El Estado Islámico mantiene secuestrados a centenares de cristianos asirios. Esta semana los hombres de Al Baghdadi secuestraron a más de 90 en el noroeste de Siria. En este país asolado por la guerra, el 5% de la población pertenece a esta comunidad cristiana de casi dos mil años de antigüedad. El Estado Islámico está concentrando a los secuestrados en torno a la ciudad de Raqa, su plaza fuerte en Siria, a medida que las milicias kurdas avanzan en coordinación con los ataques aéreos de la coalición liderada por los Estados Unidos. Hay rumores de que podrían utilizar a los cristianos como escudos humanos contra los bombardeos.
La comunidad cristiana asiria fue fundada, según la tradición, por el apóstol Santo Tomás a mediados del siglo II y fue una de las más prósperas del Oriente Medio. Los cristianos asirios vivieron en un territorio que comprende Irak, el noreste de Siria, el noroeste de Irán y el sudeste de Turquía. Sus misioneros llegaron a la India, el Tíbet, China y Mongolia. Con la conquista islámica de Siria, el patriarcado se trasladó a Baghdad. Desde entonces, los cristianos asirios vivieron sometidos al estatuto que, en cada momento, los gobernantes islámicos resolvieran darles. Al igual que sucedió con los armenios, tuvieron momentos de vida cultural y artística floreciente pero fueron exterminados en el Imperio Otomano entre 1914 y 1920. El Genocidio Asirio infligió a esta comunidad un daño del que nunca ha terminado de recuperarse. Un tercio de sus miembros murieron a manos del ejército otomano y las milicias kurdas, chechenas y circasianas. Entre 250.000 y 300.000 cristianos asirios fueron apuñalados, decapitados, ahogados, tiroteados, apedreados o sometidos a marchas forzadas en condiciones inhumanas de calor y sed. Los pocos que sobrevivieron cayeron en el olvido de la comunidad internacional. Nunca tuvieron un Estado propio. Allí donde pudieron resistir, como en Irán, combatieron y, a veces, lograron la victoria. Hoy algunas comunidades en otros continentes (Suecia, Estados Unidos, Argentina, Australia) conservan la memoria de un genocidio que el resto del mundo ha olvidado.
He aquí la tragedia del Oriente Medio.
Cada día que pasa, el Estado Islámico avanza en su plan de erradicar toda huella de vida cristiana en el territorio que controla. Desde la imposición de un estatuto de dhimmitud, cuya consecuencia suele ser la desaparición de las comunidades, hasta los asesinatos, las violaciones y la reducción a la esclavitud, los terroristas de Abu Bakr al Baghdadi se están ensañando con una población que hoy depende de la protección que otros les brinden. Es comprensible que en el ejército de Asad luchen cristianos que saben lo que les espera si los yihadistas triunfan. Los vídeos propagandísticos que el Estado Islámico distribuye llamando a la guerra contra los “cruzados” y sus aliados musulmanes dejan pocas dudas sobre el destino que espera a quienes caigan en su poder.
La estrategia de tomar como rehenes a los cristianos asirios muestra bien a las claras el modo de hacer la guerra del Estado Islámico. Abu Bakr el Baghdadi debería responder ante el Tribunal Penal Internacional por crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio. Ahora bien, antes hay que derrotarlo sobre el terreno y eso requiere un tiempo que, desde luego, los cristianos asirios podrían no tener.
Esta semana Washington y Ankara han alcanzado un acuerdo para apoyar –es decir, para armar- a los rebeldes moderados que luchan contra el ejército de Asad, el Estado Islámico y Al Nusra. La proliferación de organizaciones terroristas, milicias, células y bandas armadas que operan en el territorio sirio hace casi imposible diferenciar dónde están los “moderados” a los que se pretende ayudar. Sin duda, hubo moderados entre los rebeldes sirios, pero hoy por hoy es muy difícil –si no imposible- que se impongan a los yihadistas en el control del bando de los sublevados. Al final, la radicalización de los rebeldes y su infiltración y control por parte de fanáticos nacionales y extranjeros ha reforzado a Asad. Si uno pertenece a una minoría religiosa en Siria, ya sabe lo que le espera si el Estado Islámico vence.
Hasta ahora, las decisiones en la guerra de Siria han venido marcadas por el doble objetivo de derrocar a Asad y neutralizar a los yihadistas. Ninguno de los dos objetivos se ha conseguido. Mientras tanto, la guerra civil siria ha propiciado la irrupción en la región de una organización terrorista que ha hecho del genocidio una más de su prácticas. Esto puede cambiar la faz de la región e introducir un factor de desestabilización añadido. Ya no se trata de un combate por ver quién gobierna en Siria o Irak, sino de la supervivencia de las minorías religiosas (cristianos, alauíes, yazidíes) o incluso mayoritarias pero atrapadas en un territorio controlado por los terroristas (chiíes, kurdos). El exterminio de los cristianos y los yezidíes en Irak y el peligro de que se repita con los cristianos asirios en Siria impone una intervención del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en defensa de las confesiones minoritarias.
Desde su posición como miembro no permanente del Consejo de Seguridad, España puede desempeñar un papel importante en propiciar una intervención internacional que, a la vista del riesgo para la seguridad de la región así como las prácticas genocidas, sirva para proteger a los cristianos asirios y las restantes minorías en peligro.
En la salvación de los cristianos de Oriente Medio así como, en general, en el destino de las comunidades minoritarias, el mundo se juega el sentido y el valor de la noción de derechos humanos. La comunidad cristiana asiria ya sufrió un genocidio. Depende de nosotros, y especialmente de las democracias occidentales, que ahora no sufra otro.