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TRIBUNA

El arte de gobernar

sábado 28 de marzo de 2015, 19:24h

La política resulta ser mucho más que el arte de gobernar, es el contexto que agrupa todas las actividades humanas (sociales, económicas, culturales, educativas, científicas, deportivas), es una realidad inevitable que puede hacer mejor a las personas y, por tanto, a las sociedades. Con este mensaje arranca la nueva obra del destacado jurista mexicano J. Federico Arriola “Teoría General del Estado” (2015). Como señala repetidamente el autor, el Estado es proyección humana, está hecho a imagen y semejanza del ser humano, de ahí sus deficiencias y aciertos. Por eso al estudiar el Estado estudiamos, en realidad, al hombre. Ya lo dijo taxativamente Héctor González Uribe en su Teoría Política: “El Estado, en final de cuentas, es algo humano; es algo del hombre y para el hombre. Por tanto, en la raíz del problema del origen del Estado está siempre una concepción antropológica”.

Es obligación de cada Estado ser Estado de Derecho. No hay Estado de Derecho sin legitimidad, habrá en todo caso Estado con Derecho. El Estado de Derecho implicaría las sujeción de autoridades y gobernados al régimen jurídico que se han dado de manera soberana para la protección de los derechos fundamentales. Como resulta obvio que sin gobernabilidad no hay viabilidad política ni social, se trataría por ello de conseguir una gobernabilidad democrática donde el respeto a los derechos humanos y la separación de poderes sean reales y no meras ilusiones o quimeras.

De los cuatro elementos del Estado que destaca Arriola en su libro (población, territorio, autoridad y poder –unidos- y bien público) me interesa especialmente esa moneda de doble cara que representa la autoridad y el poder, en cierta medida parecidos pero, desde luego, no idénticos. Fue Weber quien se refirió a los tres grandes tipos de dominación legítima: de carácter racional, de carácter tradicional y de carácter carismático. En el caso de esta última fuente decía Weber que el poder y la autoridad se funden en uno irremediablemente. De la misma manera que el poder legalizado no es lo mismo que el poder legítimo, la legitimidad se desdobla en la legitimidad de origen y de ejercicio a la que sumaríamos, siguiendo a Julián Marías (La devolución de España, 1978) una tercer tipo de legitimidad que es la legitimidad de “intención”: Como la legitimidad, desde hace ya cerca de dos siglos, no puede ser más que democrática –voluntaria, expresa, periódicamente renovada-, las personas o grupos que desean sinceramente la democracia efectiva tienen “legitimidad de intención”.

Lo principal, me parece a mí que es que el Estado no desatienda las realidades inmateriales, como la libertad espiritual de los gobernados, algo que sabe muy bien Arriola destruyó el nazismo en el siglo XX, atentando así contra la misma democracia alemana por la que había llegado al poder. En los tiempos revueltos que vivimos resulta fundamental la conquista plena de la democracia material frente a la meramente formal. Para ello necesitamos más que nunca, siguiendo el sabio consejo del jurista mexicano, sistemas eficaces que garanticen la protección de los derechos humanos junto a una fuerte dosis de realismo para no perder de vista que el Estado nacional como sujeto soberano se encuentra hoy en crisis, tanto por arriba como por abajo.

No podemos permitir que el Estado no gobierne ni tampoco que se vuelva ingobernable. En definitiva, se trata de no olvidar lo que ya Juan Federico Arriola dijo en una obra suya anterior Teoría General de la Dictadura (1994): “la libertad es el patrimonio de las verdaderas democracias”.

Cristina Hermida

Catedrática de Filosofía del Derecho

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