Es un auténtico lujo que grandes autores, junto a sus obras para adultos, dediquen parte de su labor a la literatura infantil, sin duda muy difícil, pues los más pequeños son lectores especialmente exigentes. En las letras españolas de los siglos XX y XXI, destaca en esta doble dirección Ana María Matute, nacida en Barcelona en 1925 y fallecida el pasado año. De su novela póstuma, Demonios familiares, brillante testamento literario, nos hicimos eco en este mismo suplemento, sirviendo también esa reseña como reconocimiento y homenaje a un nombre imprescindible de nuestra literatura.
De un tiempo a esta parte, la editorial Destino, el sello donde publicó prácticamente toda su producción, obteniendo asimismo el prestigioso Premio Nadal -creado por Destino-, en 1959, con Primera memoria, ha tenido la feliz iniciativa de poner al alcance de los lectores sus cuentos para niños en cuidadas ediciones, bellamente ilustradas por Albert Asensio, cuyo trabajo ha merecido varios galardones. Así, hasta el momento, habían aparecido Solo un pie descalzo, El saltamontes verde, El aprendiz, Paulina, El verdadero final de la Bella Durmiente, El país de la Pizarra y Carnavalito. A estos títulos se suma ahora Caballito Loco, y está anunciada la próxima salida de El polizón de Ulises.
Los cuentos de la escritora barcelonesa, además de muy recomendables por su indiscutible calidad, resultan especialmente entrañables si recordamos el impulso inicial que los motivó. En 1954 nació su hijo Juan Pablo y para él empezó a escribir cuentos infantiles, en los que se aprecia el enorme amor y esmero que pone en ellos, lo que los convierte en verdaderas joyas. Un ejemplo es este Caballito Loco, centrado en la historia de un potrillo, hijo de Zar y de Zira, que nació diferente a los demás: “Caballito Loco fue su nombre para siempre. Era muy hermoso, pero, como la luna parecía vagar por sus ojos, los demás potrillos se burlaban de él y no le querían en sus juegos. A menudo le acosaban y le atemorizaban, porque era el más pequeño y temblaba sobre sus patas, aún demasiado largas”. De esta forma, será un caballito solitario, que ansía, sin embargo, tener amigos. Sus padres le aconsejan que huya siempre de los hombres “porque su corazón es un desconocido”, pero “Caballito Loco sintió una mayor curiosidad por los hombres, pero no dijo nada, ni siquiera a su propia madre”.
Un día, en un grupo de carboneros acampados en el bosque, descubre a un niño huérfano, Carbonerillo, a quien todos maltratan. Caballito Loco se acerca a Carbonerillo, pues desea ser su amigo. Este, sin embargo, le trata con violencia, lo que, no obstante, no hace desistir al caballito: “-Algún día comprenderá- pensaba y me tratará como a su amigo. Pero el muchacho tenía endurecido el corazón por los golpes y los malos tratos, y nada sabía de estas cosas, ni entendía la palabra amor, ni la palabra amigo”. Así, el relato discurrirá hasta un sorpresivo final.
En el personaje que protagoniza este cuento, Ana María Matute -Premio Nacional de Literatura y Premio Cervantes-, dibuja a un potrillo que nos llega al corazón, con su bondad y sus sentimientos humanos, y nos ofrece una hermosa historia sobre el valor de la amistad, que nada pide y es capaz de llegar al máximo sacrificio. En sus incursiones en la literatura infantil, la autora de tantas y tantas novelas inolvidables, como Los hijos muertos, Los soldados lloran de noche, o Paraíso inhabitado, entre otras, ha sabido trasmitir su cosmovisión a los más pequeños, a quienes no carga con pesados sermones, pero sí brinda valiosas enseñanzas en unos cuentos de sencillo y maravilloso estilo repleto de musicalidad y exquisitas imágenes.