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TRIBUNA

Nicolás Ramiro, el maestro discreto

Juan José Solozábal
martes 02 de junio de 2015, 20:01h
Me envía mi amigo y colega Ricardo Chueca un artículo sobre don Nicolás Ramiro publicado no hace mucho en la Revista de Derecho Constitucional Europeo, dedicado a glosar la figura y obra del catedrático de derecho político de Zaragoza durante muchos años, antes de su arribada a Madrid, casi al final de sus días. El artículo, bien agudo, lleva en su título una expresiva calificación para Nicolás Ramiro: el maestro recatado.

Hay en el artículo, en primer lugar, una semblanza del profesor granadino, coetáneo y amigo de García Lorca y Luis Rosales, y que asistió a las clases de don Fernando de los Ríos, constituida en buena parte de contribuciones de quienes le conocieron, comenzando por los recuerdos de quien lo firma, que inició su andadura académica con él, pero también de otras personas que se encontraron en su biografía en algún momento con el personaje, puede ser el caso de Carlos Alba o Carlos Palao, o Miguel Beltrán; o que dejaron testimonio de su trato, hablemos por ejemplo de cartas del archivo de Rafael Calvo Serer; o que lo mencionan en alguna obra publicada, así Francisco Murillo o Luis Díez del Corral. Se ofrece de este modo el germen de una biografía sin duda ilustrativa de la Universidad en tiempos del franquismo, que obviamente no es lo mismo que de la Universidad franquista que padecimos, e indicativa del tiempo de la época marcada por la guerra civil. Estas biografías, pues el relato de las peripecias personales de Nicolás Ramiro me ha recordado los esfuerzos de José Lázaro por reconstruir las circunstancias vitales de Luis Martin Santos, contribuyen a rescatar la intrahistoria, esto es, las condiciones en las que se desarrolló obligatoriamente la vida de los españoles durante la dictadura, y suponen una aportación imprescindible para fijar nuestra memoria colectiva. Es muy meritoria la recuperación de la vida de Ramiro durante la contienda, sin que el riesgo para el biografiado desapareciera en la posguerra, a pesar de su proximidad con destacados hombres del establishment, como Castiella, que se intentó conjugar haciéndole encargado de funciones de depuración en el Instituto de Estudios Internacionales y Económicos, que naturalmente no llevaron a actuación alguna, pero que permitieron ponerle a buen recaudo.

También, en segundo lugar, el artículo en cuestión se ocupa de la propia obra de Nicolás Ramiro, en buena parte producida en el ámbito del Instituto de Estudios Políticos. Obra, es cierto, limitada en extensión, pero de indudable rigor, que Ricardo Chueca hace bien, primero, en inventariar adecuadamente, y después encomiar. Nicolás Ramiro leía mucho más que escribía y escribía solo tras pensar críticamente. ¡Cómo no valorar este modelo ante la incontinencia de nuestra universidad, cuyos profesores son inducidos a la improvisación o la superflua reiteración en virtud del inadecuado baremo de los méritos que se observa en el sistema de las acreditaciones para el acceso o el progreso en la carrera! Con sorna le recuerdo contando que había que proponer, pensando en la vaciedad y profusión de algunas monografías aparecidas, las antibecas, que obligarían al profesor favorecido por ellas a no publicar nada en el tiempo correspondiente a su duración.

Ramiro disfrutó de una pensión de la Junta de Ampliación de Estudios en Alemania (1931-1933) que le familiarizó con la obra de los maestros de derecho público de la época, pero sobre todo de la teoría del Estado y de la sociedad, especialmente Max Weber y la sociología posmarxista. No le oí mencionar nunca, en cambio, a Maurice Hauriou, aunque pudiese, como señala Ricardo Chueca, conocer bien su pensamiento. Más próximo a su perfil intelectual, lo situaría, incluso por sus coordenadas ideológicas, en relación con Raymond Aron. En su casa de Madrid, ignoro si sucedía lo mismo en su habitación del colegio mayor Cerbuna de Zaragoza en que residió tantos años, don Nicolás tenía colgado un dibujo a plumilla anónimo del joven Marx, la traducción y edición de cuyos manuscritos por Francisco Rubio le oí elogiar, así como hacer referencias continuas a la versión de Economía y Sociedad, vertida en español en el Fondo de Cultura de Méjico. Don Nicolás seguía con todo interés la actualidad intelectual europea, a través del Times Literary Supplement, que compraba religiosamente en una librería próxima Cibeles y de cuya glosa, amenísima, se ocupaba hasta la salida la siguiente semana del número sucesivo. Siempre creí que Ramiro fue víctima de un sistema universitario excesivamente rígido que, por ejemplo, no le habilitó para la enseñanza de una disciplina como la sociología del conocimiento o la teoría de la sociedad. Se refugió en la enseñanza de aquella “hidra de mil cabezas” que según su propia y afamada expresión constituía el derecho político.

Pero Nicolás Ramiro no fue un profesor inútil. Fue un maestro socrático, que enseñaba a través de la palabra hablada, especialmente a los jóvenes, no necesariamente de la misma disciplina académica como era el caso de José María Barahona, que sería catedrático de Oftalmología, o Enrique Luque, antropólogo, a los que nos deslumbraba con su generosidad, pues siempre tenía tiempo para todos, y su sabiduría, que no blandía pero que, a pesar del recato, le salía por todos los poros de su envergadura. Disfruté de su amistad dispensada sin tasa, pero correspondida con educada distancia por mi parte, desde el trato de usted, en los años que pasé en la Residencia del Consejo de la Calle Pinar. Lamenté, reducido en la London School of Economics, a la que me había trasladado en parte por su indicación, no acompañarle en el trance final, sucedido en 1977, demasiado madrugador para él y para todos los que le admiramos.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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