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ISLAS SPRATLY Y PARACEL

Un puñado de arena bien vale una crisis económica y militar mundial

Borja M. Herraiz
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borjamotaelimparciales/10/5/10/22
jueves 14 de mayo de 2015, 17:09h
Nueve kilómetros cuadrados inhabitables, en el punto de mira. Por Borja M. Herraiz

Apenas ocupan nueve kilómetros cuadrados y se levantan unos pocos metros sobre el agua en mitad del Mar de China meridional, una superficie equivalente a la mitad de España, y sin embargo van camino de convertirse en el gran foco de tensión en el sudeste asiático.

A mitad de trayecto entre China, Filipinas, Taiwán, Malasia, Vietnam y Brunéi, los países que se los disputan, los archipiélagos de Spratly, Paracel y el arrecife de Scarborough se han convertido en el último antojo de Pekín para seguir ampliando su influencia en la región y, de paso, disputarle a Washington la supremacía marítima en la región.

Hasta hace poco, las edificaciones existentes en los archipiélagos se limitaban a cabañas de pescadores y puestos de control itinerantes que en muchas ocasiones quedaban bajo las aguas del mar cuando subía la marea. Sin embargo, el Pentágono confirmaba esta semana que está sopesando enviar a la zona navíos y aviones de guerra para pararle los pies al gigante asiático, que lleva desde marzo de 2014 dragando el fondo marino para crear, de la nada, siete islas artificiales en las que construir puertos y pistas de aterrizaje de hasta 3 kilómetros de longitud, al tiempo que reclama la soberanía de los bancos de arena. Así, los ingenieros chinos han logrado que la superficie útil pase de apenas 380 metros cuadrados a 75.000.

Localización de las Islas Spratly y Paracel en el Mar de China. Fuente: Google Maps

El ‘nuevo’ Oriente Medio
La importancia de estas casi 300 rocas,atolones, cayos yplayascasiinhabitables no reside tanto en su valor territorial, pues en ellos poco se puede construir y apenas hay fauna o flora, comoenelestratégicoyeleconómico.

Por un lado, se cree que bajo ellas se encuentran importantes yacimientos de petróleo y gas natural equiparables a los de Oriente Medio. Por otro, la soberanía de las islas da la llave para el control del tráfico comercial marítimo, uno de los más importantes del mundo.

Las primeras noticias de las posibilidades energéticas de las Spratly y las Paracel datan de finales de la década de los 60. Aunque apenas se han hecho exploraciones superficiales, algunos estudios chinos calculan que bajo la superficie podría haber hasta 150.000 millones barriles de crudo y gas. Investigaciones rusas y estadounidenses rebajan la cifra a 25.000 millones de barriles, muy superiores en cualquier caso a las de, por ejemplo, Kuwait.

Este maná energético aún por confirmar sería la solución idónea para una región que ha visto cómo su demanda de combustibles se cuadruplicaba en apenas dos décadas. Además, los científicos también han descubierto importantes yacimientos de estaño, magnesio, cobre, cobalto o níquel.

Desde el punto de vista comercial, el valor de estos ínfimos territorios es incalculable y cualquier alteración en su estabilidad podría desestabilizar la economía mundial. En primer lugar, el Mar de China meridional es la segunda ruta marítima con mayor tráfico del mundo con un tránsito tres veces superior al del Canal de Suez. Por sus aguas navegan 250 súperpetroleros cada día, una cuarta parte de la producción mundial de petróleo. Dicho de otro modo: 5 billones de dólares al día en mercancías.

Es zona de paso obligatorio del crudo y el gas natural licuado proveniente de Oriente Medio entre el Estrecho de Malaca y los puertos de Japón y Corea del Sur, dos de los mayores consumidores energéticos mundiales. Es más, la dependencia nipona del petróleo que transita por el Mar de China es muy elevada, pues el 80 por ciento de su consumo interno depende de él. Un porcentaje que se eleva hasta el 95 por ciento en el caso del gas.

Por último, las aguas que rodean las Spratly y las Paracel, 'Xisha' y 'Nansha' en chino, 'Kalayaan' en filipino, están repletas de importantes caladeros pesqueros, motivo de recurrentes violentos choques entre las flotas regionales, especialmente entre la china y la vietnamita.

Cada país juega su baza
Los archipiélagos tienen una larga historia de disputas. Las primeras noticias que se tienen de ellos están fechadas en el siglo II d.C., cuando navegantes chinos de la dinastía Han arribaron a los bancos de arena.

En los siglos sucesivos, pescadores de todas las nacionalidades las usaron como resguardo ante tormentas y piratas hasta que la colonización europea llegó a la zona en el siglo XIX. Sin embargo, la legislación internacional no reconoce la pertenencia de un territorio por el mero hecho de descubrirlo, sino por su ocupación o explotación continuada, cosa que no ha sucedido durante estos 1.800 años en el caso de China.

Desde entonces, cada país esgrime un argumento diferente para defender su soberanía sobre las Spratly y las Paracel. China, el país que con más ahínco los ha reclamado, sostiene que la historia le ampara, pues tras la guerra francochina de 1887 ambas partes pactaron verbalmente la cesión de los islotes a Pekín, si bien no hay documento firmado al respecto.

Taiwán, a su vez, se escuda en el mismo argumento histórico que China referente a la dinastía Han, si bien en su favor juega que fue el primer país que se estableció de un modo más o menos permanente en los islotes tras la Segunda Guerra Mundial.

Curiosamente, una de las paradojas del conflicto es el frente común que parece que han creado China y Taiwán, en constantes tensiones soberanas, en especial con la crisis de las pruebas de misiles de 1996, por hacerse con el control de los archipiélagos.

Vietnam, en cambio, presenta documentos históricos que refuerzan su posición. Hanoi se considera heredero único de los territorios coloniales franceses, a los que las Spratly y las Paracel pertenecían, lo que sumado a su pasado histórico como parte del Imperio de Annam justificarían sus pretensiones.

Por su parte, Malasia, Filipinas y Brunei consideran que las Spratly forman parte de su plataforma continental y que el asunto de la proximidad es definitivo, argumento recogido en la legislación internacional. Además, Manila las considera esenciales para su seguridad y su supervivencia económica.

Imagen por satélite del antes (izquierda) y el después (derecha) de uno de los atolones construidos por China. Fuente: CSIS

El poder chino
Durante todo el siglo XX, especialmente en la segunda mitad, multitud de escaramuzas entre países han tenido lugar. Quizás la más grave fue la que tuvo lugar el 14 de febrero de 1988, cuando chinos y vietnamitas se enzarzaron en una breve batalla de apenas media hora que se saldó con 80 muertos.

Desde ya hace años, China, Vietnam y Taiwán han añadido los islotes, o al menos una parte considerable de ellos, a sus sistemas administrativos e incluso se han otorgado concesiones de explotación pendientes de reconocimiento legal en base a cartas náuticas y mapas dibujados a su antojo.

Aunque casi todos los países en liza cuentan con una presencia en forma de pequeños destacamentos militares más o menos permanentes en alguno de los islotes de ambos archipiélagos, sólo China cuenta con el poder naval, gracias a la flota continental afincada en Zhanjiang; militar y logístico para imponerse con instalaciones fijas.

Pero las Spratly y las Paracel no son los únicos territorios en los que China ha puesto sus miras. Pekín mantiene disputas con más de media docena de países por diferentes regiones. Desde la islas Senkaku o Diaoyu por las que pugna con Japón, hasta el Golfo de Tonkín con Vietnam y otras zonas menores con Rusia, Tayikistán, India o Corea del Norte. Incluso ha llegado a declararse nación “próxima al Ártico” para defender sus presuntas ambiciones en el Polo Norte.

Un mediador interesado
Por su parte, los intereses de Washington en la región van más allá de intentar controlar el expansionismo chino, sino que la región es su principal socio comercial, muy por encima de la Unión Europea.

Las transacciones entre ambos lados del Pacífico superan los 700.000 millones de dólares anuales, lo que supone un tercio del comercio exterior estadounidense.

La visita de John Kerry, secretario de Estado norteamericano, a China este próximo fin de semana en el momento de mayor tensión de los últimos años es interpretado por muchos analistas como “totalmente interesado”. Sin embargo, la administración Obama anda con pies de plomo en este asunto, pues pesan mucho los 440.000 millones de euros que suponen los intercambios bilaterales sólo en 2015.

En los últimos años, los roces entre las dos grandes potencias mundiales han sido recurrentes. Mientras EEUU cuenta con acuerdos de seguridad y defensa mutua firmados con Vietnam o Filipinas, con quien inicia la semana que viene las mayores maniobras navales conjuntas desde 2000, y tiene desplegados a soldados en el sudeste asiático, China impuso en 2013 una zona de identificación aérea obligatoria en el Mar de China Oriental en la que cualquier aeronave debe avisar de su presencia.

Además, el Pentágono ha alertado en numerosas ocasiones de la importante flota naval que Pekín está concentrando en la región del sudeste asiático como respuesta a la que Washington tiene desplegada por todo el Pacífico.

Con todo, EEUU se ve en la obligación de velar por los intereses de sus principales aliados en la región, Japón y Corea del Sur, que ven cómo su abastecimiento energético podría verse seriamente comprometido, al tiempo que no erosiona las relaciones comerciales con un socio de vital importancia para su economía.

Por si no fuera poco, los intereses de Washington también tienen implicaciones de seguridad, pues la región lleva tiempo siendo un coto de piratas y traficantes de todo tipo. Este es, precisamente, uno de los argumentos que esgrime China para defender su política de dragado y expansión, pues señala que sus nuevas instalaciones proporcionarán puertos para patrulleras que persigan a los delincuentes.

Una difícil solución
Tras décadas de intereses durmientes, la nueva política exterior china, cimentada en una especial sensibilidad de su opinión pública en lo tocante a la soberanía nacional, ha reavivado las tensiones en el sudeste asiático.

La Asean, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, a la que pertenecen todos los actores implicados menos China y Taiwán, ha sido el gran mediador en los últimos años para intentar templar los ánimos en un conflicto de difícil solución. La organización aboga por el diálogo mediante un foro internacional, a lo que Pekín se niega, y a la explotación conjunta de los recursos energéticos que puedan encontrarse en el subsuelo.

Otros analistas, de manera paralela, abogan por crear una zona desmilitarizada en todo el Mar de China meridional que rebaje la temperatura belicista.

Sin embargo, China, cuyo territorio continental dista 1.600 kilómetros de los islotes, insiste en no abordar el asunto en foros multinacionales sino en conversaciones bilaterales puntuales, lo que le beneficia, pues de este modo se enfrenta a interlocutores de inferior poder negociador.

El número de países interesados complica el entendimiento o el hallazgo de una solución que contente a todas las partes. Mientras, China sigue con su política expansionista ante la impotencia de los países vecinos, que ven como Pekín expande sus dominios en una de las regiones geoestratégicas de mayor valor del planeta.

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