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TRIBUNA

Sobre el diagnóstico del copiloto Lubitz

domingo 29 de marzo de 2015, 18:46h

Vaya por delante que no pretendo diagnosticar al tristemente famoso Andreas Lubitz. No se puede hacer algo tan complicado como es un diagnóstico psiquiátrico a una persona a la que no conoces. Esto que es tan obvio hay que decirlo, y los psiquiatras tenemos que tomar consciencia de ello y ser prudentes cuando hacemos manifestaciones en medios de comunicación. Porque podemos, sin pretenderlo, dañar a muchas personas, especialmente a aquéllas que están diagnosticadas del mismo trastorno. “Si Lubitz ha hecho esa atrocidad por tener una depresión, a mí me podría pasar lo mismo”, habrá pensado más de un enfermo depresivo en estos días. Y, además, está el estigma social que puede generarse sobre las personas que padecen depresión, siendo consideradas como altamente peligrosas, cosa del todo falsa.

Algo tan atroz como lo ocurrido en los Alpes no puede despacharse con un diagnóstico de depresión. Llevo treinta y cinco años atendiendo pacientes psiquiátricos, la mayoría de ellos depresivos, y no me cabe en la cabeza que el copiloto del Airbus de la Lufthansa hiciera lo que hizo sencillamente porque estaba deprimido. Llamamos a muchas cosas por el mismo nombre y eso induce a la confusión, al error y al desconcierto. Los pacientes depresivos son en su inmensa mayoría pacíficos e incapaces por completo de llevar a cabo un asesinato masivo de esas características. Cuando utilizan la violencia lo hacen contra sí mismos porque se sienten desesperados, desesperanzados y vivir es para ellos algo insoportable. En poquísimas ocasiones pueden extender el suicidio, acabando con la vida de personas muy queridas para ellos, como una madre con su bebé o un anciano con su cónyuge dependiente. En esos extrañísimos casos el homicidio es para ellos un acto de compasión, una forma de evitar el sufrimiento al que creen estar abocados esos seres queridos en su ausencia. Y nada hace pensar, en este caso, que fuera la compasión y el amor a sus semejantes lo que indujera al copiloto a estrellar la nave con ciento cincuenta personas a bordo, llevándose la vida de cada una de ellas, hombres, mujeres, adolescentes, niños, bebés…

La depresión es un síndrome muy complejo, tanto desde el punto de vista de sus manifestaciones clínicas como desde el punto de vista etiológico, esto es, de sus causas. Hay depresiones de intensidad leve, que tienen muy pocos síntomas y que pasan desapercibidas, incluso para el propio sujeto; y hay depresiones muy severas que impiden por completo la vida cotidiana, con sintomatología muy diversa y grave, que cualquier persona del entorno advierte. En cuanto a sus causas la diversidad es enorme. Hay depresiones genéticas, que se heredan de padres a hijos; hay depresiones orgánicas, producidas por otras enfermedades; hay depresiones neuróticas, causadas por conflictos psicológicos; hay depresiones tóxicas, por consumo de fármacos o de drogas; y hay depresiones situacionales o reactivas, que son consecuencia de acontecimientos vitales adversos como son las situaciones de pérdida, de soledad, de sobrecarga o de estrés.

En todo caso, la persona deprimida sufre un estado de desvitalización que afecta a muchas áreas de su psiquismo y de su organismo. Cuando la intensidad del cuadro clínico crece se afecta no sólo el estado de ánimo, sino también las fuerzas, la energía psíquica y física. La persona deprimida siente un cansancio insuperable, apenas puede concentrarse y sus funciones cognitivas disminuyen estrepitosamente, haciendo imposible la actividad cotidiana. El sueño, el apetito y otras muchos ritmos se alteran también. Una persona intensamente deprimida no puede, prácticamente, llevar a cabo ni su actividad cotidiana ni su actividad laboral. El copiloto del Airbus se levantó de madrugada, pilotó el avión de Düsseldorf a Barcelona eficientemente y no despertó al parecer alarma alguna entre sus compañeros de tripulación. No voy a caer en el error de diagnosticar a esa persona, pero sí puedo especular, con las informaciones que nos han llegado, que no presentaba un cuadro clínico depresivo intenso. Y en todo caso, aunque estuviera sufriendo cierto grado de depresión, ello no explica en absoluto su comportamiento.

Hay un viejo principio en la Medicina humanista que dice, más me vale saber qué tipo de enfermo tiene la enfermedad que qué tipo de enfermedad tiene el enfermo. No es un trabalenguas, merece la pena quedarse con la idea, es muy valiosa, especialmente en la especialidad de la Psiquiatría. Lo que se pretende transmitir es que lo fundamental para comprender lo que acontece es tener en cuenta al sujeto, al individuo, su personalidad, su manera de ser. Un acto cruel, como el que nos ocupa, nos debe conducir a profundizar en la personalidad de Andreas Lubitz, qué rasgos caracterológicos tenía, cómo era su temperamento, cuáles eran sus valores, si era una persona egocéntrica o sociable, cómo se vinculaba con los demás, a quién quería y cómo quería, qué opinión tenía de sí mismo y de la gente. Creo que para salir del desconcierto, para acercarnos al por qué, nos ayudaría mucho más este abordaje que el poner una etiqueta diagnóstica. Y para prevenir tragedias como ésta, las compañías tendrían que poner todo el empeño en asegurarse que sus pilotos no tienen trastornos de personalidad. Una depresión la puede tener cualquiera de nosotros a lo largo de nuestra vida, lo que hay que evitar es poner un avión de pasajeros en manos de un psicópata. Los trastornos de personalidad o psicopatías no son enfermedades propiamente dichas, son maneras de ser anómalas que se tienen desde temprana edad, que apenas cambian con el tiempo y que pueden ser detectadas con los medios psicológicos y psiquiátricos adecuados.

Y si nos empeñamos en poner etiquetas diagnósticas, de esas de la DSM, la clasificación de los trastornos mentales de la “científica” Asociación Americana de Psiquiatría, entonces los psiquiatras en un caso como éste, entraríamos en discusiones bizantinas, porque el perfil, con lo dicho hasta ahora, no es nada claro. Puestos a elucubrar parece incluso contrario a un paciente depresivo; tampoco resulta plausible el diagnóstico de esquizofrenia, porque un estado psicótico de esas características no puede pasar inadvertido; sería aventurado con los datos actuales hablar de una paranoia o un trastorno de ideas delirantes; pero a lo que sí me apuntaría es que un sujeto capaz de semejante atrocidad ha de tener una personalidad muy trastornada, con rasgos sociopáticos o psicopáticos. Hablando en términos populares y abandonando los tecnicismos, el acto denota mucho ego y mucha maldad.

Es probable que Lubitz tuviera un trastorno de personalidad grave de tipo narcisista, que fuera una persona egocéntrica; que se sintiera alguien especial, único; con escasa empatía, incapaz para identificarse con los sentimientos y las necesidades de los demás; y en definitiva, incapaz de amar. Alguien así que sufre un revés, el abandono de una novia; o que ve en peligro su proyecto vital, dejar de volar por problemas médicos o psicológicos; puede suicidarse haciendo lo que más le gusta y en el lugar que más le gusta; y no le importa llevarse con él la vida de tantas personas.

Según lo publicado, una de las ex-novias que lo abandonó cuenta que Lubitz aseguró que pronto todo el mundo conocería su nombre. Y lo consiguió: su nombre es maldad.

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