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La cojera de Obama

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 13 de abril de 2015, 20:57h

La expresión inglesa lame duck (pato cojo) se originó a mediados del siglo XVIII con un sentido claramente peyorativo para referirse al jugador que no pagaba sus deudas y, en general a cualquier persona escasamente digna de confianza. En la política de los Estados Unidos se suele utilizar para definir al presidente que, perdidas las elecciones en noviembre, se mantiene en el cargo hasta que en enero siguiente le sustituye su sucesor. Más ampliamente, sirve para describir a un presidente en la etapa final de su mandato, cuando por plazos y por otras razones políticas, se enfrenta con dificultades que le impiden llevar a cabo sus planes o cumplir sus promesas. En este último sentido, podemos afirmar que Obama es “un pato cojo”, y me refiero, especialmente, al ámbito de la política exterior.

Es necesario tener muy en cuenta que, actualmente, las dos Cámaras del Congreso, la de Representantes y el Senado, están en manos de mayorías republicanas, poco, o más bien nada, dispuestas a facilitar la tarea del Presidente. Hay que recordar que hace un par de años, paralizaron el funcionamiento de la Administración y obligaron a despedir a centenares de funcionarios públicos, porque las Cámaras se negaron a aprobar los Presupuestos. Cuando se conocen situaciones como éstas resulta una broma eso que tan frívolamente se afirma, calificando al Presidente de los Estados Unidos como “el hombre más poderoso del mundo”. Según y cómo y de acuerdo con quién controle el Congreso.

Ante este obstruccionismo, que le ha hecho netamente muy difícil cuando no imposible su trabajo, Obama ha demostrado que está dispuesto a recurrir a las “órdenes ejecutivas” (executive agreements) –que viene ser el equivalente a “gobernar por decreto”- que le permiten, en ciertos y limitados casos, sortear los escollos del Poder Legislativo, pero que hacen muy complicado instrumentar cualquier política. No hay que olvidar que la Cámara de Representantes tiene lo que los americanos llaman “los cordones de la bolsa”, esto es el poder presupuestario, y es evidente que resulta difícil imaginar una política que no exija una financiación específica. Por otra parte, el Senado tiene la competencia de ratificar los tratados y convenios con otros Estados y el Presidente podría firmar acuerdos internacionales que si luego el Senado no ratifica, se quedarían en el limbo jurídico-internacional. Hay precedentes muy significativos.

Obama heredó una situación muy compleja y dubitativa en política exterior, una materia, además, en la que él no estaba especialmente preparado. Es verdad que el Presidente americano cuenta con los equipos más competentes y con los expertos más renombrados. Pero ni siquiera éstos están vacunados contra el error y el cálculo equivocado, sobre todo en una situación en la se había hecho evidente que la política de “cambio de régimen” no funciona. Parecía sencillo “convertir” en democracias a los países de lo que en Washington llamaban “el Gran Oriente Medio”, por las buenas o por las malas. Y el ejemplo de Alemania y el Japón, después de la II Guerra Mundial, se traía con frecuencia a colación. Pocos pensaron que todo era muy diferente en los países de esa zona, de componente fundamentalmente tribal y con unos tremendos enfrentamientos religiosos.

En tiempos de Bush padre la euforia fue enorme, después de que se logró que Sadam Husein se retirara de Kuwait y ese optimismo acerca de “la exportación de la democracia” se mantuvo durante los dos mandatos de Clinton, como relata Madeleine Albright en su Memorias. Después del 11 de septiembre de 2001 –ya con Bush hijo- la intervención en Afganistán parecía una exigencia justa y allí empezó una guerra que, propiamente, aún no ha terminado. Todavía hay allí varios miles de tropas de los Estados Unidos y de sus aliados de la OTAN y sólo hace unos días, informaciones procedentes de la zona se referían a la esperada campaña “primaveral” de los talibán y se expresaban serias dudas de que el ejército afgano, desgarrado por las deserciones y la corrupción, pueda hacer frente a esa amenaza.

No muy distinta es la situación de Irak donde, después y durante la ocupación por parte de los Estados Unidos, además de un endémico terrorismo, se desencadenó una sectaria guerra civil entre sunníes y chiíes, que apenas si se puede dar por terminada, complicada ahora hasta extremos increíbles por la invasión y ocupación de casi un tercio del territorio iraquí, por parte del llamado Estado Islámico. La siguiente intervención, sobre todo aérea, fue la de Libia, ya en 2011y en el contexto de la mal llamada “primavera árabe”, llevada a cabo con mandato de Naciones Unidas. Como en el Egipto del derrocado Mubarak, donde ha vuelto un régimen sometido al control de los militares, en Libia, tras el derrocamiento y asesinato de Gadafi no ha llegado la democracia. Por el contrario, el país está dividido y sometido a la fuerza bruta de milicias enfrentadas entre sí que, de hecho, han transformado a Libia en un ejemplo de Estado fallido, como también lo es Somalia, donde hace años hubo también una fugaz intervención americana. Bajo auspicios de la ONU se están celebrando reuniones de todas las partes implicadas pero de inciertos resultados, por el momento.

No puede extrañar que en Washington hayan arrojado por la borda la tesis del “cambio de régimen” pues ya nadie cree que, en esa zona del mundo –Túnez sería una posible excepción- acabar con los dictadores traiga consigo democracia y paz. Por el contrario, no sólo se esfuma la “pecaminosa” estabilidad que ellos garantizaban sino que las cifras de muertos y reprimidos por los dictadores, se multiplican hasta extremos inimaginables por la situación de violencia y guerra civil que les sucede, como ocurre en Libia, por no hablar del caso de Siria, donde el dictador resiste y ya se piensa que si cae, su hueco sería ocupado por el “Estado Islámico”. El cambio a peor es la amenaza que se cierne en esta zona del mundo.

Este panorama tan endemoniado aumenta, si se me permite la expresión, “la cojera” de Obama que ha prescindido la política de “cambio de régimen” y trata de entenderse con los que hasta ahora eran enemigos declarados de los Estados Unidos. Así se explican sus negociaciones con Cuba y con Irán, en este último caso a propósito de su programa nuclear. Acabar con el embargo a Cuba (que no “bloqueo”, que es el término que usa la propaganda castrista) es un paso positivo, pero se le deben exigir contrapartidas constatables a la isla caribeña. Borrar a Cuba de la lista de países que apoyan el terrorismo no nos lo vamos a creer en España hasta que no deje de proteger a los etarras allí instalados y, si tienen causas pendientes, hasta que no hayan sido extraditados. Este tipo de negociaciones son siempre muy delicadas pero, con todas las cautelas precisas, es inadmisible que existan presos políticos o que no se suavicen los rigores de la censura. Pero no acaban ahí los problemas de Obama porque, sin la aprobación del Congreso, ni podrá levantar totalmente el embargo ni hacer realidad algunas de las medidas que prevé para facilitar las relaciones entre los cubanos exiliados y los del interior.

Por lo que hace a Irán, además de los obstáculos internos americanos hay dificultades por parte del régimen de Teherán. Los republicanos se han cargado cualquier atisbo de política de Estado en esta materia, recibiendo en el Congreso a Netanyahu, el mayor enemigo del acuerdo con Irán, sin contar siquiera con la Casa Blanca. Y 47 senadores republicanos se han permitido el insólito gesto de escribir al Líder Supremo iraní, el ayatollah Khamenei, advirtiéndole que aunque Obama pacte, ellos se cargarán el acuerdo.

Por su parte, Khamenei ha pronunciado la semana pasada un discurso lleno de reticencias. No solo exige que todas las sanciones que ahora sufre Irán se levanten en el momento mismo de la firma, sin comprobar, por lo tanto si por su parte, se cumplen todos los compromisos, sino que prohíbe que verificadores extranjeros visiten instalaciones militares iraníes. Además, ha reiterado que no se fía de los occidentales, especialmente de los americanos, aunque no les haya llamado, como antes era habitual, “Gran Satán”. Que un personaje con tantas “conchas” y experiencia como Henry Kissinger haya manifestado su nulo entusiasmo por estas negociaciones es otro dato que debería tenerse en cuenta. No va a ser fácil lograr que los sucesores del antiguo imperio persa, renuncien a la bomba nuclear que tienen, en Asia, Pakistán, India, China, Corea del Norte e Israel. Por otra parte, las pretensiones hegemónicas del chií Irán, contra la sunní Arabia Saudí, no son un secreto, como muestra su apoyo a las milicias huttis en Yemen. La inestabilidad y la situación de riesgo se extienden desde el subcontinente indio hasta el Mediterráneo, incluida toda su orilla sur. La UE no puede sentirse ajena a esta amenaza. Obama va a tener que seguir cojeando.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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