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TRIBUNA

Sobre el patriotismo

sábado 18 de abril de 2015, 19:05h

Samuel Johnson afirmó que “el patriotismo es el último refugio de los canallas”. La cita es del siglo XVIII, pero su eco se ha prolongado hasta nuestros días, sin perder un ápice de fuerza. Melancólico, anglicano, conservador, Johnson siempre asumió el riesgo de manifestar sus opiniones. Nunca se plegó a las exigencias del pragmatismo, con su inadvertida carga de hipocresía. “Aquel que alaba a todo el mundo, no alaba a nadie”, observó con su ironía habitual. En España, se tiende a ese vicio, escamoteando las verdades incómodas. El patriotismo tiene mala imagen, especialmente entre la izquierda, salvo cuando se refiere a naciones presuntamente sometidas al centralismo castellano. El patriotismo español es repudiado y caricaturizado como la expresión de una intolerancia inquisitorial, olvidando que destacados políticos y poetas de convicciones progresistas manifestaron su fe incondicional en nuestro futuro como país. Manuel Azaña exclamó: “Os permito, tolero, admito, que no os importe la República, pero no que no os importe España. El sentido de la Patria no es un mito”. Antonio Machado canta a la “España que alborea”, la “España de la rabia y de la idea”. Rafael Alberti se emociona, evocando “las tierras de España”, con “las grandes, las solas, desiertas llanuras”, por las que “galopa, jinete del pueblo, / caballo cuatralbo, / caballo de espuma”. Miguel Hernández describe al pueblo español como un amante insobornable de la libertad: “¿Quién habló de echar un yugo / sobre el cuello de esta raza? / ¿Quién ha puesto al huracán / jamás ni yugos ni trabas, / ni quien al rayo detuvo / prisionero en una jaula?”

Se dice que el Romanticismo desempeñó un papel fundamental en la constitución de Alemania como nación. No es una tesis falsa, pero sería conveniente recordar que el Romanticismo alemán se apoyó desde el principio en las nociones de raza, idioma, sangre y suelo. Hegel afirmó que el Estado prusiano representaba la más alta realización del Espíritu, pero su dialéctica era demasiado abstracta para permear la conciencia de las élites políticas y sociales. Sin embargo, la prosa de los Discursos a la nación alemana de Johann Gottlieb Fichte resultaba mucho más asequible y contenía ideas de intensa carga emocional: la exaltación del idioma, la glorificación de lo comunitario, la pasión por el paisaje natal, el rechazo del individualismo disgregador, el presunto destino histórico del pueblo germánico, cuya superioridad racial y cultural evidenciaba un designio divino. Fichte invitaba a sus compatriotas a ser los conductores de la humanidad: “Si se hunde vuestra esencialidad, se hundirán también con vosotros todas las esperanzas del género humano”. Hay que aclarar que Fichte no habla de civilización, sino de cultura. La civilización es una obra de la razón, que alumbra textos legales como la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano (1789). En cambio, la cultura es hija del sentimiento y antepone el mito a la verdad. Produce ensoñaciones románticas y postula el regreso a lo originario. La civilización habla de personas, la cultura de masas.

Se confunde nacionalismo y patriotismo, pero el nacionalismo es un vástago de la cultura y el patriotismo nace del impulso civilizador. El nacionalismo es agresivo y busca la hegemonía cultural y política, a veces con el pretexto de la autodeterminación. Al no dirigirse a la razón, consigue movilizar a las masas con facilidad, rescatando mitos locales, viejas canciones, fiestas populares y costumbres arcaicas, siempre desde el punto de vista del victimismo y el agravio. Hay algo ancestral y físico en esa forma de obrar, que recuerda la embriaguez dionisiaca. El nacionalismo ha desencadenado las tragedias más graves del siglo XX. Alemania e Italia se convirtieron en naciones, apoyándose en el concepto de cultura, no en el de civilización. Auschwitz es el final de ese trayecto. El nacionalismo nunca será constitucional ni democrático, pues cree en la superioridad de una cultura determinada sobre otras. Por el contrario, el patriotismo sí es constitucional. No es casual que Habermas, un filósofo alemán de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, haya formulado la idea de patriotismo constitucional como fundamento de la convivencia pacífica y solidaria. El nacionalismo es una ideología. El patriotismo constitucional es una teoría crítica. Nunca poseerá la sensualidad del fervor nacionalista, pero gozará del apoyo de la razón. El patriotismo busca el bien común y no contempla la exclusión de ningún grupo social, a diferencia del nacionalismo, adalid de las esencias y paladín de las discriminaciones.

El refugio de los canallas no es el patriotismo, sino el nacionalismo, que pisotea a la persona, con el pretexto de un destino histórico. El patriotismo no cree en el destino, sino en las metas racionales, humanas, integradoras. “Madre y madrastra mía, / España miserable / y hermosa”, escribe Blas de Otero, con un patriotismo crítico y sincero. “España mía”, clama Gabriel Celaya, “…con amor te deletreo”. Algunos aseguran que el Quijote no es un símbolo del carácter español, sino la parodia de nuestros peores vicios. Es cierto, pero la fantasía cervantina no es una letanía de podredumbre, sino una guía hacia una modernidad basada en la razón y la tolerancia. El patriotismo es un quehacer, una tarea que interpreta, corrige y reescribe la tradición. Según Ortega y Gasset, el Quijote no ensalza lo que es, la España de su tiempo, sino lo que aún no es y puede llegar a materializarse, con audacia, creatividad y afán de superación. Ese patriotismo crítico e insatisfecho expresa el ser de España, su temprana modernidad y su rica personalidad colectiva. Nos hemos desviado muchas veces de ese camino, pero los fracasos pesan menos que la esperanza. Dirigiéndose a la patria perdida, Luis Cernuda escribió: “Sólo en ti está la fuerza / de hacernos esperar a ciegas el futuro”. Son las palabras de un presunto antiespañol que nunca se resignó a vivir lejos de la luz de su tierra natal.

Rafael Narbona

Escritor y crítico literario

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