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TRIBUNA

Nostalgia después de la tragedia

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 06 de abril de 2015, 20:03h

El pasado jueves (Jueves Santo en la Europa católica pero no en la ortodoxa Serbia, donde me encontraba), tuve la placentera oportunidad de compartir mesa y mantel con una decena de parlamentarios de todas las repúblicas, salvo Eslovenia, que, en su momento formaron parte de la desaparecida Yugoslavia. Llegué el último a la mesa y, de entrada, me sorprendió que, voluntariamente, estuvieran en tan amigable compañía ciudadanos de países que no hace ni veinte años estuvieron enzarzados en la más cruel y sangrienta guerra que ha padecido Europa después de la Segunda Mundial.

Estábamos en Smederevo, a unos cincuenta kilómetros al este de Belgrado y en la orilla del anchuroso Danubio, el gran río europeo, muy cerca de la curva donde deja de fluir de norte a sur y, tras recibir las aguas de su afluente el Sava, toma dirección hacia el este, que le llevará hasta el delta por el que se vierte en el mar Negro. Smederevo –que aún conserva la más imponente fortaleza en tierra llana de la Europa medieval- fue la capital de la vieja Serbia, hasta que en 1459 cayó en manos de los otomanos y aquel reino perdió lo poco que le quedaba de su independencia. Había resistido setenta años después de la famosa derrota de Kosovo (1389) en la que murieron el príncipe serbio Lazar y su enemigo, el sultán Murad. Habría que esperar hasta 1804 para que los serbios se sintieran capaces de rebelarse, con éxito, contra los otomanos.

Amenizaba el almuerzo un conjunto musical y vocal que, tras hacer unas breves incursiones en música occidental centró su repertorio en la música popular de los Balcanes. Mis comensales me informaban de la procedencia de cada una de las canciones que todos ellos, a coro, acompañaban con alegría, entusiasmo y con un perfecto conocimiento de las letras: “¡esta es croata, esta serbia, esta montenegrina, esta otra bosnia!”. Cuando indagué por qué se sabían tan bien canciones que no eran, precisamente, de sus regiones de origen me contestaron que era natural porque todos hablaban el mismo idioma…y no se sentían en absoluto extraños entre sí, a pesar del oscuro pasado. Las variantes dialectales son mínimas y no impiden en absoluto que todos estos antiguos yugoslavos se entiendan a la perfección. Y cuando les aludí a las diferencias entre los alfabetos, el cirílico que utilizan en Serbia o Montenegro y el latino que es el propio de las otras repúblicas, también lo minimizaron. La necesidad de manejar ordenadores, tablets o smartfons fabricados para Occidente, les familiariza crecientemente con el alfabeto latino. Y en Belgrado se ven, efectivamente, muchos carteles en alfabeto latino. La fonética es la misma –me insistían- aunque cambie el alfabeto en un idioma que siempre se llamó serbo-croata.

Pero no siempre fue así. En pleno auge del nacionalismo criminal –a principios de los noventa del siglo pasado- algunos intentaron “inventarse” dos lenguas distintas, el serbio y el croata, como reconocía Paul Garde (Vie et mort de la Yougoslavie.1992): “La tendencia a considerar el serbio y el croata como dos lenguas distintas se consolida cada vez más”. Aunque, a continuación, se veía forzado a reconocer que “Vistas desde Europa occidental, las diferencias entre las lenguas eslavas del sur parecen mínimas. Italia, por ejemplo, está mucho más diversificada dialectalmente que los países yugoslavos y el provenzal está más lejos del francés que el esloveno del macedonio”.

Otro autor, Misha Glenny, en un importante libro, The Fall of Yugoslavia (1992), reconocía también el ridículo intento de separar el serbio del croata y relataba que hasta introdujeron traducción simultánea en reuniones en las que todos se podían entender directamente, “inyectando así –escribe Glenny- una dosis letal de absurdidad balcánica en los procedimientos, que iba a demoler cualquier esperanza marginal de que la conferencia pudiera producir algo de valor”. Una ridícula extravagancia que también ha llegado hasta estas tierras nuestras. ¿Quién no recuerda la foto de dos andaluces, Chávez y Montilla, entendiéndose por medio de intérprete, “pinganillo” incluido?

A lo largo del almuerzo, mis amables compañeros de mesa se fueron identificando con referencia a las repúblicas de que procedían: “Yo soy serbio, bosnio-croata, montenegrino…etc. Hasta que uno, a voz en grito y con una punta de orgullo, clamó: “Yo soy yugoslavo”. Inevitablemente la conversación con los compañeros sentados a mi lado versó a partir de entonces sobre el desastre que ha supuesto la desintegración de Yugoslavia. Dragan, un importante político serbio, me decía: “¿Te das cuenta de lo que sería una nación de 30 millones de habitantes?”. Estaba seguro –y desde luego yo también- que si hubieran mantenido la unidad, que se deshizo por el separatismo del croata Tujdman –estimulado por Alemania y el Vaticano- y por el autoritarismo centralista del serbio Milosevic, una Yugoslavia democrática formaría parte ahora de la UE –una aspiración compartida por todos- y no se habría producido el problema de Kosovo. Una cuestión esta última que tienen clavada en el alma todos los serbios, apenas indagues un poco, porque estiman que allí están las raíces de su identidad.

Cuando Claudio Magris escribió, en 1986 su deliciosa obra El Danubio todavía existía Yugoslavia que para el escritor triestino “es la heredera del águila bicéfala [Austria-Hungría], de su estado plurinacional y complejo, de su función intermedia y mediadora entre Este y Oeste, entre mundos y bloques políticos diferentes o contrapuestos”. Y un poco más adelante añade: “A semejanza del habsbúrguico, el mosaico yugoslavo es hoy a un tiempo imponente y precario, desempeña un papel muy relevante en la política internacional y tiende a frenar y suprimir sus propios impulsos disolventes interiores; su solidez es necesaria para el equilibrio europeo y su eventual disgregación sería ruinosa para éste, como la de la doble monarquía lo fue para el mundo de ayer”.

Los políticos yugoslavos, contagiados de la peste nacionalista, no oyeron la sabia recomendación de Magris y se despeñaron por el abismo del brutal enfrentamiento civil. ¿Cuál fue el motivo profundo de esta tragedia? Oportunamente, otro gran escritor, el canadiense Michael Ignatieff -en su libro El honor del guerrero- ha retomado una idea de Sigmund Freud, la del “narcisismo de la pequeña diferencia”. Eso que por aquí los nacionalistas llaman “el hecho diferencial”. Freud escribió que “son precisamente las diferencias menores entre los pueblos, que de otro modo serían iguales, las que forman las bases de los sentimientos de hostilidad entre ellos”.

Para Ignatieff, “el nacionalismo no ‘expresa’ una identidad previa, la ‘crea’. Es falso-añade- que los antagonismos étnicos estuvieran agazapados…esperando su hora”. Como otros autores, recuerda que los matrimonios mixtos crecían continuamente en Yugoslavia y que a la hora de inscribirse en el censo, tras la pregunta reglamentaria, “a qué nacionalidad pertenece usted”, iban en constante aumento las personas que se declaraban “yugoslavas”. “En los años sesenta y setenta –escribe Ignatieff- la mayor parte de los yugoslavos creía de buena fe que sus odios étnicos habían pasado a la historia”. La clave, sin duda, es que faltó la democracia o, como dice este mismo autor, “la atracción del modelo político liberal no tuvo la fuerza suficiente”. Se empieza por desintegrar el Estado, subvirtiendo sus instituciones y luego viene “la paranoia nacionalista”.

Me dejaron pensativo mis comensales yugoslavos. Era evidente que esta nueva generación, hija de la de los que se enfrentaron salvajemente con las armas en la mano, piensa de otra manera. A ellos les ha tocado reconstruir lo que sus padres destruyeron en una orgía de aniquilamiento sistemático del otro. Todavía recuerdo mis sobrevuelos en helicóptero, en 1997, recién terminada la guerra de Bosnia, sobre aquel territorio devastado, y no se me ha borrado de la memoria la vista de tanta destrucción ni, ya en tierra, los mal alojados refugiados que habían huido de sus lugares de residencia y que todavía no podían volver, porque, o ya no tenían casa o si la tenían les faltaba confianza, porque los odios no se habían extinguido. De lo que no cabe duda es de que una Yugoslavia unida y democrática sería mucho mejor para todos sus habitantes. Y desde luego también para la UE, uno de cuyos fallos ha sido no saber impedir ese nacionalismo criminógeno que ha multiplicado el mapa europeo de pequeñas entidades basadas en el narcisismo freudiano y sin más sentido que colocarse al abrigo del paraguas comunitario. Pues de otra manera serían inviables.

De regreso a España no se puede evitar un profundo sentimiento de vergüenza ante la insistencia separatista de esa ralea de políticos irresponsables, como Mas, Junqueras Urkullu y demás compinches, enfermos de ese narcisismo de que hablaba Freud e incapaces de afrontar el mundo de hoy salvo con la anteojeras de su paranoia nacionalista. Realmente este separatismo absurdo, ilegal y ridículo entra en la órbita de la psiquiatría colectiva. Así fue en aquella Yugoslavia que destruyeron y en esta España, que no van a poder destruir.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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