Llevamos tantos meses escuchando proclamas, olvidando promesas y viendo volar cuchillos desde los atriles, que lo único que diferencia a todo lo vivido hasta este momento de lo que vendrá es la inútil pero tradicional guerra de carteles y banderolas. Y lo que nos queda…
Decir que “entramos en campaña electoral” es un insulto a los votantes y a la verdad. Durante meses llevamos preparando nuestras mentes para un aluvión de lemas sin fondo, de programas que incumplir y de ataques cínicos entre todos los competidores. Esta sobredosis electoral que vivimos en 2015 ha amplificado todo hasta el éxtasis político más burdo. Un sobrecalentamiento que ha dejado a las claras, sí aún no lo estaba, que las ambiciones de poder y trinque de algunos, están por encima de los derechos, ilusiones y esperanzas de millones de ciudadanos.
Algunos de estos candidatos van a pedirnos confiar en lo que ya conocemos y otros dirán que es hora de cambiar. Unos se colocarán la etiqueta de profesionales mientras otros se enorgullecerán de no estar “viciados” por el sistema. Dos discursos diferentes llenos de ataques a la desesperada por captar el miedo, el enfado y la indiferencia de los votantes. Aunque haya algún guiño hacia la esperanza y la ilusión, la mayoría de las soflamas se basan en conceptos negativos, en “vótame a mi, soy menos malo que el de al lado”.
Ni mantener el voto por el miedo al qué pasará, ni cambiarlo por pura hartazgo, o el votar porque no lo he hecho nunca y voy a ver qué pasa. Son opciones que yo no contemplo pero que sí le pasan por la mente a muchas personas que, con total libertad, deciden su voto. En mi caso, no voy a decidir movido por estos motivos, pero no critico a los que sí lo hacen. Sí lo hago con unos partidos políticos que aprovechan la decepción y las ganas de venganza para encontrar papeletas con su logotipo en las urnas. Una crítica que no se limita a los 15 días previos a cada votación porque vivimos en una permanente campaña electoral, un proceso interminable y cíclico en el que intentan que los ciudadanos vertamos nuestros instintos en un sobre.