“Todos los infortunios de los hombres derivan de una sola cosa: no saber quedarse tranquilos en sus casas”. Blaise Pascal
Hay determinados momentos de la vida en los que no hacer algo resulta mucho más adecuado y beneficioso que hacerlo. Callarnos en vez de decir algo, reposar en vez de medicarnos o no invertir en vez de hacerlo puede ser lo más conveniente. Hay muchas ocasiones en las que no intervenir es la mejor de las opciones disponibles y, quizás, también la más difícil.
Parece que la acción es el impulso natural de los humanos modernos y modélicos. Sólo aquellos que, a través de la acción o la palabra, han hecho o han logrado algo importante consiguen el reconocimiento público. Sin embargo los que dejan de hacer, callan o posponen para evitar grandes problemas a los suyos nunca lo lograrán. En el mundo financiero, por ejemplo, he conocido a unos cuantos gestores que no se dejaron llevar por la euforia del momento y evitaron grandes pérdidas a clientes y amigos en los años 2000, 2001 y 2008. Por supuesto no se llevaron ni gloria, ni grandes comisiones, ni grandes titulares ya que como dijo el filósofo contemporáneo Daniel Dennett, “los humanos somos increíbles previniendo catástrofes, lo que pasa es que nadie recibe una medalla por algo que no ha pasado. Los héroes son siempre los que actúan a posteriori”.
El silencio, casi siempre, comunica tanto o más que las palabras. No responder a un mensaje, no saludar o no felicitar a un amigo o familiar al que le ha ocurrido algo supuestamente bueno (ser ascendido, tener un hijo, etc.), en el fondo lo está diciendo todo, pero en otras ocasiones el silencio es aún más poderoso, no por lo que significa sino por lo que impide. Cada vez que cohibimos nuestro impulso verbal más violento, cada vez que nos reservarnos una opinión que no aporta nada o con cada oportunidad que logramos reprimir un nuevo ‘pavoneo’, no solo impedimos que la situación se complique sino que crecemos como personas y mejoramos nuestra relación con el mundo, con los otros y con nosotros mismos.
Dejando a un lado el ya conocido y aburrido caso del Banco Central Europeo, otro sector intervencionista por excelencia sería el de la medicina, al menos en su versión más occidental. No hay visita al médico que, ‘por prevención’, no implique fármacos, pruebas, extirpaciones, radiaciones, cirugías o intervenciones de cualquier tipo, sin considerar en muchas ocasiones la posibilidad de que en vez de solucionar el problema, el exceso de intervención puede debilitarnos y, por lo tanto, agravarlo. Sin embargo el cirujano que se negó a operarnos de la hernia porque era peligroso e innecesario, el doctor que no nos manda medicamentos para fortalecernos o el que nos prescribió una vida más reposada, en vez de operarnos las dos rodillas, apenas tendrá clientes ‘rentables’ y desde luego tendrá mucho menos prestigio que sus compañeros de la rama más intervencionista. En la medicina tradicional china, al parecer el prestigio de un médico no venía dado por la cantidad de pacientes enfermos que tenía, sino por la cantidad de pacientes sanos. Es decir, lo que se valoraba en un médico era su talento para la prevención, no para la curación.
En la vida familiar no deja de ocurrir algo parecido. Hoy en día no actuar y dejar que el tiempo ponga las cosas en su sitio no es aplicable en lo que a la educación infantil se refiere. Seríamos ‘malos padres’ si en vez de solucionar un supuesto problema lo dejáramos pasar y aprendiéramos de la dificultad junto con nuestro hijo. Quizá sea mejor no hacer nada cuando nuestro hijo traiga a casa malas calificaciones, cuando su profesor le regañe, cuando no sepa defenderse en una pelea o cuando no quiera comer lo que le ponemos en el plato, o cuando se aburra, pero, ¿quién se atreve a no intervenir, a no hacer literalmente nada como estrategia deliberada?
En la vida conyugal parece que hablar las cosas debería ser la solución más práctica pero, ¿cuántas veces nos habría ido mejor de no haberlo hecho? Y en el terreno profesional ocurre algo similar. ¿Quién recuerda el compañero que siempre cumple con su trabajo y no hace ningún ruido o al gestor que, por no haberse endeudado más en la última coyuntura económica expansiva, ahorró millones a la empresa y evitó su quiebra? ¿Quién recuerda aquel amigo que nunca nos hizo ganar un euro pero que nos disuadió de comprar un piso en el 2006? ¿O aquel asesor fiscal que nos salvó de una gran multa de la Agencia Tributaria por negarse a complacer nuestras peticiones impertinentes e ilegales?
Parece que la historia contemporánea sólo la escriben los hacedores, o los oradores, y no aquellos que dejaron de hacer, callaron o postergaron cuando era necesario, pero, como todo en la vida, la prudencia tiene su premio y el tiempo lo cura y lo arregla todo. Puede que no sea éxito, reconocimiento o dinero lo que encuentren, sino pragmatismo y sabiduría. Benditos aquellos que la tienen y la comparten.
Cuenta Nassim Nicholas Taleb en su libro Antifrágil que hubo una época en la historia en la que procrastinar era una virtud y que “los romanos reverenciaban a quien, como mínimo, se resistía a la intervención y la retrasaba. Hubo un general, Fabio Máximo, que recibió el apodo de Cunctator, -el que procrastina- (o el que retrasa). Volvió loco a Aníbal, cuya superioridad militar era evidente, evitando y posponiendo el combate. Y es adecuado considerar el militarismo de Aníbal como una forma de intervencionismo y compararlo con la sabiduría del Cunctator”.