TRIBUNA
Desventuras de un voto cualquiera
miércoles 27 de mayo de 2015, 21:02h
Lo de votar está bien pensado. Uno comparte urna y día familiar. Bendita democracia y bendita armonía de ejercicio en libertad. Ahora bien, nada es perfecto si tenemos en cuenta las versiones de unos y otros en materia de resultados a pesar de la fragmentación de la dupla tradicional. Los que dicen haber ganado resulta que han perdido y los que pierden, pues eso, que han ganado por simple ecuación matemática. Difícil de entender, pero es lo que tiene cuando la estimación de voto lo precocinan los lamas del universo conjugando alineación de estrellas con planetas para crear unas expectativas que nada guardan con el hartazgo social. Se pierde la química se pierde el voto. De manera que la división está servida para unos y otros y con ello las raíces de la vieja, viejísima historia de las confrontaciones y rivalidades aflorando más allá del bosque de los ya ausentes.
Volvamos al ritual del púdico acto de votar, o sea, papeleta dentro de sobre e introducida en urna cuando la autoridad de mesa así lo dispone. Eso sí, nunca antes a la veracidad del votante con su documento de identidad en vigor. Hasta ahí, lo correcto, pero luego resulta que las cosas no son lo que son y que tu voto puede ir a parar al contrincante por aquello de los pactos. Entonces uno se pregunta ¿qué diablos hacemos votando a esa o aquella candidatura si luego resulta ser un voto en barbecho entregado al mejor postor? En definitiva, uno cree haber puesto la semillita de manera correcta en un sobre, la deposita en el arca de los deseos amparado por la máxima ley de protección de datos, y al final te enteras que la relación amorosa con tu partido te ha salido rana y te debes a otra formación. Eso sin perjuicio de la indirecta que hace la señora Carmena cuando declara ante los micrófonos su intención de seducir a los madrileños. Y aquí es donde entraría en juego la erótica del poder.
No me negarán ustedes si este país no anda necesitado de una prueba de paternidad, visto lo visto. Porque claro, uno al votar lo hace confiando en la profilaxis del sistema y la verdad, cuando descubres no saber quién eres en el recuento final, pues te entra cierta angustia al comprobar que tu sufragio lo es de acogida por unos tutores que, según la tómbola de los pactos, te sean asignados. No entiendo nada de política de altura, soy más de bajura, de la que está más cerca del litoral de la ciudadanía participando de sus problemas e inquietudes. Es la que se conoce también como política de aproximación; de manera que a partir de ahí, todo se antoja como la leyenda de aquél unicornio perseguido por cuantos ven el poder que atesora su cuerno de la abundancia y en conseguirlo no reparan en conspiraciones, amancebamientos, pactos y compraventa de fueros y altiveces.
Esto no es nada comparado con el parto que ha de llegar en Noviembre para las generales. Seis meses, seis, de embarazo, le quedan a este país para que todos y cada uno de nosotros nos volvamos a enfrentar a una especie de rapa das bestas y cortar las crines de la maledicencia a quienes sean de mérito ganado (entiéndase como una simple metáfora) Así pues, si no hay nada que convulsione para bien general este tiempo de solaz recogimiento que nos resta y la dosis de arte de birlibirloque no templa gaitas, me temo que el Cirque du Soleil tendrá en este país una versión de montaje circense y esparcimiento callejero sin parangón. Ahora ya no prima ni la esbeltez, ni si la arruga está bien o mal perfilada en los candidatos o candidatas. Nada de eso, ahora lo importante es que tu voto esté dispuesto a dar carta de naturaleza a quien lo merezca por honradez, trabajo y transparencia. El resto son ganas de tocar el si bemol en plural, pues no todo es macroeconomía, prima de riesgo y tener que depender de Bruselas hasta para mear, que para eso ya tienen allí al Manneken Pis y están tan orgullosos de simbolizar la micción permanente sobre el resto de los estados miembros de la Unión Europea.
En fin, es hora de atar corto y no perder de vista el voto de cada cual, no sea que tanto frivolizar con la costumbre ésta de votar tan seguido, acabemos entre todos por convertir al país en una especie de barra libre.