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La sonrisa de Dionisos

José María Herrera
sábado 24 de mayo de 2008, 20:40h
Lumbreras de la psicología, si me permiten el oxímoron, acaban de demostrar científicamente la existencia de vínculos sutiles entre la música y nuestra apreciación del vino. No conozco los detalles de la investigación, pero, de dar crédito a las agencias, su director, profesor de la Universidad de Edimburgo, ha confirmado que la música afecta a nuestro paladar y, por tanto, al sabor de los caldos, o viceversa.

La noticia debe haber producido consternación entre los enófilos. Por más que el hallazgo abra prometedores caminos de refinamiento sensorial, muchos han tenido que experimentar una especie de sofoco retrospectivo: ¿habremos sido demasiado mordaces con todos esos pobres de espíritu que encharcan el vino con gaseosa? Y es que a más de uno y a más de dos se le han tenido que descomponer las papilas gustativas sólo de recordar que el mejor día de su vida, aquel en el que descorcharon una botella del mítico Petrus Pomerol, sonaba en el tocadiscos una inapropiada cantata de Campra en vez de algo mucho más idóneo, pongamos por ejemplo una sonata para clavicémbalo de Couperin.

Adrian North, que es como se llama el nuevo Arquímedes, confiesa que el interés por esta línea de investigación le vino gracias a la sugerencia de un productor chileno, verdadero ideólogo del proyecto. Tras varios años de arduos trabajos, la suerte ha querido que quedara confirmada la intuición del viticultor. No es la primera vez que la ciencia corrobora las ideas de sus patrocinadores. Se trata de una casualidad que, en casos como el presente, no despertará los quisquillosos recelos de nadie, pues: ¿qué beneficio puede obtenerse de constatar la influencia de la música sobre el vino?, ¿acaso no sabíamos ya lo contrario?, ¿o es que en el séquito de Dionisos faltó alguna vez quien tocara el crótalo, la flauta o la pandereta?

Los investigadores escoceses, en una demostración de altruismo que les hace acreedores de las más altas distinciones, han tenido a bien ofrecer, además, una lista de piezas musicales apropiadas para cada caldo. La lista quizás no satisfaga a las orejas más exigentes, pero constituye, desde luego, un principio. A partir de ahora, cuando visitemos un restaurante, no bastará con consultar la carta de vinos, sino que habrá que estudiar también la carta de discos (la posibilidad de que una casa de comidas disponga de orquesta propia parece poco probable), o ponerse en manos del somelier, profesión que en el porvenir sólo podrán desempeñar estudiantes de conservatorio o expertos musicólogos. La vieja regla del tres, blanco para el pescado, tinto para la carne, apenas rendirá ninguna utilidad fuera de bodas y comuniones.

La revolución que se avecina en la Weltsanchauung de los bebedores sofisticados –el bebedor de chiquitos bastante tiene con sortear la trampa de los taninos- será de las que hacen época. El arte culinario, un arte finísimo destinado sin embargo a acabar en el intestino grueso de sus devotos, va a hallar al fin modo de elevarse por encima de las fugaces impresiones. Igual que una canción recuerda a una persona que se amó en otro tiempo y ahora es sólo un fantasma de la memoria, la yuxtaposición de música y enología volverá perdurables los goces efímeros, e irrepetibles, de nuestros sedientos paladares. La única pega es que los nuevos placeres no estarán a la altura de cualquier oído. Aunque la naturaleza, con un instinto democrático digno del mayor elogio, haya hecho partícipes a todos los hombres de los deleites sexuales, el resto de los goces no resulta, desde luego, igual de accesible. El renacimiento que se avecina, aurora de una nueva elegancia, demostrará de cualquier forma cuán equivocados estaban aquellos que suponían que todo placer es, en el fondo, una parodia del orgasmo.

Me lo estoy imaginando:
-¿Qué le parece un Château Branaire-Duoru?
-No, es un caldo demasiado tenebroso y hoy no me apetece escuchar los tombeaux para laúd de Robert de Visée. Beberé mejor un Beychevelle del 86.
-¿Querrá oír entonces a Forqueray?
-Naturalmente.
-¿Comenzamos con la suite V en do menor para viola de gamba?
-Muy bien, pero, por favor, en la interpretación de Wieland Kuijken. Su melancólico golpe de arco es el único que hace justicia al pesimismo crepuscular de que están impregnadas las viñas de las tierras del distrito de Médoc.
-Monsieur, con clientes como usted es un honor bajar a la bodega.
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