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50 sombras de una infanta

Juan José Vijuesca
miércoles 15 de abril de 2015, 18:49h
Actualizado el: 15/04/2015 20:24h
Cuando el 50 por ciento de algo no representa la mitad de ese todo, significa entonces que la erótica de la estupidez humana se ha hecho hueco en nuestras entendederas. Y acudo al erotismo por aquello de apurar el plan energético de un matrimonio con sociedades mercantiles en régimen de participación por igual, dicho sea, pareja a la que se supone cierta llama encendida cuando comparte mesa, mantel y maneras de dormir.

La infanta Cristina en el caso Nóos ha establecido una teoría sobre las mitades conyugales que engancha. A mí esto de dividir por dos para lo bueno pero no para lo malo, que quieren que les diga, me parece una frivolidad irrespetuosa. Al menos un gesto de complicidad a fondo perdido, siquiera por lo compartido y no digamos por lo presuntamente repartido; pero ya se sabe, hoy en día es difícil mantener aquello de estar a “las duras y las maduras” y no digamos en lo otro de “en la salud y en la enfermedad”

No nos engañemos, para quienes valoramos un bien patrimonial tan excelso como lo es la amada esposa, ni qué decir tiene que resulta canallesco hacerla firmar en barbecho algo con doble fondo. A eso se le llama “amores que matan”, pero claro, cuando la protagonista interpreta el papel de una consejera fascinada por los votos entregados al amor de su vida, nada de extraño tiene que esta entregue su alma a la verbigracia de no saber nada. Como si los demás consortes no apreciáramos lo que tenemos en casa por el simple hecho de estar enamorados de nuestra pareja, pero claro, a lo mejor no sabemos distinguir unas buenas lentejas castellanas de unas angulas de Aguinaga o el llegar a casa y encontrarte un Ferrari de regalo como si tal cosa. En fin, flaco favor se hace a sí misma la infanta con el alegato de haber firmado hasta la muerte de Manolete sin pedir ningún tipo de explicaciones.

Sabido es que España es un país con baja nota media en educación general básica, grave problema sin duda, pero solucionable en nada que nos pongamos a estudiar, pues el conocimiento nunca sobra ni estorba; pero que una infanta de este país actúe con tanta candidez, pero eso sí, con tanto chambelán a su alrededor, pues que quieren que les diga. Yo soy más de los preferentistas, si hombre, los damnificados por el latrocinio financiero habido. Aquí sí que ha concurrido dolo por quienes se han aprovechado de la confianza depositada de personas honestas, cuya economía de ahorros habrá sido a costa de fatigas; gentes atracadas por un clausulado de letra pequeña en donde el engaño iba vestido de hada y cuyo único pecado fue confiar en escribas, fariseos y demás embaucadores de la usura. Esto sí que es una auténtica prueba de verdadero amor para todos aquellos matrimonios estafados.

La infanta Cristina a través de sus abogados ha pedido la absolución argumentando que no “tuvo tiempo, ni capacidad ni motivos” para intervenir en la gestión de la sociedad Aizoon, que compartía con su esposo Iñaki Urdangarín; y añade que se limitó a firmar documentos “sin pedir explicaciones” dada la confianza que mantenía con su marido. Los letrados de la infanta mantienen que ella siempre permaneció al margen de Aizoon y que sus conocimientos de fiscalidad son mínimos. Es natural, digo yo, que en una casa española como Dios manda no se exija saber de todo, pero si la mujer dejara de controlar la economía doméstica e incluso la doble contabilidad de las que entran por las que salen –que diría José Mota-, este país estaría más hundido que el Titanic.

En fin, las sombras alargadas de la erótica de lo ganancial no tienen precio cuando la mitad de cada uno deja de ser un 50 por ciento, compruebas que la otra persona pasa de ti y encima te ha partido por la mitad en sentido literal y valga la redundancia. Maldita la gracia.
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