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TRIBUNA

Algunas claves sobre Ortega y la tauromaquia

jueves 28 de mayo de 2015, 21:13h
Durante estos días, hasta el 31 de mayo, tiene lugar en la sala Antonio Bienvenida de la plaza de Las Ventas de Madrid una exposición dedicada a la presencia de los toros en la vida y en la obra de José Ortega y Gasset. El acto, fruto de la colaboración entre la Fundación Ortega-Marañón y el Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid, viene precedido de una serie de investigaciones que culminaron en la publicación en la Revista de Estudios Orteguianos (16/17, 21, 22 y 23) de un itinerario biográfico y de notas de trabajo de José Ortega y Gasset. Allí se puso a disposición de los investigadores materiales del Archivo de la Fundación que dieron a conocer facetas novedosas de la relación de Ortega con los toros, así como reforzaron muchas opiniones ya conocidas y además contribuyeron, creo, a sentar nuevas bases para un estudio mejor orientado sobre esta cuestión. Los medios pueden hacer justicia a quien esto suscribe, sobre todo tras la cálida acogida que tuvieron en un artículo de Andrés Amorós en ABC. Queda, no obstante, mucho por hacer en este informe de tareas cercanas, como una reedición completa de textos taurinos, después de la lejana de Paulino Garagorri, y apuntes sobre la presencia de sugestivas aproximaciones en diferentes lugares de su obra.

La presencia taurina en la biografía orteguiana ha estado expuesta a la misma acumulación de anécdotas, comentarios, reflexiones, juicios de valor, o solamente invenciones, que otros aspectos puntuales y en ocasiones polémicos de su vida. Esto, ya fuese por la coincidencia cronológica y protagonista, en mayor o menor medida, en etapas y situaciones climáticas de la reciente historia de España, o por la constante reiteración de debates irresolubles –quizás mejor irresolutos– en nuestro devenir sociopolítico, cultural y académico. Mientras Ortega vivió no fue menos virulento que ahora, aunque por otros motivos, la discusión sobre la licitud de los toros y las lamentaciones sobre la decadencia del arte de torear. A él, desde pequeño, le complacía sobremanera el ambiente taurino, la asistencia a festejos, la emulación, también en edad madura, del torero enfrentándose a la experiencia de dar él mismo capotazos incluso en circunstancias arriesgadas. Tuvo amigos del oficio a los que apreció profundamente, sobre todo Juan Belmonte y Domingo Ortega, y otros también muy cercanos a su apasionada taurofilia, como el pintor Ignacio Zuloaga. Muchas personas que le conocieron han dejado testimonios curiosos y esclarecedores sobre este asunto, desde José Gaos a Julio Caro Baroja, y ha sido suficientemente resaltado en las evocaciones familiares de su hermano y sus hijos. También hubo momentos de apartamiento o de frialdad, algunos a consecuencia de sus numerosas empresas intelectuales, otros debido al tiempo del exilio. Conforme se acercaba la vejez y reverdecían los recuerdos de la niñez, fue más evidente que toda su vida había gustado que le relacionaran con la Fiesta y se supiera que, en cierto modo, era uno de los suyos. Ni que decir tiene que la prensa se hacía eco, también en el extranjero, de esta singular vertiente de su imagen pública.

En vida de Ortega apenas se conoció un texto específicamente taurino, el epílogo a la conferencia de Domingo Ortega, y ya en 1950. No obstante, desde los primeros años 40 y como diversos apuntes y aclaraciones en prólogos o notas al pie, nos alertaba sobre el viejo propósito, que decía muy pronto a su culminación, de escribir un tratado titulado Paquiro o de las corridas de toros, presente como tarea desde su aparición en el interior de portada de Meditaciones del Quijote, de 1914. Del ensayo previsto nada sabemos, ni en su primera etapa ni en estos años, únicamente podemos intuir a través de textos, póstumos o no, de notas de trabajo, o de sus vivaces afirmaciones, a veces tan resonantes como difíciles de interpretar, sobre el nacimiento del toreo moderno, la importancia de conocer la evolución del toreo para entender la historia de España, la naturaleza de las diferentes ganaderías, los movimientos del toro y del torero... Además, fue central su labor divulgadora en un conocimiento profundo y serio de la tauromaquia, ya fuera a través de sí mismo o por el decisivo impulso dado a la enciclopedia Los Toros de José María de Cossío, a quien propuso como director. Sin embargo, a mi juicio, no es más relevante para la tauromaquia, aunque hoy lo parezca por otras circunstancias, su papel como gran divulgador cultural e instrumento de resonancia cuanto su propósito de afrontar la tarea de pensar sobre toros. Equivocado o no, demasiado arrogante o quizás solo apoyándose en su prestigio, Ortega pretendió hacer filosofía, aventurarse en el desafío de desvelar qué hay tras el misterio de la relación milenaria entre el hombre –español o no– y el toro. Ahí se hacen presentes, entre otras muchas cosas, la corriente impetuosa de la vida y su fluir incesante, repensada como vitalismo, historia y sucesividad, también el espectáculo, drama o liturgia, que incitan a participar del sacrificio y del vértigo como en el teatro o la caza, y, en suma, la naturaleza placentera y gozosa, no exenta de vértigos, del ser humano.

Si bien la caricatura del filósofo torero puede desactivarse con un conocimiento más profundo de la determinante presencia de lo taurino en la vida española y aún de la propia filosofía, no así la inevitable atracción que supone la presencia orteguiana en medio de los embates entre el bien armado mediáticamente antitaurinismo, y su adanismo, y la taurofilia exacerbada y dolida, o cuanto menos melancólica o feraz. Ni es la primera vez que se prohíben los toros ni tampoco será la última. Escribe Ortega en una nota: “No han tenido suerte los toros. Vienen los teólogos, al frente de ellos nuestro Mariana y cierra contra ellos. Vienen los ateos, al frente de ellos Jovellanos y cierra también en contra”. Conscientes de la dimensión humana, por tanto cercana e íntima, de todo pensar, al modo en que lo hicieran Platón o Aristóteles, quizás seamos capaces de dejarnos acompañar por Ortega en esta tarea de entender(nos) y de disfrutar discutiendo razonadamente, también, sobre qué son y han sido las corridas de toros, y qué podemos, y aún debemos, hacer por ellas. Creo que es preciso y que, parafraseando al maestro, hay prisa.

Felipe González Alcázar
Centro de Estudios Orteguianos - Fundación Ortega-Marañón
Comisario de la exposición “José Ortega y Gasset y la tauromaquia”
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