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LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS

La Salve de los esquiladores

José Antonio Ruiz
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jantonruytelefonicanet/9/9/20
viernes 08 de mayo de 2015, 20:15h
España ya no da más de sí. Algo habremos hecho mal, aunque sea en alguna vida anterior, para hacernos merecedores de tanto infortunio como el que estamos padeciendo, a manos llenas de castas, castos y descastados.

No se habla de otra cosa, que diría Peñafiel. La guerra del fútbol, los sondeos insondables del CIS, los ‘salvapatrias’ barriendo las paredes del foro con engrudo y mocho escoba, la casta Susana con sus cantos de sirena queriendo comerle ahora la oreja a Javier Arenas. Y a todo esto, se escucha de fondo el cante sórdido de la ‘Tigresa’, ex etarra de profesión, haciendo prácticas para sacarse el permiso de conducir, aprovechando el permiso penitenciario. Queda el consuelo de pensar que algo hemos ganado: al menos hemos pasado del
coche lapa al auto con la ‘L’ de una ex asesina en prácticas de reinserción vial. Lo dicho: un país de mierda, pero al que por la cuenta que nos trae no podemos dar por perdido mientras haya gente como Ángel María Villar que nos alegre el oído: «El fúrbol soy yo». La AFE, la LFP, la FEF y la madre que parió a todas las siglas, aunque la pobre no tenga culpa de nada. Y encima nos enteramos que el símbolo del PP no es una gaviota sino un charrán.

La otra Teoría de las élites. Suelen ser tan fantasmas y prepotentes los “ganadores” en un país de perdedores como España, que la historia la acabaremos escribiendo los “vencidos”, los derrotados por el establishment que contemplamos impávidos el partido desde el gallinero y miramos a la tribuna con el desdén de los desheredados, porque nuestro sentimiento de clase reprimida no nos permite ejercer con dignidad el oficio de «abrazafarolas» en los palcos del poder y la gloria, que diría mi admirado García. Esta es la hora, querido José María, en la que no sabría decirte si me he venido demasiado arriba, o me he quedado corto.

Época de esquilar ovejas. Los esquiladores cantan su ‘Salve’ en mayo florido. Las ovejas acuden balando con su habitual mansedumbre al abrevadero de las urnas, a la llamada de los cabreros, que le tienen preparado el forraje de los votos. Y se dejan cortar el vellón, por el método criollo o australiano, según el gusto de cada cual, a tijera o a máquina.

Pero no te empeñes, compadre, en encontrar el vellocino de oro de Jasón y los argonautas entre los borregos del ganado, porque hasta el que se las da de listo no pasa del ¡Beeee!

La ignorancia como estado de falsa felicidad permanente. ¡Así cualquiera! No tiene este cronista tan claro como Ortega y Gasset, que resulta que no eran dos mendas sino la misma persona, que «al hombre le duele su ignorancia» porque «necesita saber».

No hace falta aprenderse de memoria el diálogo platónico de ‘Teeteto’, o mismamente la ‘Alegoría de la caverna’, donde los prisioneros son esclavos de su ignorancia; ni recitar de corrido los pensamientos de Bergson o de Heidegger como si fueran los propios con tal de aparentar. ¡Un poquito de por favor!

España, in memoriam. Hermida nos narró la llegada de los astronautas del Apolo XI a la Luna, allá por el 69. Y cuarenta y cinco años después, allí en el limbo seguimos los españoles, dando paseos espaciales, desorientados y más perdidos que un marciano en la Plaza de Cibeles, donde el Palacio de Gallardón, que rima con cojón, y que Aguirre se propone desmantelar si la eligen agente de movilidad. La Esperanza es lo último que se pierde, condesa.

España, en venta, como el imperio de Berlusconi, lleva ya tanto tiempo en pelotas, que ya no le queda nada por enseñar. Quien no te conozca, que te compre.

Momento ‘pin-up’. Como si no fuera con él, Mariano se nos aparece en bermudas a media pantorrilla, haciendo el mongui por las playas de Dakar, dicho sea con todo respeto y otro poco de coña marinera, pues sólo le faltaba la riñonera y el pañuelo a cuatro nudos de Pepe Gotera y Otilio. Ya me explico por qué se está derritiendo el Ártico. Si Internet es demasiado lento, ni te cuento el Premier.

La imagen de Felipe haciendo las veces de padrino en los Premios Ortega y Gasset de Periodismo, tiene su guasa. El hombre que se enteró de los GAL por los periódicos, ahora imparte lecciones de transparencia informativa. Y lo que nos queda por ver.

Si hasta el cura de ‘The Walking Dead’ han sido detenido por conducir borracho a velocidad del cohete ‘Apolo’, es que ya no hay remedio posible para este mundo pecador, que parece predestinado a la condenación eterna. Al paso que vamos, vamos a acabar peor que los Lepen.

Casto: dícese de la persona que se abstiene de todo goce sexual. Así le fue a Berta, a Alfonso II de Asturias y a lo que queda de España.

Crónicas de la descreencia. Creo en el niño de ocho años que ha tratado de cruzar la frontera del Tarajal dentro de la maleta de su madre. «Je m’appelle Abou» –les ha dicho a los guardias civiles que han abierto la trolley, tras quedar estupefactos al ver la imagen de su interior a través del escáner.

Del cerdo, hasta los andares. Sólo creo en personas con nombre y apellidos, que me ayudan a sobrellevar las miserias de la condición humana.

En medio de tanto mediocre y tanta maledicencia, chapó por mi querido Dr. Guillén, Pedro, y por Izpisúa, otro fuera de serie al que hay que echar de comer a parte. Al uno le siguen negando el Princesa de Asturias, y al otro acabarán negándole el Nobel. Que con su pan se lo coman los miembros del jurado.

Talento en estado puro. Lo más noble. Lo mejor de lo mejor. Dos maneras de ver el mundo. Aquellos, los políticos, nos miran con displicencia, que parece que mean ‘Coco Chanel Nº 5’, y nos sacan higadillos y riñones. Estos, en cambio, nos regalan su amistad impagable y estos se han propuesto engendrar órganos humanos en el vientre de una cerda para demostrarnos que la vida merece la pena cuando encontramos motivos para vivirla.

No es gran cosa esto que escribo, pero se lo dedico al chico que he encontrado hoy a las puertas del Bernabéu y que me ha regalado su sonrisa porque le he ayudado a subir a la silla de ruedas. Tendría la edad de mi hijo mayor. Gracias por tu mirada de felicidad absoluta, aunque suene cursi de cojones. Acabaré creyendo en Dios.

José Antonio Ruiz

Periodista

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