Angelo Giuseppe Roncalli, patriarca de Venecia, se hallaba a punto de cumplir 77 años, cuando el cónclave cardenalicio le eligió como nuevo Papa el 28 de octubre de 1958. «No puedo mirar muy lejos en el tiempo», afirmó poco después de escoger el nombre de Juan XXIII. Por su edad y su carácter afable, se pensó que sería un «Papa de transición», pero en sólo cinco años renovó la Iglesia Católica, convocando el Concilio Vaticano II y publicando ocho encíclicas, dos particularmente memorables: Mater et magistra (1961), que abogaba por el fin de las desigualdades sociales y regionales, y Pacem in Terris (1963), que exigía a las naciones el respeto a la paz y a los derechos humanos. Ambas encíclicas respondían a los retos de la época. Sin otra preocupación que la fidelidad a Cristo, Juan XXIII pidió la prohibición de las armas nucleares, el desarme bilateral de las dos grandes potencias y una retribución justa para los trabajadores. No eran simples declaraciones, sino un compromiso real, que se materializó recortando el sueldo de obispos y cardenales, subiendo los salarios de los trabajadores del Vaticano y apoyando el derecho de los asalariados a organizarse en sindicatos. Además, ordenó a 37 nuevos cardenales procedentes de América Latina, África y Asia, demostrando que su solidaridad con el Tercer Mundo no era simbólica, sino profunda y sincera.
El Concilio Vaticano II se inauguró en 1959, pero no finalizó hasta 1965, cuando Pablo VI anunció su clausura. Juan XXIII había fallecido el 3 de junio de 1963. No pudo presenciar las consecuencias de la reforma que había promovido. Ya contemplaba esa posibilidad y no le inquietaba. Acostumbrado a vivir en comunidad, restaba importancia a los logros individuales. Solía citar a Albio Tibulo, el poeta lírico latino: «Ya es mucho haber concebido una empresa, haber pensado, ideado, iniciado algo». Es indiscutible que Roncalli inició algo grande y perdurable. La misa empezó a celebrarse en la lengua nativa, con el sacerdote mirando a los feligreses y no al altar. Se fomentó el diálogo con otras religiones. Se aclaró que la Iglesia no era sencillamente una institución compuesta por sacerdotes y monjas, sino una realidad espiritual que incluía a los laicos, verdadero «Pueblo de Dios». La grandeza de Juan XXIII residió en que su voluntad de actualizar el mensaje cristiano trascendió lo estrictamente religioso, sumándose a los movimientos que exigían un futuro ético para la humanidad, sin espacio para la violencia, la discriminación o la desigualdad. ¿Se puede afirmar que el Papa Francisco es una figura tan deslumbrante como Juan XXIII? ¿Será recordado como uno de los grandes líderes morales de nuestro tiempo?
El Papa Francisco, que también tenía 77 años cuando fue elegido, ha cautivado a casi todos, incluidos los que no tienen fe, pero sí un hondo anhelo de justicia y fraternidad. En su exhortación apostólica Evangelii gaudium (24-XI-2013), se ha manifestado contra «la economía de la exclusión»: «Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte. […] Grandes masas de población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. […] Hemos dado inicio a la cultura del “descarte” […]. Los excluidos no son “explotados”, sino desechos, “sobrantes”». Hannah Arendt empleó argumentos semejantes para describir la esencia del totalitarismo. Los campos de exterminio no son una anomalía, sino la solución definitiva para resolver el problema de «las masas económicamente superfluas y socialmente desarraigadas». El Papa Francisco habla de la «globalización de la indiferencia»ante las «vidas truncadas por falta de posibilidades». La prioridad es el hombre, no el capital, pero vivimos bajo «la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. […] Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de las ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera». El Papa Francisco reivindica la intervención de los poderes públicos para garantizar el bien común y afirma que los planes asistenciales son «respuestas pasajeras. Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, […] atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema».
El locutor norteamericano Rush Limbaugh, con un programa de radio con millones de seguidores, afirmó que las reflexiones de Evangelii gaudium eran «puro marxismo saliendo de la boca del Papa». William Doyle, profesor de economía de la Universidad de Dallas, objetó que las ideas del pontífice «se encuentran implícita o explícitamente en los Evangelios». Anticipándose a las críticas, el Papa Francisco apuntó en su exhortación: «Molesta que se hable de ética, molesta que se hable de solidaridad mundial, molesta que se hable de la distribución de los bienes, […] molesta que se hable de la dignidad de los débiles, molesta que se hable de un Dios que exige un compromiso por la justicia». El Papa Francisco hace pedagogía, no ideología. No adoctrina, sino que nos invita a ejercer nuestra libertad, obrando por imperativos éticos y no por motivaciones egoístas. Su intención es rescatar la radicalidad del Evangelio y, en ese sentido, actúa como Juan XXIII. Evangelii gaudium es un documento extraordinario, que habla indistintamente a creyentes y no creyentes. Es un texto a favor de la paz, la solidaridad y la vida, que nos recuerda la esencia del humanismo cristiano: «cercanía, apertura al diálogo, paciencia, acogida cordial que no condena». No sé si el espíritu del Papa Francisco fructificará en una renovación tan fecunda como el Concilio Vaticano II, pero es indudable que ya ha dejado una huella profunda en el siglo XXI, proclamando que “todos estamos llamados a cuidar la fragilidad del pueblo y del mundo en el que vivimos”.