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Los liberales y la cuestión agrícola

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 01 de mayo de 2015, 19:20h

La agricultura es la base de toda civilización, y ni siquiera la actual civilización tecnológica ( más bien mundivisión tecnológica que civilización de raíz kantiana ) ha modificado esta realidad sustancial, hipostática, insoslayable, sino que el sentido común nos hace poner la tecnología al servicio del desarrollo agropecuario como base de la vida civilizada. Si no fuese así, convertiríamos a la tecnología en un fin en sí mismo, en una diosa a la que hubiese que rendir tributo. España sigue siendo una gran nación eminentemente agrícola, además de industrial y de servicios. La cuestión no ahora la de apostar por la industria o la agricultura, sino la de configurar y hacer posible la existencia del ciudadano labrador-obrero, tal como en algunos lugares del País Vasco se consiguió en los años setenta en algunas pequeñas ciudades. Debemos hermanar en un nudo gordiano estos dos sectores.

Los romanos, cuando hacían el elogio de un hombre de bien, lo alababan así: “es un buen labrador”. Eso al menos decían Catón, Virgilio y Columela. “Labos omnia vincit”. El trabajo esforzado en el sector agropecuario triunfa sobre todas las crisis.

En los últimos años ( casi treinta años ) ha dado la sensación a muchos ciudadanos españoles de que eso del Ministerio o Departamento del Medio Ambiente era un maremágnum de intenciones y desiderata que adumbraba la realidad incuestionable y necesaria de la actividad agrícola.

Las principales urgencias hoy de la agricultura pasan por la protección de los enseres, aperos, generadores eléctricos, motores para regar y hasta ganado que han sido espoliados por mafias de distintas nacionalidades, y contra las que la Benemérita no siempre ha tenido los suficientes medios para desmantelar estas organizaciones criminales que a menudo cometen los saqueos llevando armas de fuego. Contra esta situación sería conveniente la creación de polígonos agrícolas en aquellas ciudades en donde todavía la agricultura tiene un peso especial, así como en los grandes pueblos.

Las distintas Confederaciones Hidrográficas de las distintas cuencas deberían mantener vigilancia en la limpieza de los pequeños cauces, veneros y manantiales, de suerte que estén expeditos de broza y basura y no sean tan frecuentes las inundaciones de importante número de parcelas cuando ya están a punto de ser recogidas las cosechas.

Se deben reparar los caminos rurales, al menos una vez cada tres años, pues como decían los clásicos “ager spurcus sterilis est”; las tierras inaccesibles por el abandono y la incuria acaban siendo estériles. Se debe retomar el Plan de Aznar para unir las distintas cuencas fluviales y así asegurar el abastecimiento del agua con fines agrícolas. Si los españoles del siglo XVII fuimos capaces de construir el Canal del Dique en Colombia a través de más de mil kilómetros de selva, y el conde de Aranda en el siglo XVIII presentó un proyecto de canal inter-marítimo para la unión del Cantábrico con el Mediterráneo, es infinitamente más fácil hoy unir las seis grandes cuencas fluviales de España. El Partido Popular podría tenet hoy entre sus ministros un nuevo Olavide. Se debe aumentar y reforzar la potencia eléctrica en la mayor parte de los tendidos y líneas que cruzan España, pues cada vez es más acuciante la necesidad de electrificar el campo.

Por otro lado, España debe intensificar la agricultura ecológica, una agricultura de calidad que paga estupendamente la Europa rica. Y el dinero de la sociedad civil agraria es también el fundamento de nuestra sociedad del bienestar gracias a una fiscalidad distribuidora de la riqueza.

Los escritos agrarios de Joaquín Costa deberían constituir la piedra angular de un catálogo bibliográfico que inspirase a los liberales de hoy, únicamente integrados en el Partido Popular, la gran política agraria que está necesitando España.

“La industria es la verdadera piedra filosofal que transubstancia en plata y oro las simples materias que Dios ha dado para sustentarse”: así discurría en 1656 Martínez de Mata, contradiciendo a un tiempo, y en parte por adelantado, los dos sistemas económicos mercantil y fisiocrático, que proclamaban como manantial único de la riqueza, el otro la agricultura. Floridablanca, con su reforma agraria, pretendía conseguir algo siempre conveniente para las arcas públicas: “al Estado más le conviene muchos vasallos de fortunas medianas que pocos, aunque sean muy ricos”. Esa idea que subordina la propiedad del suelo al interés general, erguida incluso en nuestra Constitución, debe seguir siendo el santo y seña del Partido Popular.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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