En Arte, la exitosa pieza teatral de Yasmina Reza, se nos presenta a tres amigos que discuten sobre un cuadro que uno de ellos, Sergio, ha comprado y les enseña con orgullo. Se trata de una tela completamente blanca, en la que Sergio se empeña en ver líneas que cambian, considerándola una obra maestra del arte abstracto, que merece la pena haber pagado por ella una astronómica cifra. Aunque en la pieza de Reza, la disputa entre los amigos va revelando un trasfondo que va más allá de la cuestión inicial que la suscita, sin duda nos sitúa muy bien en la actual controversia en torno al arte contemporáneo.
Precisamente esa controversia es la que aborda Luis Racionero en su último ensayo, de título ya suficientemente significativo, Los tiburones del arte, donde se mete de lleno en el asunto desde su comienzo: “Un ‘tiburón’ de Wall Street, el especulador Steve Cohen pagó doce millones por un escualo momificado en formol obra del taller de Damien Hirst, presunto artista británico. Este ha sido el encuentro del arte y de la vida, del tiburón ‘artístico’ con el tiburón financiero, de los que causaron la crisis de 2008”. Esta compra supuso un punto de inflexión en algo que, no obstante, como certifica el propio Racionero, “se venía venir desde que el arte arrojó sus credenciales estéticas y sustituyó criterios por precios, valores por dinero”.
Así, hemos llegado a un momento en el que resulta perentorio clarificar la situación: “El propósito de este libro es analizar cómo, dónde y por qué se ha llegado a tales esperpentos; cómo el arte ha sido abducido por el mercado y travestido por técnicas de relaciones públicas. Lo que antes eran obras de arte se han convertido en meras mercancías, con un valor de cambio enorme y valor de uso sin importancia”. Por ello, este trabajo de Luis Racionero es doblemente interesante, tanto en cuanto a su oportunidad -en la edición de este año de ARCO un ready made de un vaso medio lleno, o medio vacío, según se mire, alcanzó el precio de 20.000 euros-,como en cuanto a su contenido.
Porque el escritor catalán no solo denuncia la dañina mercantilización del arte, sino que pone en el dedo en la llaga del asunto fundamental, como es que ahora todo vale, volatilizándose cualquier principio que discierna: “Debido a la ausencia de un canon de criterios evaluativos, hoy día cualquier objeto puede ser considerado arte si cumple estas cuatro condiciones: primero, que sea producido por alguien que diga ser artista; segundo, que sea expuesto en una galería, publicado o exhibido; tercero, que los críticos digan que es arte; y por último, que se venda. Cuanto más caro, más arte”.
Naturalmente, el establecimiento de esos criterios no es fácil, y no ha dejado de tener variaciones a lo largo del tiempo, que también se tratan en el libro, pero Racionero no renuncia a preguntarse, y preguntarnos: ¿qué es el arte? Su respuesta está en relación en esencia con el placer que procura, la intensidad de emoción que comunica, las intuiciones que provoca y su condición de ser una vía de conocimiento del mundo. Y, asimismo, ofrece hipótesis sobre por dónde pueden ir los derroteros artísticos en el futuro, apuntando que “la ciencia proporcionará los nuevos medios e instrumentos, el artista se hará científico y el científico artista para realizar el sueño de Leonardo: competir con la naturaleza en la creación de obras excelsas”.
El ensayista y narrador -recordemos entre su prolífica producción Leonardo da Vinci; Del paro al ocio, Premio Anagrama de Ensayo; El progreso decadente, Premio Espasa de Ensayo; Guía práctica para insatisfechos; o las novelas La muerte de Venus y La sonrisa de la Gioconda, Premio Fernando Lara-, valiéndose de sus amplios conocimientos multidisciplinares, y en la línea de las tesis del crítico de arte Robert Hughes o del Premio Nobel Mario Vargas Llosa, en su imprescindible ensayo La civilización del espectáculo, plantea el tema de manera incisiva y sin caer de forma cómoda en lo políticamente correcto. El ensayo que ahora nos brinda Racionero, Los tiburones del arte, resulta, pues, una sugerente propuesta que invita al siempre saludable y necesario debate.