Una semana después, aún seguimos preguntándonos qué pudo ser lo que llevó a Andreas Lubitz a estrellar el Airbus 320, con 149 personas a bordo, que copilotaba con el comandante Patrick Sondheimer. También continuamos hablando de accidente aéreo, cuando, en realidad, nada tuvieron los hechos de “suceso eventual o acción de la que involuntariamente resulta daño para las personas”, de acuerdo con la definición que hace la RAE del término. Asimismo, llevamos días especulando acerca de las tendencias suicidas del joven copiloto alemán, a pesar de que el llamado suicidio ampliado no suele afectar a desconocidos y, por lo tanto, en principio quedaría descartado como tal. Desde el momento en que el fiscal de Marsella, “alentado” por las informaciones publicadas en The New York Times, anunció en una impactante rueda de prensa que la principal conclusión extraída de la primera caja negra era que el copiloto había estrellado la nave de forma deliberada, los expertos en aviación tuvieron que ceder sus puestos en tertulias y entrevistas a otros expertos, los que dedican su vida profesional a tratar de desentrañar los misteriosos recovecos de la mente. Psiquiatras, psicólogos y otros especialistas en salud mental se convirtieron, de pronto, en los más demandados, a pesar de que en la gran mayoría de los casos - por fortuna -, sus declaraciones tenían bastante sentido común y advertían de que, aún con todos los avances médicos y farmacológicos de los últimos años, nuestro cerebro continúa siendo un completo enigma.
Nunca sabremos con certeza lo que pasaba por la cabeza de Lubitz cuando decidió dejar fuera de la cabina al comandante de la nave y estrellarse junto a los 149 ocupantes que tuvieron la terrorífica mala suerte de cruzarse en su camino el día en el que decidió acabar con todo. No podremos asegurar a ciencia cierta que lo decidiera cuando se quedó a los mandos mientras salía su comandante o que ya lo hubiera intentado en otras ocasiones, aunque sin hallar la oportunidad de quedarse solo en la cabina para pertrecharse en ella y cometer su horrible crimen. Algunos psiquiatras se aventuran a apuntar hacia posibles delirios: Lubitz podía haber imaginado que su acción era la única posible, que iba solo en el avión o, incluso, escuchar voces que le impelían a atravesar la montaña alpina que se encontraba a su paso. Sin embargo, lo único real, palpable, es que a la tragedia sufrida por la pérdida de sus seres queridos, las familias han tenido que sumar el dolor añadido de saber que no fue un inevitable fallo técnico, una brutal turbulencia insalvable ni un involuntario fallo humano lo que hace una semana les dejó para siempre sin los suyos.
Y la pregunta que se hacen, que nos hacemos todos, mientras se investiga el estado de salud mental de Lubitz, es si realmente fue imposible evitar que el joven piloto, con numerosos problemas físicos y mentales - documentados, al parecer, en los correspondientes informes médicos -, y de baja laboral precisamente el día que decidió acabar con la vida de los desconocidos que viajaban con él, siguiera volando en la compañía aérea de bajo coste perteneciente a la prestigiosa Lufthansa. No es tan importante ni va a dar consuelo alguno conocer qué pasaba por su cabeza, el nombre concreto de su patología o si padecía una suma de varias como parece desprenderse de las investigaciones llevadas a cabo hasta la fecha. Lo que cuenta realmente es entender por qué, a pesar de todos esos informes y bajas, Lubitz no estaba siendo sometido a una vigilancia psicológica por médicos de la propia compañía que decidieran acerca de su capacidad para volar, en lugar de por profesionales sanitarios ajenos a su empresa, a la que, por supuesto, no tenían obligación – ni derecho – de informar. Ni siquiera de la baja que le impedía acudir a su puesto de trabajo esa mañana y que habría podido, quizás, salvar vidas.
Puede que ni siquiera así, con ese control interno, se hubiera logrado evitar la tragedia, porque, por descontado, el copiloto alemán no iba diciendo por ahí que un día de estos iba a estrellar un avión lleno de pasajeros. Sin embargo, a falta de que se completen las investigaciones de la fiscalía de Dusseldorf, todo apunta a que Lubitz no era el colmo del equilibrio mental o emocional, que había pasado por diversos episodios depresivos con tendencias suicidas, visitaba una clínica a causa de un posible desprendimiento de retina y que luchaba, asimismo, contra una o más enfermedades de carácter psicosomático. Que su entorno, especialmente sus padres y su novia, eran conscientes de su estado. Que también lo era su propia empresa. Aunque el e-mail, que al principio Lufthansa negó conocer y ahora no ha tenido más remedio que “encontrar” después de una investigación interna, en el que Lubitz comunicaba que había atravesado una depresión severa estaba fechado en 2009, y con el tratamiento adecuado lo lógico era que en 2015 estuviera en condiciones de seguir con su trabajo. Pero, aún siendo esto último lo lógico, ahora nos parece increíble que la compañía no llevara a cabo un seguimiento del mismo. Porque, en ocasiones, una depresión severa puede ser consecuencia de otras patologías mentales asociadas o recurrentes. O dar lugar a enfermedades psicosomáticas de carácter incapacitante, y existen profesiones en las que no se puede dar por bueno lo lógico. No, al menos, sin cerciorarse de que ya no hace falta continuar con el correspondiente tratamiento y que el trabajador está por completo recuperado, en condiciones de responsabilizarse de la vida de los pasajeros que embarcan en el vuelo a cuyos mandos se pone ese día.
Es cierto que tampoco podemos ahora rendirnos a una psicosis colectiva que nos lleve a mirar de reojo, por ejemplo, al conductor del tren o del autobús. Tampoco a esperar que, igual que hizo un comandante de Germanwings al día siguiente de la tragedia, se nos asegure, antes de emprender la marcha, que llegaremos sanos y salvos a nuestro destino porque quien conduce también quiere cenar esa noche en casa junto a su familia, pero una cuidadosa vigilancia en cierto tipo de profesiones nunca debería estar de más. Por otra parte, a raíz de todas las hipótesis psiquiátricas que estos días van apareciendo en las informaciones sobre Lubitz, los médicos advierten de que estamos estigmatizando a las personas que padecen depresión o cualquier otro trastorno mental. Ya es extremadamente difícil que quien padece algún tipo de trastorno mental sea visto – o mirado – de manera natural por sus jefes o compañeros cuando se enteran de su enfermedad, y lo último que les hace falta a estas personas es que hablemos sin tino de depresión severa como único factor determinante de la cruel tragedia alpina. Además, en lo que sí suelen coincidir las opiniones de expertos que se escuchan por doquier estos días es en señalar que un asesinato masivo como el perpetrado por Lubitz no es propio de la depresión, por muy severa que esta sea, sino de profundos trastornos de la personalidad que hacen al sujeto extremadamente egocéntrico: el mundo les ha tratado tan mal que ellos tienen que vengarse con el sufrimiento de los demás. En todo caso, lo que cuesta entender es porqué en este caso existe tanto empeño en buscar una justificación de carácter únicamente patológico, como si a la enfermedad no pudiera sumársele, además, la simple y más pura, diabólica, maldad.