TRIBUNA
Hablar de Podemos
martes 31 de marzo de 2015, 20:25h
Asisto a una conferencia sobre Podemos que imparte Marian Martínez- Bascuñan, un buen ejemplo de la competencia de muchos de mis colegas jóvenes de la Autónoma. Destaca en el parlamento de la profesora, en primer lugar, el entendimiento que hace del revolucionarismo verbal de la formación política, que no significa, contra la comprensión literal de esta expresión, revolucionarismo superficial o aparente, sino antes bien, revolucionarismo radical o profundo. Lo que se pretende es proponer un nuevo lenguaje de la política, alterando las categorías tradicionales de la misma. Lo que Podemos habría traído es un nuevo marco conceptual, innovando el propio relato político. No se trata de llamar a las cosas con un nombre diferente, en una intervención de maquillaje, sino de imponer obligatoriamente, yendo al fondo, un nuevo lenguaje: mandar, esto es, alcanzar el poder, es conseguir que las relaciones políticas se entiendan por todos desde la óptica conceptual -el frame- deseado.
La revolución, si quiere tener visos de llevarse a cabo, ha de resultar atractiva para una parte importante de la comunidad, pues es impensable en nuestros días imponerla por procedimientos no democráticos, se acoja la idea de la vanguardia leninista, algo tosca, o, más suavemente, la de la hegemonía en el movimiento. En muy buena medida esto implica necesariamente la simplificación de los mensajes y la transversalidad de los mismos, lo que significa recurrir a argumentaciones esquemáticas, que utilizan las contraposiciones dualistas (así casta y gente, corrupción y decencia) y al nacionalismo. Por supuesto las posibilidades del lenguaje elemental son, creo, limitadas en la situación de la enorme complejidad de las sociedades de nuestros días, donde las reducciones en términos de dualidad son poco creíbles: cabía enfrentar al antiguo régimen y al liberalismo; a la dictadura y la democracia constitucional; o la estructura económica y la superestructura institucional o ideológica; pero es muy difícil que se imponga la superación del viejo orden constitucional al que hay que cerrar con un candado, por la nueva política de la regeneración democrática, pues ni son pequeños los méritos del actual sistema democrático, ni resultan evidentes las virtudes de los que denuncian al caduco régimen.
No puede sorprender que el argumento de la nación habría de aparecer en el discurso de Podemos: el potencial simplificatorio de concepto es evidente, lo que resulta muy atractivo si se quiere ampliar el tamaño de la audiencia, diluyendo las diferencias en su seno, que cederían ante la capacidad unificadora de la motivación nacional. Sin embargo lo que destaca es la intensidad emocional del discurso patriótico de Podemos, dado el descrédito del vinculo nacionalista para la izquierda española. Cuando escuché el discurso de Pablo Iglesias el día de la marcha sobre Madrid en la Puerta del Sol, nada resultaba tan evidente como la referencia emocional al patriotismo español, aducida sin complejo alguno con el propósito explícito de disputar a la derecha la exclusiva del nacionalismo. Es bien interesante este repunte del patriotismo como argumento político entre los jóvenes, compartido por otro partido paralelo, sin duda con una base social claramente diferente, como es el de Ciudadanos.
Claro, que si me permite la disgresión, la novedad de la conexión de la izquierda con el nacionalismo no es tanta como a veces se destaca. Desde luego en la guerra civil los republicanos insistieron en la presentación de la contienda como una guerra nacional, y el españolismo de gentes como Dolores Ibarruri o Prieto está fuera de consideración. Tampoco podemos olvidar que el primer gobierno de Felipe González fue saludado en la prensa neoyorkina como la llegada de los jóvenes nacionalistas españoles al poder.
Esto naturalmente no desdice lo significativo de la apuesta de Podemos por el nacionalismo: no está mal que el nacionalismo español se enfrente a los nacionalismos identitarios territoriales, siempre que asuma una visión moderada y compleja de España, que en la puja entre patriotismos lleva las de ganar.
Hay por lo demás algo que asemeja a Podemos con los nacionalismos territoriales: también les falta fuerza y razones para imponer la revolución que pretenden. Deberán pactar y gestionar, pasar de las musas al teatro, en suma. El momento revolucionario requiere de la épica y del arrojo; pero si la victoria no tiene lugar, como ha sido el caso en las elecciones de Andalucía y ocurrirá seguramente en nuevos encuentros con las urnas, estas virtudes se desgastan por la rutina y se convierten en mera retórica, o sea, en el peor sentido, la revolución verbal.
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Catedrático
Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.
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