TRIBUNA
Partidos nuevos
lunes 30 de marzo de 2015, 20:37h
Ahora está de moda, en esta España nuestra, atacar al bipartidismo (que en otros países nos envidian) y la punta de lanza de esos ataques es un cierto periodismo que se mueve a impulso de dos eternos acicates de la tarea informativa: la novedad y el conflicto. Airear la nuevas opciones políticas que surgen al socaire de la crisis económica y de su necesaria austeridad (¿alguien ha presentado un modo distinto y creíble de afrontarla?) y condenar, la mano en el pecho, los casos de corrupción que se presentan como una congénita malformación del sistema (todos son iguales y no se salva nadie) son resortes seguros para atraer la atención y, con ella, las ventas y la publicidad. Recordar que las democracias más serias y estables mantienen un bipartidismo esencial que, en algún caso, puede transformarse en una bipolaridad centro-derecha/centro-izquierda, es un empeño inútil para quienes se frotan las manos ante las sabrosas novedades, las caras nuevas y las expectativas, supuestamente renovadoras, de quienes quieren desplazar a lo que llaman “viejo”…para ponerse en su lugar. El contenido de las nuevas ofertas suele importar mucho menos, ante el anticipado disfrute de lo novedoso. Están muy lejos de aquel sabio medieval, san Bernardo de Claraval, que decía que “la novedad es madre de la temeridad, hermana de la superstición e hija de la ligereza”.
Cualquier modesto manual de ciencia política, cuando llega al capítulo relativo a los partidos, suele repetir aquello de que para que exista un partido hacen falta tres cosas: un programa, dotado de una cierta originalidad, basado en una determinada visión del mundo, de la sociedad y de la persona (prefiero evitar el polémico término de “ideología”); un liderazgo reconocido, sólido y cohesionado, capaz de movilizar a amplios sectores de la sociedad y, en tercer lugar, una implantación suficiente y no improvisada en el territorio a cuyos habitantes se pretende representar y solicitar el voto. Si sólo existe el primer elemento, o sólo los dos primeros, nos hallaremos ante una posición de tipo intelectual sin apenas relevancia política. Como mucho nos encontraríamos ante un “partido testimonial”, que presenta sus ideas pero con poca o ninguna esperanza de llegar al poder. A estos tres elementos se pueden añadir otros, sobre todo dos de gran impacto político: la presencia en los medios y el dinero. Pero, al final, el elemento decisivo es la implantación que es una tarea que exige, por lo general, una larga paciencia. No caben las improvisaciones.
En la historia, todavía no demasiado larga de la democracia española, se alude en ocasiones, como un posible ejemplo de lo que acabamos de exponer, a la “operación Roca”, en el ya lejano 1986. La intensa campaña que realizaron se dice que ha sido la más cara de todo este periodo, su presencia en los medios fue privilegiada y constante, pero no obtuvieron ni un solo escaño. Tenían un programa netamente opuesto al del socialismo gobernante, a su cabeza había un líder, ciertamente con un perfil demasiado regional, pero les faltaba implantación. Por eso aquello acabó en un sonado y costoso fracaso.
Los nuevos partidos que han aparecido en el panorama político español adolecen del mismo defecto: la escasa implantación, pero también de programas suficientemente definidos y diferenciados de los llamados “viejos”, que respondan a una inteligible concepción política. Acabamos de presenciar en primer plano la crisis que corroe al más antiguo de estos nuevos partidos, UPyD, el único que habría podido tener una implantación más extendida pero que, por mucho que se empeñe no puede disimular que es una escisión del tronco socialista, sin más originalidad que una defensa decidida de la unidad de España -a la que el PSOE parece que ha puesto sordina- y que, desde luego, no es un rasgo exclusivo suyo. A UPyD no le falta sino que más bien le sobra liderazgo, pero se trata de un liderazgo con todas las características del “caudillismo” que, cuando deja de ser indiscutible, sume a la formación en el caos y la pone en riesgo de desaparecer. Y, como es frecuente en este tipo de liderazgos, con una roma visión estratégica, porque la lideresa no escucha a nadie, instalada en una supuesta infalibilidad, que no suele ser más que arrogancia.
Podemos, por su parte, del que nos hemos ocupado en varias ocasiones en esta columna, es una formación antisistema con claras raíces en un rancio marxismo-leninismo y con injertos caribeños, por mucho que lo quiera disimular, ante la inminencia de las elecciones, como aquella mona que se vestía de seda. Por ahí no se va a ninguna parte, salvo al naufragio más irremediable. Y es alarmante que determinados exponentes del PSOE estén avanzando la idea de un posible pacto con estos neo-comunistas, con componentes bolivarianos, lo que sería una desgracia para esta sufrida Nación, en la que ellos ni siquiera creen. Algunos hasta están dispuestos a renunciar a sus propias siglas para sumirse en el supuestamente prometedor podemismo. Tienen un líder, gracias a la entrega de algunos canales de televisión y otros medios, no se sabe si por pura inconsciencia o por una bien diseñada operación para dinamitar el sistema democrático. Pero ese líder carece de cualquier experiencia de gestión que, quizás no necesite pues se le ve muy lejos de cualquier posibilidad de acceso al poder.
Ciudadanos se ha convertido, como partido, en el “niño bonito” (no lo digo en absoluto por su tan elogiado y admirado líder) de quienes apuestan por la novedad a cualquier precio. Procede también, inequívocamente, del tronco socialista y en Cataluña ha mantenido, desde luego, la idea de la unidad de España que, insistimos, no es un rasgo exclusivo ni definitorio, aunque siempre sea positivo. Tiene un líder que podría calificarse como “blando” y que posee todas las ventajas de la virginidad política y, también, todos los inconvenientes de la falta de experiencia en la gestión. Se presenta a esta formación como rival directo del PP y algún estudio sociológico afirma que el 55 % de sus votantes andaluces lo eran antes del PP. ¿Será ese sector de este último partido el que por la cuestión del aborto ha voceado que no volverá a votar popular? Quizás habría que recordar a estos electores que Ciudadanos no ha ocultado sus preferencias abortistas.
En cuanto al programa de esta formación, en la medida en que es conocido, quizás vale la pena recordar que su asesor económico, el profesor Garicano, hace tres años era un decidido propulsor del rescate, que habría hundido a España en un hoyo del que quizás no habríamos salido todavía. Hasta creo recordar que estuvo en La Moncloa, no sé si para anunciar la inminencia de ese rescate. Y, después, parece ser que propugnaba autorizar el ilegal referéndum catalán y convertir a España en un “Estado multinacional”. Se ve que no se ha leído la Constitución, pues ni una ni otra cosa caben en la misma. Y ni estamos en el momento adecuado para reformar la Constitución, pues no hay acuerdo acerca de qué habría que reformar (aparte de la no urgente cuestión de la sucesión en la Corona) y si lo hubiera no creo que fuera en el sentido que sugieren esas propuestas. Hace poco algunos profesores de Derecho constitucional lanzaban la idea de la “renacionalización” de algunas competencias, que viene a ser todo contrario, y que sería como mentar a “la bicha” para muchos de los partidos, nuevos o viejos. Además, como Ciudadanos carece de implantación parece que quiere formar sus listas sobre la base de primarias muy abiertas, que pueden llegar a configurar una fuerza política tan internamente heterogénea que la haga inviable. Basta recordar lo que le ha pasado al Partido Republicano de los Estados Unidos “infiltrado” a base de primarias por el Tea Party.
Por todas estas razones, confieso que me desconcierta que, desde posiciones populares, se hagan elogios a Ciudadanos y a su líder y que hasta se lamente que no forme parte del PP. Si no lo es, será porque no ha querido y nadie podrá dudar que está en su perfecto derecho. Supongo que si trata de arrebatar electores al PP, habrá que entender las razones de éstos, tomar buena nota y convencerlos de que no tiene sentido apostar por “marcas blancas”, como algunos llaman a esta formación, no sé muy bien por qué. Pero ponderar a quien te arrebata votos solo puede servir para que estos electores migrantes lleguen a la convicción de que han hecho lo correcto y repitan su voto a lo novedoso.
Pero, en el presente panorama de partidos de España, lo que resulta más preocupante es la enorme desorientación estratégica del PSOE que aparece e incluso aumenta cada vez que Pedro Sánchez abre la boca. Ni aprende de los socialdemócratas europeos ni parece capaz de sacar al partido del marasmo en que le dejó Zapatero. Es más, el ex-presidente acaba de decir que Podemos es socialdemócrata, lo que demuestra que ignora en qué consiste la socialdemocracia que está a años luz de lo que pretende Podemos. Quizás porque se siente más próximo de esta formación neo-comunista que de la socialdemocracia europea. No hay más que ver sus aficiones en política exterior, por no hablar de su trayectoria presidencial, que de socialdemócrata tuvo más bien poco. Que, según se afirma, junto con Bono, esté nutriendo las filas de Podemos es un indicador más del profundo desconcierto que reina en las filas socialistas. Y eso, desde luego, no es ninguna buena noticia.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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