencia.