En Menos que uno, publicado también por Siruela, se recogían una serie de trabajos de Joseph Brodsky. En ellos el Premio Nobel de Literatura nos ofrece muy acertadas reflexiones sobre poesía y poética, con clarificadores análisis en torno a autores de la talla de Anna Ajmátova, Marina Tsvietáieva, Osip Mandelstam, W. H. Auden, Eugenio Montale o Constantino Cavafis, junto a no menos sagaces ensayos sobre historia y política y deliciosas evocaciones de su ciudad natal -Leningrado, hoy San Petersburgo- y de sus padres.
En Del dolor y la razón se prosigue con la feliz iniciativa de poner al alcance de los lectores españoles en cuidadas traducciones la brillante obra ensayística de Brodsky, quien, juzgado por los bolcheviques como un “parásito social”, emprendió el camino hacia el exilio, afincándose en Estados Unidos en 1972 y adoptando el inglés para su producción de artículos y ensayos. Precisamente, uno de los textos que se incluyen en este volumen, el titulado “La condición a la que llamamos exilio (o levando chanclas)”, aborda la nada fácil situación en la que se encuentran los escritores exiliados y las dificultades de todo tipo a las que tienen que enfrentarse.
Veintiún ensayos, fechados entre 1986 y 1995, se reúnen aquí, incluyéndose el discurso pronunciado por Brodsky en la ceremonia de entrega del Premio Nobel, “Inusual semblante”. El título del libro se toma de uno de los trabajos seleccionados, el que Brodsky consagra a la poesía de Robert Frost, considerado uno de los fundadores de la lírica moderna en Norteamérica. Como ya ocurría en Menos que uno, los estudios sobre la poesía y el papel de los poetas ocupará buena parte de sus páginas, así en “Altera ego”, “Cómo leer un libro” o “Una proposición inmodesta”, donde aboga por la necesidad de que la poesía esté mucho más al alcance del público. Un deseo que se inscribe, naturalmente, en su amor a la literatura del que su obra ensayística da cabal cuenta de manera accesible, pues en Brodsky por fortuna la profundidad no precisa unirse al hermetismo.
De esta forma, Brodsky, junto al análisis, lleva a cabo un canto a la literatura, y a la libertad que implica: “Debe insistirse en que la literatura constituye el único seguro moral posible para una sociedad; en que es el antídoto permanente del principio según el cual el hombre es un lobo para el hombre; en que aporta el mejor argumento contra cualquier teoría política que solo tenga en cuenta a las masas y aplaste al individuo, aunque solo sea por el hecho de que la diversidad humana constituye el material básico de la literatura y su raison d’être. Se impone que hablemos porque debe insistirse en que la literatura es la mayor maestra de sutileza humana (probablemente más que cualquier religión), y en que si una sociedad impide la existencia natural de la literatura y la posibilidad de aprender de las obras literarias, lo que está haciendo es reducir su propia potencial, retrasar su progreso y, a la larga, poner quizá en peligro su propio tejido”. Sabias palabras que habrían de tenerse muy presentes, en lugar de, como por desgracia ocurre, minimizar, cuando no despreciar, el peso y valor de la literatura y las Humanidades.