TRIBUNA
Maltrato masculino, maltrato femenino
Ignacio Fernández Candela
lunes 27 de abril de 2015, 20:22h
Actualizado el: 27 de abril de 2015, 20:36h
La cara de López Aguilar representaba todo un poema trágico. Una faz tan compungida ante los medios de comunicación, denunciando los tejemanejes de Natalia de la Nuez para destruir su vida, convirtió al exministro en un mártir de lo más aparente. Solo aparente. López Aguilar se retuerce de dolor acaso sensibilizado con la Ley que se ha convertido en su monstruo particular, deforme como demagógico, ahora atacándole a la yugular del mismo modo que antes infligió severos daños morales, a dentelladas literalmente, contra muchos hombres inocentes. La permisividad legal frente a la manipulación política crea engendros ofensivos contra la sociedad que las acepta con sumisa ignorancia. El exministro actualmente lo sabe por su psique apabullada. Existe Justicia.
La Ley de Violencia de Género surgió como una engañosa percepción de los derechos de la mujer que sin embargo abrió fisuras para que desaprensivas la usaran contra víctimas masculinas. El coste era asumible decía entonces el jactancioso ministro. Una denuncia falsa daba lugar al funcionamiento extremista de una gestión policial y jurídica cuando aquella Ley se convirtió en depredadora, muy alejada de garantizar los derechos constitucionales de cualquier ciudadano varón. El simple hecho de ser denunciado conllevaba la detención y la exigencia de probar no ser culpable, siendo de antemano considerado individuo delictivo. Mucho de sofisma y entelequia para ese progresismo exaltado que pretendió abanderar la lucha contra el maltrato, manipulando torticeramente el equilibrio legal e imponiendo una dictadura que no pocas miserables han ejercido en busca de intereses personales exterminando a sus parejas.
Con buen criterio profesional basado en la experiencia cotidiana, la Guardia Civil expuso unos carteles ambivalentes que fueron retirados tras las airadas protestas de los generadores de la distinción radical, que no de la igualdad, en la sociedad española.
Existe el maltrato femenino, quizá más sutil y menos detectable. Múltiples homicidios han sido justificados por los jueces con deleznables sentencias, otorgando absoluta impunidad a fingidoras con protección de sectarismo político. Se mezclaron las engañadoras con las heroínas anónimas de lo salvaje cotidiano, como así denominé en una columna pasada a tantas víctimas de hombres sin entrañas. Esa carencia de entrañas también se da en otras abusadoras. Negarlo es dar carta blanca a las mentes criminales capaces de perpetrar homicidios sin punición, por estar camuflados bajo una Ley demoledoramente imperfecta.
Las mujeres víctimas de maltratos han de ser defendidas y protegidas pero no por ello deben de descuidarse los derechos de todo ciudadano para que la ley no se revuelva en contra de inocentes, sean de género femenino o masculino. La tortura psicológica ha sido el taimado instrumento de mujeres con instinto asesino que no han cejado en su empeño hasta destruir a sus parejas usando también a los hijos como ariete. Prejuzgar culpabilidad no es legal, salvo por la injerencia política que concretó con esta Ley la supremacía de la manipulación por disquisición de género.
¿Dónde estaban esos defensores de los derechos de la mujer cuando María José Carrascosa padecía durante nueve años un infierno carcelario, a manos de un maltratador sin conciencia que usó la permeable Justicia norteamericana para pergeñar una venganza repugnante? Libre por fin una gran luchadora e inocente no se lo deberá sino a su condición de madre mayúscula, a su resistencia admirable ante tamaña adversidad y al apoyo de unos pocos al margen del cinismo reivindicativo de extremas posiciones a las que les importan muy poco la injusticia y sus consecuencias si no se contemplan en el programa de la manipulación social.
Es simplista e interesada la generalización siendo cada ser un mundo dispar, sea del género que sea. Algunos han etiquetado la gravosa situación del exministro como justicia poética, cuando en realidad es esta justicia descarnada y sin florituras la que ha dañado al presunto maltratador con un efecto bumerán concluyente. Justicia sin más, la verdadera. "Con el mismo juicio que juzgues, se te juzgará", decía Jesús. Con la misma medida es medido el exministro zapaterista.
López Aguilar es digno de conmiseración por ese tormento interior que denuncia su mujer, ella con absoluta elegancia de quien soporta dignamente lo que le toca vivir. Él es digno de piedad para elementos como Talegón, pocos más. De lamentar es la situación que se ha repetido en muchos casos inasumibles; hombres que han soportado, siendo inocentes, un calvario por la Ley de la Violencia de Género. Efecto bumerán con su creador que ahora sufre las consecuencias de impulsar a la ligera una demagógica ley, de tintes anticonstitucionales, provocadora de insufribles daños. Él-que no ella- aún ha de demostrar su no culpabilidad. Un juez dirimirá la realidad que impulsó este combate público en el que el exministro creyó poder ganar cuando muchos otros no tuvieron siquiera la oportunidad de defenderse.
López Aguilar formaba parte de esa cuadrilla de la idiocia que volcó en la tragedia a España y la sumió en la peor crisis económica e institucional del periodo democrático. Entonces se aglutinaban estos ministros de la manipulación en torno al zapatético presidente de las ocurrencias que dio vía libre para que los necios de su gobierno asacaran medidas estrella como vanguardia del progresismo, para vergüenza de los gobernados.
Aído, Pajín, Blanco, eran los encumbrados por el oscurantismo en la radicalidad del concepto político, por el encubrimiento de la corrupción propia como familiar y se convirtieron en la vanguardia de la estulticia endiosada que Zapatero mal dirigió abocándonos a un tiempo de crisis generalizada y agravada por leyes dictatoriales convertidas en costumbre, por el talante de aquél, considerado payaso por muchos, que resultó tener los dientes muy afilados hasta abocarnos a un circo de la desesperanza que aún padecemos.
Tiempo después el barrizal de la incongruencia atrapa a un exministro que es víctima de sus soberbias, del envanecimiento de la parcialidad política influyendo sobre la neutralidad jurídica. El presunto maltratador sigue aforado para no pasar por el vil sometimiento encarcelado de una presunción de inocencia inexistente, el que él negó a tantos hombres, muchos que cayeron en las fauces del suicidio mientras el socialismo se congratulaba de las extremas medidas que daban alas a la impunidad de las arpías, que las hay con género femenino como bestias en el masculino, para asesinar justificadamente a desvalidos varones del falsario victimismo socialista.
Nadie puso fin a semejantes injusticias. El Partido Popular siguió errando con despótica indolencia como ha resultado el apaño de la reforma del aborto. No lo hizo ya por sectarismo sino por ese irrefrenable conformismo que ha roto reiteradamente el compromiso para con sus electores. Hoy el infame cazador es cazado, pero la Ley de Violencia de Género continúa causando estragos con esos más que daños colaterales multiplicándose ahora con bochorno mediático incluido.
Lo paradójicamente execrable es que en la particular Ley de Violencia de Género rubricada por López Aguilar, su mujer es la que ha de demostrar que no es culpable frente al intento de linchamiento público al que ha sido sometida en ese mayúsculo alarde de maltrato psicológico de quien usa las instituciones para denigrarla sin sonrojo: borracha, loca etc. Hay que tener cara-además de la afligida al comparecer para denunciar una trampa contra su ínclita persona-,defendiendo presunta inocencia estando tan bien aforado que no ha pisado celda como muchos otros que fueron víctimas inocentes de tan injustas imposiciones políticas.
Muchos maltratadores suelen ser personas de bien ante la sociedad, capaces, simpáticos y con don de gentes, gozando de una impecable imagen pública que esconde al monstruo de la vida privada. Si públicamente se ha retratado un influyente político que usa las instituciones públicas para humillar sin reservas ni vergüenza a una mujer en absoluta inferioridad de condiciones, muchos podrían preguntarse qué no haría el presunto maltratador al llegar a casa.
Por lo pronto y si es verdad que todos los españoles son iguales ante la ley, lo dudo, tendrá que demostrar inocencia. Juan Fernando López Aguilar puede decir que está de enhorabuena al no haber pisado todavía una celda. Privilegios de la hipocresía política, exenta de la arbitrariedad con que se sojuzga severamente a la ciudadanía. Cara pétrea.
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Escritor-Crítico literario
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