Resulta inquietante que la mayoría de los políticos pronuncie los discursos parlamentarios o las peroratas de los mítines con cara de cabreados, de muy cabreados. Se supone que los políticos, y más en campaña electoral, pretenden seducir a los ciudadanos con promesas de felicidad, con propuestas que mejorarán sus vidas, con el repetido bienestar social, con las claves para llevarnos al paraíso. Pero cuando se acercan a un micrófono para lanzar sus utópicos mensajes comienzan la perorata de turno con un amago de sonrisa y, antes de pronunciar la tercera frase, por supuesto escrita, ya tuercen el gesto e, instantes después, comienzan a vociferar como si los asistentes, que ondean entusiasmados sus banderitas de celofán, estuvieran sordos. Y a partir de ahí, prosiguen elevando el volumen hasta gritar como posesos, con cara de estar desesperados, las venas del cuello hinchadas como mangueras, el rostro encendido y desencajado. ¿Pero qué les pasa? ¿Por qué están tan cabreados? ¿Por qué escupen esos ensordecedores alaridos con la boca abierta como hipopótamos?
Porque si se trata de vender felicidad y de ilusionar (o engañar) a la gente conviene sonreír, transmitir sentimientos positivos; no dar la impresión de estar deprimido y desesperado. El ejército de asesores de imagen, marketing y demás zarandajas que rodea a los líderes políticos debería convencerles de que se calmen, de que sonrían. O, al menos, que se tomen una buena taza de tila antes de subir a un escenario. O dos, si son pequeñas.
La clasificación de cabreados está encabezada, a gran distancia sobre el resto, por Pablo Iglesias y Pedro Sánchez. Vaya par de caretos que lucen cada vez que hablan. Son peores que don Tristón, que si le toca la lotería se deprime porque no sabe qué hacer con tanto dinero. Menudo incordio. Este mismo fin de semana, el líder del PSOE se abrazaba a Susana Díaz y se piropeaban mutuamente para acabar proclamando que iban a gobernar en Andalucía y en España. Se supone que la ensoñación tendría que haberle alegrado. Todo lo contrario. Lo dijo berreando y con cara de malas pulgas, frunciendo el ceño, con la mandíbula desencajada de tanto abrir la boca para gritar. Qué disgusto se llevó el pobre al proclamar su victoria. Qué pena daba verlo tan fastidiado por ganar las elecciones.
Resulta también paradójico que mientras Pedro Sánchez se retuerce de dolor en el escenario, los militantes, simpatizantes o fanáticos que soportan los atronadores berridos se lo pasan de maravilla. Saltan, botan, aplauden, ríen, corean consignas, cantan. Parece como si no les diera pena lo mal que lo pasa el líder. No se apiadan del sufrimiento del timonel de España. Serán masoquistas. ¿O es que se retuercen de la risa por la ridícula y patética actuación del todavía secretario general del PSOE? ¿O porque se chotean de lo que dice? ¿O porque no se creen nada? ¿O porque les han regalado a la entrada un bocata y una cerveza para animarles?
Pero si Pedro Sánchez sufre cuando pilla un micrófono, Pablo Iglesias parece un torturado recién salido de alguna celda venezolana. Que por esos parajes si alguien cae en alguna mazmorra del régimen bolivariano, no precisamente del 78, lo primero que hacen los policías es retorcerle el cuello. Y exactamente así aparece el líder de Podemos en los interminables y constantes mítines o en los sermones que suelta en las teles preferidas: con el pescuezo retorcido de tanto dolor, de tanta desgracia que le acecha; la mirada nublada por el odio, los labios fruncidos, retorcidos. Escalofriante. Pablo Iglesias no sonríe ni cuando Monedero llega de Venezuela con el billetero rebosante de petrodólares. Hay que buscarle un psiquiatra que le recete Prozac o le mande pasar una semana, o un par de años, en alguna playa caribeña, que allí tiene muchos colegas, para que se relaje y se le ilumine la cara. Quizás el éxito de Podemos se deba a que a la gente le da pena ver al líder tan desamparado, tan triste, tan desesperado. E intentan animarle diciendo que le van a votar para que no llore tanto. Se apiadan de él.
O quizás el cabreo de Sánchez e Iglesias obedezca al insoportable dolor que les supone que gobierne la derecha; que eso no se puede aguantar. Es intolerable. O, sobre todo, que Rajoy pueda seguir gobernando. Y es que no piensan el efecto negativo que puede producir su profundo malestar entre los hipotéticos votantes. Porque hay que tener ganas de votar a alguien que no para de echar broncas con cara de malas pulgas, con gestos de sicario. De anunciar el apocalipsis. También en esto Pablo Iglesias resulta imbatible; él sabe muy bien por qué. En fin, que dan miedo.
Caso contrario es el de Esperanza Aguirre. La presidenta vitalicia del PP madrileño, cuando aparece en público, siempre dibuja su rostro con una amplia sonrisa, mientras endiña sopapos a diestro y siniestro a cualquier político o agente de movilidad que se ponga por delante, que “pa” chula ella. Da igual Rajoy que Pablo Iglesias; o, sobre todo, ambos. También Rubalcaba sonreía zorrunamente cuando arreaba estopa al PP.
El caso de Rajoy resulta paradigmático, especial, único. Siempre tiene la misma cara. Da igual que se enfurezca con Pedro Sánchez al llamarle “patético” o que exhiba orgulloso la larga lista de éxitos económicos del Gobierno. Aparece hierático, impávido, no mueve ni un solo músculo. Ni sufre, ni padece. Hay quien dice que se pone una máscara antes de salir de casa como hacen los mejores tahúres cuando juegan al póker. No tiene otra explicación.
Pero lo preocupante es la actitud de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. El cabreo permanente que les retuerce las entrañas. Se entiende que se enfurezcan y sufran al hablar del PP, la bestia negra de la izquierda, al atacar a Rajoy por no cederles en bandeja, como creen merecer, el trono monclovita. Y también en ese caso se entiende el entusiasmo de sus seguidores. Pero, cuando pintan el mundo feliz al que nos llevarán en volandas si les votamos, resulta extraño que lo pasen tan mal, que les haga sufrir tanto. Quizás el cabreo obedezca a que saben que nunca nos llevarán a ese inventado mundo feliz. Sencillamente, porque son conscientes de que nunca gobernarán.