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TRIBUNA

El fin de la Segunda Guerra Mundial

Alejandro San Francisco
martes 21 de abril de 2015, 20:25h

En abril de 1945 la situación de la Segunda Guerra Mundial ya estaba prácticamente resuelta en Europa. Hitler, otrora líder dispuesto a conquistar todo el continente con una fuerza militar que parecía invencible, ahora estaba solo y derrotado tras la fortaleza de su búnker, aunque no por mucho tiempo. Desde el oriente las fuerzas del Ejército Rojo avanzaban sin encontrar alguna resistencia relevante que les impidiera llegar tarde o temprano a la guarida del dictador, mientras por el occidente los norteamericanos y sus aliados ingresaron a Alemania con entera convicción, después de haber ido liberando paso a paso los territorios antes dominados por el nazismo. Era hora de celebraciones.

Pero no para todo el mundo, desgraciadamente, como percibieron desde el primer momento los europeos orientales, que salían del drama que había significado la Alemania nacional socialista, para entrar rápidamente a otro totalitarismo que era como un espejo, el comunismo soviético. En otras palabras, había una "liberación", pero que no conducía hacia la libertad, sino que llevaba a caer en una nueva esclavitud. Así ocurrió en Polonia, lo que sería después Alemania Oriental, Hungría y Checoslovaquia, por ejemplo. Fueron zonas donde pronto, como ha explicado Anne Applebaum en su gran estudio, El Telón de Acero. La destrucción de Europa del Este 1944-1956 (Madrid, Debate, 2014), se establecieron regímenes según el modelo de la Unión Soviética, que consolidaron la influencia comunista en esas zonas.

Pero el asunto era mucho más profundo y dramático. El Ejército Rojo no solo ingresó con fuerza para obtener la victoria militar en territorio alemán, sino que también procuraron saqueos a las propiedades y sumaron una cantidad interminable de violaciones contra las mujeres alemanas, bajo la idea de propinar venganza a sus enemigos, pero ciertamente también motivados por la violencia y la irracionalidad. Así queda narrado por ejemplo, de manera elocuente a la vez que demoledora, en Una mujer en Berlín (Barcelona, Anagrama, 2005), obra anónima que se detiene en el dolor y el terror de aquellos días de abril y mayo de 1945.

Diversas obras logran captar el sentido de esta transición desde el nazismo al comunismo, en varios países de Europa. Así queda reflejado, por ejemplo, en Liberación, de Sandor Marai, que explica la situación en Hungría; o el texto de Heda Margolius Kovály, Bajo una estrella cruel, que ilustra sobre la vida en Checoslovaquia en los años de la posguerra, o el excelente El poder cambia de manos, de Czeslaw Milosz (Barcelona, Destino Editorial, 1955). En todas estas novelas queda en evidencia, como sello distintivo, la ambigüedad que combina la alegría del primer instante en que la bestia nazi desaparece, para dar paso a liberadores que en ocasiones se muestran incluso amigables, pero que más tarde imponen condiciones de vida social sin libertad y de política sin democracia.

Si Hitler había llenado las vidas de los polacos o checos en los años anteriores, la situación pasaría a ser muy simple después de 1945: correspondería a Stalin fijar las pautas de conducta, las leyes inviolables, los códigos que se impondrían desde el extranjero pero que debían ser obedecidos como propios. Las comparaciones entre los métodos nazi y comunista no tardarían en representarse. Así lo resume una reflexión sobre el estilo represivo de los rusos, presente en la obra de Milosz, cuando explica que "la predilección soviética por las medidas secretas que permiten resolver todos los asuntos sin ruido, con lo cual el terror se convierte en una fuerza misteriosa y mal definida que va aumentando a fuerza de incertidumbre". O también esa lógica comunista según la cual "por debajo de cada discurso se ocultaba otro discurso". Eso además de tener que soportar las nuevas bases del sistema: o se es obediente y se llega a la "absoluta ortodoxia staliniana", o se llega a la cárcel si se es rebelde. En esta ocasión, al menos en el corto plazo, no habrían aliados ni amigos que llegaran a salvar a Polonia de la nueva.

El poder cambia de manos concluye de una manera magistral, a través de la auto imposición de una norma de conducta importante para la vida: "mantenernos libres de tristeza y de indiferencia". Quizá porque sabía que se iniciaba una larga etapa de indiferencia occidental, mientras algunos tras el Telón de Acero luchaban para no dejar nunca de ser libres, conservando la alegría de vivir a pesar de los errores cometidos y del precio terrible de un nuevo totalitarismo. Era el problema de mediados del siglo XX, cuando ni siquiera era posible imaginar lo que venía por delante.

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