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DEL GEORGIANO ZAZA URUSHADZE

Mandarinas, en el cine todo es mentira

Laura Crespo
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lauracrespoelimparciales/12/5/12/24
jueves 30 de abril de 2015, 10:25h
Mandarinas, en el cine todo es mentira
Mandarinas, cinta del realizador georgiano Zaza Urushadze que consiguión una nominación al Óscar como mejor película de habla no inglesa, lleva este viernes a las salas española como demostración de que el gran cine no siempre necesita grandes presupuestos.
Tres hombres de entre mediana y avanzada edad empujan una furgoneta colina abajo. “Yo creía que explotaba”, dice uno. Otro le responde: “Eso solo pasa en el cine, y en el cine todo es mentira”. El cine es una pequeña mentira que sirve, generalmente, para hablar de grandes verdades. Y Mandarinas, la cinta a la que pertenece la escena descrita, es buen ejemplo de ello. La película del cineasta georgiano Zaza Urushadze llega este viernes a las salas españolas avalada por su nominación al Óscar como mejor película de habla no inglesa, un reconocimiento desde la meca del sector a este otro tipo de productos modestos, inesperados y que beben de la misma esencia del cine en industrias poco asiduas al circuito internacional, como, en este caso, la estonia.

Mandarinas se presenta sin sutilezas como un alegato pacifista, con pocas sorpresas pero excelentemente trazado, contra el sinsentido de las guerras y la tendencia natural al entendimiento que tiene el ser humano cuando se le piensa como tal. La cinta crea una guerra en miniatura entre cuatro paredes, con sólo un soldado de cada bando y, en el medio, una tercera figura, cabal, justa, racional y, sobre todo, defensora a ultranza de la paz, que bien podría ser la representación utópica de una ONU efectiva. Se trata de un hombre, Ivo, estonio, empeñado en permanecer en su casa en una provincia georgiana a pesar de que la mayoría de sus compatriotas ha vuelto “a casa” tras estallar una guerra civil por la independencia del territorio. Es 1990. Ivo ayuda a su vecino a recoger su cosecha de mandarinas para venderlas y, también, partir a Estonia. Pero su mimo a la rutina en mitad de un conflicto bélico se rompe cuando dos soldados, uno checheno y otro georgiano, resultan heridos delante de su propiedad y decido acogerlos.

Urushadze consigue una radiografía del odio, de la venganza y de la naturaleza del hombre, con todo lo bueno y lo malo, con un puñado de diálogos inteligentes en no más de tres localizaciones. Una buena muestra de que el gran cine, entendido como un vehículo de transmisión de ideas y emociones, cabe en pequeños formatos. Ideas, muchas sobre las motivaciones individuales de las guerras y las barreras, a menudo artificiales, que se levantan entre los pueblos y las sociedades. Emociones, todas las que caben en la humanidad de unos personajes gratamente definidos en apenas hora y media e interpretados con rotunda solvencia.

El director imprime un ritmo que baila en perfecto equilibrio entre lo contemplativo y el suspense y subraya el sentimiento de dulce cotidianidad interrumpida. El dueño de los árboles frutales dice, convencido, que aquella es una guerra contra sus mandarinas. Lo es. Una guerra, lo es contra todo.
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