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Elogio de Lassalle

martes 27 de mayo de 2008, 17:52h
No me refiero a Ferdinand -que bien pudiera ser-, sino a José María Lassalle.

¿Por qué? La razón es elemental. Éste es un país escaso de reflexión política. Ampliemos y perfilemos un poco más la afirmación: éste es un país en el que prolifera la especulación teórica, pero sólo en la medida que recorre un camino paralelo, sin cruzarse más que ocasionalmente, con la labor política. También abunda, sobre todo en la derecha, el denuesto fácil y la descalificación carnívora amparados en la liturgia de una supuesta ortodoxia. De eso andamos sobrados. En cambio, se echa en falta, de un tiempo a esta parte, la capacidad de combinar, sin necesidad de morder, el valor de la palabra con el ejercicio de la acción. Lassalle, una palmaria demostración de que las aulas universitarias españolas no están desprovistas de talentos, decidió un buen día que había que actuar. Lo sorprendente del caso, dado el país en el que estamos, es que creyó que había que hacerlo sin renunciar a pensar de manera libre y, por lo demás, esquivando los esquematismos.

No tengo el gusto de conocerlo. Pero sí el de haberlo leído. En su trabajo académico sobre John Locke y en algunas críticas periodísticas a ensayistas del calado de Zygmunt Bauman. Lúcidas advertencias, éstas, contra una de las grandes tentaciones de nuestro tiempo, la de preterir, por recelos y temores, la confianza en las instituciones. La de renunciar a lo más valioso que tenemos en las sociedades libres: el concepto cívico de la modernidad ilustrada. Lassalle, pues, no es para mí ni un diputado más, ni el Rasputín que algunos ven tras Mariano Rajoy. Forma parte de esas lecturas gracias a las cuales he podido llegar a captar el valor de un liberalismo en absoluto abstracto, sino contextualizado históricamente. Es decir, de una filosofía política viva, confiada en el criterio de la ciudadanía y alejada de manera radical de aquéllos que practican, y ya me disculparán el oxímoron, un liberalismo dogmático.

Porque, y los historiadores lo sabemos bien, no hay un liberalismo. Hay un liberalismo para cada tiempo. El liberalismo que respondiendo a sus últimas exigencias, adapta -qué verbo tan irritante para los que entienden que la conciliación con lo real equivale a la apostasía- la ideología a las necesidades del momento. Estamos hablando de un proyecto, siempre, positivamente liberal: el anhelo genuino de liberación de las potencialidades humanas. En esas estamos. O deberíamos estar.

Por lo demás, y en consonancia con lo expuesto, se impone otra tarea urgente, la de pensar razonablemente la España de hoy, sus exigencias y sus posibilidades de futuro. Se trata de una tarea patriótica, al tiempo que liberal. Del tipo de tarea patriótica, del ideal común, que el regionalista Josep Carner pedía hace casi un siglo, el 8 de junio de 1916, desde las páginas de ABC y que me permito recordar:
“Hay dos formas de patriotismo: una, estática; otra, dinámica; una que sirve de tradiciones, de respetos, de favores, de liturgias teatrales; y otra que entiende que la sustancia patriótica es eternamente plástica, que la detención morosa e inválida en los dogmas caducados es el suicidio de la nación; que cuando los ideales se convierten en hieratismos, se anquilosa irremediablemente la vida de la nación. Los que sienten este patriotismo, ahora, como siempre, son llamados antipatriotas por los supervivientes de los templos desmoronados”.

Hay que optar y salvar la sustancia a costa de lo artificial. En tiempos en los que se confunde la voz patriótica con la vehemencia irreflexiva hay que ponerse del lado de los que son capaces de la duradera y silenciosa abnegación patriótica. Por eso, creo, elogio a Lassalle.
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