El discurso de Juan Goytisolo durante la ceremonia de entrega del Premio Cervantes 2014 no será recordado por su tono conciliador. Goytisolo ha comenzado distinguiendo entre literatos y escritores. Los literatos conciben la tarea de escribir como un proyecto profesional. Su objetivo es triunfar y consolidar su carrera. Los escritores no piensan en el éxito. Simplemente, sucumben a la fatalidad de una vocación. Goytisolo admite que comenzó su singladura como literato, pero no tardó en comprender su error: “Como vio muy bien Manuel Azaña, una cosa es la actualidad efímera y otra muy distinta la modernidad atemporal de las obras destinadas a perdurar pese al ostracismo que a menudo sufrieron cuando fueron escritas”. Nadie podía sospechar que el Quijote, La Regenta oLa lozana andaluza traspasarían los siglos, adquiriendo la condición de clásicos indiscutibles. Goytisolo cita a Pessoa: “Llevo en mí la conciencia de la derrota como un pendón de la victoria”. Su identificación con ese talante explica que reciba el más alto reconocimiento de nuestras letras “como un golpe de espada en el agua, como una inútil celebración”.
Discípulo de Américo Castro y Blanco White, Goytisolo reivindica la mirada periférica y marginal. Enemigo acérrimo del nacionalismo, sólo reconoce “la nacionalidad cervantina”, una fórmula acuñada por Carlos Fuentes para los que no aceptan identidades basadas en la raza, la sangre y el suelo. Paradójicamente, la globalización ha avivado el fundamentalismo político y religioso, pues la mayor parte de la humanidad se siente perdida en un mundo libre y plural. Lejos de adherirse a un credo, Goytisolo prefiere “cervantear […] en el territorio incierto de lo desconocido con la cabeza cubierta con un frágil yelmo bacía”. Esa forma de ser suele cobrarse un elevado peaje. Cervantes conoció la penuria y la cárcel, subsistiendo a duras penas en “los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad”. En su vejez, el “Príncipe de los Ingenios” escribe con tristeza: “duermo en el silencio del olvido”. Es inevitable sentir vergüenza al evocar el menosprecio de un autor que refleja lo mejor del carácter español: idealismo, dignidad, compasión, ascetismo. No produce menos sonrojo contemplar el estado del mundo. Mientras unos pocos gozan de “la exquisita mierda de la gloria”, según la expresión de García Márquez, la mayoría sufre los estragos de la pobreza, el hambre y la guerra.
El oficio de los caballeros andantes es “deshacer tuertos y socorrer y acudir a los miserables”. En el mundo actual, “las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo”. La lección magistral de Cervantes es “asumir la locura de su personaje como una forma superior de cordura”. Goytisolo finaliza su discurso con una provocación, con cierto aire de travesura adolescente: “Digamos bien alto que podemos. Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia”. Algunos se han apresurado a tildarle de “viejo perroflauta”. Goytisolo ha respondido que “Podemos no es una marca registrada” y que el “we can” es una feliz expresión de Martin Luther King, con una inequívoca vocación universal. Si he de ser sincero, no soy un lector asiduo de Juan Goytisolo, pero celebro que su discurso haya levantado ampollas. Es cierto que habría sido un gesto más coherente renunciar al galardón, imitando a Sartre con el Nobel. Su victimismo es exagerado, pues no es un exiliado político, sino el ciudadano de una democracia que homenajea su obra y le permite decir lo que le venga en gana en un acto oficial. Pese a todo, su rabia es muy cervantina. El Quijote no es una sátira de los libros de caballería, sino una lección de moral y patriotismo. Si fuera necesario escoger un pasaje que representara el espíritu de la obra, elegiría el de los galeotes. Don Quijote exige la liberación de los condenados a galeras por crímenes comunes, alegando que “no es bien que los hombres honrados sean verdugos de otros hombres, no yéndoles nada en ello”. Estar “contaminado” por el espíritu cervantino, implica indudablemente alinearse con el más puro altruismo, exigiendo el fin de todas las corruptelas y los atropellos. Eso sí, conviene recordar que, tras ser liberados, los galeotes apalean y roban a Don Quijote y Sancho. Uno de los condenados destroza la bacía, golpeándola contra los huesos del caballero, que no comprende tanta ingratitud. Algo semejante le sucede a la pobre Viridiana (Buñuel, 1961), cuando invita a la mesa a un grupo de vagabundos. El “frágil yelmo” del idealismo puede desencadenar un aluvión de calamidades, si no es atemperado por el sentido común. Quizás por esa razón introdujo Cervantes en la trama a Sancho, con una perspectiva igualmente noble, pero más realista. La polvareda que ha levantado Goytisolo con su discurso indignado y su atuendo de calle es un signo de salud democrática. Escandalizarse revela una deplorable majadería, pues el sentido de la libertad es crear polémica, discutir, objetar e incluso fastidiar. Sin embargo, no está de más señalar que Goytisolo se ha apartado del espíritu cervantino, marginando a Sancho, efímero y juicioso gobernador de una ínsula. Recordemos sus palabras al renunciar al cargo, recuperando su humilde condición de escudero: “sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien al revés de cómo suelen salir los gobernantes de otras ínsulas”. Hay algo en lo que nadie puede quitarle la razón a Goytisolo: mejor sería releer elQuijote y no malgastar tiempo y dinero buscando los huesos de su infortunado creador.