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TRIBUNA

Galípoli (I)

Alfonso Cuenca Miranda
domingo 01 de marzo de 2015, 19:51h

Hay nombres que parecen contener más dosis de Historia que otros. Uno de ellos es, sin duda, el de Galípoli. El mismo no responde sino a la denominación de la población que (si se llega desde Occidente) cierra el tránsito por los Dardanelos, antesala del mar de Mármara y, por ende, de Constantinopla-Estambul, denominación extendida a la península que conforma la orilla norte del estrecho. Cuando se tiene la oportunidad de surcar el estrecho de Dardanelos, lugar recurrente del trágico final de diversos mitos griegos (allí pereció ahogada Hele tras su caída del vellocino de oro), uno es consciente de estar en uno de los enclaves más mágicos del planeta, por sus reminiscencias clásicas, por ser el vestíbulo que conduce a Oriente, por su propia configuración física, 61 kilómetros de una anchura máxima de 6 kilómetros, en los que en algún tramo no llega a ser de más de kilómetro y medio... Y por sus resonancias históricas: en su orilla Sur se alzó una vez la ciudad de Héctor y Príamo; este es el mar que mandó azotar Jerjes en su camino al encuentro con la polis griega, recorrido inverso al que cien años más tarde siguiera Alejandro en su búsqueda de la Eternidad; por aquí llegaron los caballeros cruzados persiguiendo un imposible (el Reino de los cielos en un mundo de hombres); por aquí volvería Occidente 600 años más tarde a luchar esta vez contra el oso ruso (guerra de Crimea)…, y, hace ahora cien años, este sería el lugar de una ordalía más de ese despertar a la pesadilla que supuso la Primera Guerra Mundial.

Galípoli era en su concepción la operación estratégica más audaz de la Gran Guerra, pues no en vano su autor fue uno de los genios más célebres del siglo XX, Churchill. Se trataba de atacar (tomando prestada la expresión que el “Viejo León” aplicaría treinta años más tarde) el “vientre blando del cocodrilo”. Estancada la contienda en el escenario francés, se pretendió un golpe de efecto mediante la derrota del exótico aliado de los Imperios Centrales, ayudando, además, a Rusia a resistir la presión en el Este, permitiéndole el suministro de munición y víveres ante un Báltico bloqueado y un Ártico congelado la mayor parte del año.

Inicialmente concebida como una operación exclusivamente naval (“forzar los estrechos”), las minas colocadas en el estrecho impiden que los barcos aliados lleguen al mar de Mármara en las expediciones de febrero y, sobre todo, la más ambiciosa de marzo de 1915. Dicho fracaso abocará a la opción del desembarco anfibio, el primero entre los modernos (la expedición de Guillermo contra Harold en septiembre de 1066 sería su antecedente más próximo). Así, el 25 de abril de 1915 más de 75.000 hombres desembarcan en distintas playas de la península de Galípoli, con tres escenarios principales: el cabo Helles (a la entrada del estrecho) y más el este, en el extremo norte, la bahía de Suvla y la denominada desde entonces cueva Anzac, a lo que hay que sumar el desembarco de distracción de fuerzas francesas en la orilla asiática. El objetivo, tomar las colinas que permiten atacar los defensas de la orilla norte del estrecho. En un primer momento, los desembarcos son un éxito, con la excepción del de Helles, en donde se asiste a escenas revividas más tarde en Omaha beach; con todo, la misión no es completada, pues, por diversas causas, el cuerpo expedicionario no consigue tomar ningún alto. El resultado no es otro sino el estancamiento de las posiciones, la versión oriental de la guerra de trincheras, con la peculiaridad de que en este caso el terreno en donde se ubican las fuerzas aliadas es muy estrecho, con posiciones encaramadas a los riscos, en algunos de cuyos puntos las fuerzas rivales apenas están separadas por 10 metros. En agosto, el intento aliado por desbloquear la situación y alcanzar las colinas se saldará con un completo fracaso, y ello a pesar de que se estuvo muy cerca de romper el frente.

Los actores de esta versión con sangre real de los antiguos mitos están a la altura del drama. En el bando invasor, junto al ya mencionado Churchill, cabe citar, en el proscenio londinense, a Kitchener, quien combinara períodos de máxima exaltación con otros de crítica feroz a la concepción y desarrollo de la operación, y a Lord Fisher, segundo de Churchill en el almirantazgo, cargado de los más negros presagios (“Malditos sean los Dardanelos, serán nuestra tumba”), cuya oposición a un nuevo ataque naval a finales de abril le llevó a dimitir, lo que provocaría la reorganización del gabinete por Asquith, dando lugar a la entrada en el mismo de los conservadores y a la salida de Churchill del Almirantazgo. Ya sobre el terreno (si bien Kitchener visitó el frente a finales de 1915) destaca el general al mando de la operación, Hamilton, exponente como pocos de la figura del soldado-poeta. Sus diarios y memorias están repletos de lirismo, de identificación plena con sus hombres…, pero también de cierta irrealidad e incluso ingenuidad, reflejo postrero de una estrella, de una época, que hacía tiempo se había ya extinguido. En el lado otomano, cabe citar en primer término al alemán von Sanders, verdadero artífice de una brillante defensa. Junto a él, Enver Pachá, líder de los Jóvenes Turcos alzados con el poder en 1909, arquetipo de ambición y brutalidad, y, sobre todo, Mustafá Kemal. Galípoli fue para quien años más tarde se convirtiera en el padre de la Turquía moderna lo que Egipto para Bonaparte. Y en este caso (también) merecidamente: la inteligencia y determinación de Kemal sostuvieron la resistencia turca en los peores momentos.

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