El intento de secuestro ayer de un fiscal en Turquía se saldaba con la muerte de los tres captores a manos de la policía, aunque el trasfondo del hecho sugiere que los ánimos seguirán caldeados. Los asaltantes, terroristas de extrema izquierda, denunciaban un hecho que suscitó una gran polémica en el país: la muerte de un adolescente a manos de la policía. Es sabido que Erdogan suele ordenar a las autoridades que se empleen contundentemente contra todo aquel que se atreva a manifestarse contra el gobierno, y que la brutalidad policial está a la orden del día Este no es sino otro de los muchos frentes que Erdogan tiene en el país, por lo demás con una atmósfera cada vez más restrictiva.
De un tiempo a esta parte, Erdogan intenta abanderar la representación del Islam político, sin mucha fortuna. Su sospechosa inacción en el tema del IS -la frontera turca es un auténtico coladero de yihadistas, ante la pasividad de Ankara- no gusta a un mundo árabe que, como Jordania o Arabia Saudí, integran la coalición internacional que bombardea sus posiciones. Así pues, no puede vender a nivel doméstico lo que a todas luces es una política exterior nefasta.
Pero tampoco a nivel interno la situación es mucho mejor. Autoritarismo y corrupción son las señas de identidad de un régimen que, de forma tan sutil como inexorable, cada día se islamiza un poco más. La democracia turca es manifiestamente mejorable, y buena prueba de ello son los intentos de Erdogan de silenciar tanto a la oposición como a la prensa crítica. Es posible que electoralmente le sea rentable, pero lo que es seguro es que no le está haciendo ningún bien a su país.