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RELATOS

Haruki Murakami: Hombres sin mujeres

viernes 29 de mayo de 2015, 13:27h
Haruki Murakami: Hombres sin mujeres

Traducción de Gabriel Álvarez Martínez. Tusquets. Barcelona, 2015. 272 páginas. 19 €. Libro electrónico: 9,91 €

Por José Pazó Espinosa

Hombres sin mujeres es el título de un libro de cuentos de Ernest Hemingway del año 1927. Sus hombres sin mujeres son hombres que niegan a las mujeres, o que viven al margen de ellas. Un buen día, Haruki Murakami, que tiene un muy buen oído para el inglés, como demuestran sus traducciones de esa lengua, oyó el título y se prendó de él. En una entrevista cuenta cómo aquel título fue como una semilla que penetró en su cerebro. Allí, de forma muy murakamiana germinó y creció en forma de árbol. Y ese árbol produjo siete cuentos, que Gabriel Álvarez ha traducido muy bien para Tusquets.

Murakami es un hombre de aliento incansable. Como un músico de shakuhachi, la flauta de bambú japonesa, sus notas son incesantes y naturales, acompañan la respiración. Su literatura surge real e irreal, rápida o lenta, pero siempre con una melancolía mantenida. Excepto cuando las cosas acaban bien, que suele ser en sus novelas, sobre todo en las últimas. Sus cuentos, en cambio, son respiraciones de corredor, breves, similares en su longitud, intensas, y con finales más variados e inesperados.

Hombres sin mujeres incluye siete cuentos: “Drive my car”, “Yesterday”, “Un órgano independiente”, “Sherezade”, “Kino”, “Samsa enamorado”, y “Hombres sin mujeres”. Los dos primeros tienen el título de canciones de los Beatles, una de las fuentes de inspiración de Murakami. Son, de alguna manera, inmersiones en la juventud del propio autor. Están repletos de elementos autobiográficos, pero dispersos y disueltos en una fantasía mayor. Murakami, desde hace ya años, vive en una juventud eterna, una especie de universo Genji de los sentimientos. Genji, el héroe de Murasaki Shikibu, es un príncipe resplandeciente que flota por el mundo en una existencia que es una especie de adolescencia mantenida, elongada. Y los protagonistas de Murakami, los hombres sin mujeres, son jóvenes de los sesenta y setenta, hombres maduros de los ochenta y noventa, de la generación anterior al móvil y a internet, pero todos llevan dentro un príncipe Genji, que brilla en el interior de su cuarto, en la soledad de su temor a las mujeres. Son confesiones lejanas de un Murakami que nos permite leer su interior esta vez un poco, levemente, como el sonido de una flauta lejana. Porque Murakami es el hombre de las mil máscaras. ¿Qué es? ¿Quién es? ¿Qué se esconde tras esos seres elásticos y casi transparentes, aunque a veces se empeñe en darles nombres de colores?

Murakami es un escritor preinternet. Su globalidad, ese inmenso éxito universal, se debe en gran medida a haber entrevisto la globalización antes de que esta adquiriera el cuerpo simbólico de internet y el rosario callejero y tecnificado del móvil. Para Murakami, la globalización no viene de una url ni de la conexión wifi, sino de la música de los Beatles, la prosa de Kafka o los coches suecos, por poner tres ejemplos de este libro. Es la globalización de la clase ilustrada mundial de los setenta y ochenta, que se exportó desde Estados Unidos. De alguna manera, el tono mental y emotivo de sus personajes está siempre conectado a una wifi misteriosa de otra época, de antes de que la red de redes existiera. Esto les permite expresar sus sentimientos en un universo global que no es virtual, sino una malla de gustos, afinidades, marcas y experiencias.

Pero vayamos al contenido del libro. Recuerdo a un escritor norteamericano que, hace algunos años, refiriéndose a sus amigos dijo “los que me quedan, los que sobrevivieron a las drogas o las rupturas sentimentales”… La frase siempre se quedó conmigo. Esa igualación de las drogas con las rupturas sentimentales para referirse a la aniquilación de una generación me llamó la atención y prendió de alguna forma en mi cerebro. Pensando en esa idea mientras leía a Murakami y el viento de la tarde mecía los bambúes de mi ventana, me di cuenta de que de alguna manera esa idea también estaba en Murakami y que era el centro medular de Hombres sin mujeres. ¿Cuál es el poder destructor de las rupturas sentimentales? ¿Qué tiene una ruptura en la vida -la primera, la tercera o la última- que marca como un hierro a fuego el alma del hombre que la sufre? Es un tema literario antiguo, Goethe inició la ola de pistoletazos en Europa tras publicar su Werther, pero hoy en día es casi un tema tabú. La mujer sufre en la ruptura, es muchas veces la víctima. Pero, ¿y el hombre? ¿Dónde queda su alma maltrecha y partida? ¿De qué se compone el silencio y el vacío que sigue a la ruptura?

Murakami se lanza de cabeza en ese vacío. Y se regodea en él, bucea en su hueco como un místico zen, lo disecciona como un cirujano y, en última instancia, se convierte en una lamprea agarrada con su ventosa a una piedra del fondo y con la cola meciéndose hacia arriba, como un alga, esperando y fantaseando con pegarse al vientre de una trucha que nunca más vendrá para succionarle las entrañas. Unas entrañas que añora porque las tuvo, y que en la distancia adquieren una dimensión mítica, irreemplazable.

No voy a entrar en sus cuentos con detalle, dejo ese placer al lector. Tratan de un hombre que se hace amigo del amante de su mujer muerta, de un chico que entrega su novia a otros y luego él se retira a un oscuro trabajo de sushiman, de un médico que, como un eremita budista, se deja morir en vida por ausencia de amor, de un hombre que se convierte en lamprea cuando empieza a amar a una mujer que se siente lamprea, de otro hombre engañado que descubre su dolor una tarde de lluvia, de un escarabajo que se convierte en Gregorio Samsa para conocer el vacío del amor y de la vida. En definitiva, de hombres sin mujeres. Grande en su sutileza a pesar de algunas frases finales efectistas y propias de un principiante avanzado, admirable en su estilo simple y envolvente, contundente en la transmisión de una carga emotiva dolorosa perfectamente invisible, mágico en su tremenda simplicidad y en su envolvente globalización. Sincretista en esa unión de valores japoneses y modernidad occidental. Un chamán literario conectado misteriosamente a una wifi de la era preinternet.

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