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TRIBUNA

Cuba y el fin del patrocinio al terrorismo

Alejandro San Francisco
martes 02 de junio de 2015, 20:04h

El viernes 29 de mayo Cuba salió de la famosa “lista negra” de países patrocinadores del terrorismo. Durante más de tres décadas Estados Unidos tuvo a la isla de los hermanos Castro entre los regímenes que se encontraban en esa categoría, según una fórmula que se renueva año a año.

A juicio del Departamento de Estado Norteamericano, Cuba “cumple los criterios legales” para abandonar la lista, en la que se encuentran Irán, Sudán y Siria. Como señaló en su momento el presidente Barack Obama en su propuesta al respecto, el régimen cubano “no ha proporcionado ningún apoyo al terrorismo internacional durante los últimos seis meses”, junto con expresar las correspondientes “garantías de que no respaldará actos de terrorismo internacional en el futuro”.

El gobernante norteamericano debe estar bien informado, pero surgen algunas preguntas que sería bueno contestar. Por ejemplo, ¿cuándo fueron los últimos actos terroristas que patrocinó la dictadura cubana? ¿dónde se produjeron? ¿quiénes fueron los afectados por dichos sucesos? ¿hubo muertos? Adicionalmente caben otras consideraciones: por ejemplo saber los participantes, si hay juicios pendientes al respecto y cualquier otra información que pueda ser relevante.

La decisión de los Estados Unidos tiene dos dimensiones que es importante considerar. La primera, se refiere al contexto histórico. Tras la caída del Muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética, los socialismos reales prácticamente desaparecieron del mundo, se acabó la Guerra Fría y se inició lo que Fukuyama había preanunciado como el fin de la historia. Esto significaba la victoria de la democracia liberal y la economía de mercado en el ámbito de las ideas, que pronto se transformó en una realidad práctica en casi todo el mundo. Cuba fue una de las excepciones, pues Fidel Castro se mantuvo inamovible en sus convicciones, convencido de que la Revolución debía seguir su camino tal cual se había trazado a comienzos de la década de 1960, cuando se proclamó marxista-leninista. Es decir, todavía se podía esperar la realización de la utopía y la construcción de una sociedad sin clases.

En los últimos años, ese contexto histórico ha cambiado. Ciertamente influyó el hecho de que el propio dictador de Cuba haya dejado el poder, que asumió de una manera dinástica su hermano Raúl, quien lentamente ha comenzado a mostrar cierta autonomía y promover algunos cambios que, si bien menores, son un anticipo del abandono del proyecto comunista que ha dominado la política cubana durante las últimas seis décadas.

Pero hay un segundo aspecto interesante en la postura norteamericana, y se refiere a la proyección de las relaciones bilaterales entre los Estados Unidos y Cuba, así como también al desenlace que tendrá la dictadura de los Castro en los próximos años. Las negociaciones entabladas entre Washington y La Habana permiten divisar la apertura de las respectivas embajadas en el futuro próximo, con todas las implicancias que tiene esta decisión. Hace solo unos años Fidel Castro denunciaba al imperialismo como causa de todos los males de Cuba, reclamaba por los presos cubanos acusados de espionaje en las cárceles norteamericanas, después de considerarse durante decenios como el primer (y único) territorio libre de América Latina. ¡Cómo han cambiado las cosas! Ahora su hermano Raúl se acerca al temido Imperio, tiene hasta palabras de buena crianza, busca su patrocinio y aceptación.

El tema que subyace es el futuro de Cuba. Todo indica que los Estados Unidos en los próximos años serán más o menos igual a lo que son hoy, pero no sucede lo mismo con Cuba. Hay una razón cronológica para pensar eso: Fidel Castro se apresta a cumplir los 90 años, mientras su hermano Raúl en estos días llega a los 84 años. Los dos están muy lejos de aquellos jóvenes barbudos revolucionarios que triunfaron contra la dictadura de Batista en 1959. Hoy, más bien, miran el futuro más cercano que hacia una construcción de largo plazo, piensan en las decisiones inmediatas más que en las promesas de paraísos que nunca llegaron.

¿Qué va a suceder en Cuba cuando mueran los Castro? O bien ¿qué ocurrirá incluso antes en términos de evolución política en la isla? La situación, por la que se han preguntado muchos analistas, historiadores y periodistas, está abierta. Es difícil saber cómo terminará el régimen comunista en Cuba. Algunas cosas ya están claras desde hace mucho tiempo: si desde los años 1960 en adelante la dictadura de Castro entendió que era parte de su misión histórica patrocinar las guerrillas y el terrorismo en el continente latinoamericano, en una fórmula que no tuvo éxito y que terminó de una manera dramática y sangrienta en muchos lugares, hoy la situación es radicalmente diferente. La isla se proyecta más bien en una forma menos épica que en el pasado, pero también más sensata. La locuacidad y verborrea revolucionaria darán pronto paso a un espíritu más constructivo, favorable a los acuerdos, comprensivo del cambio histórico.

Lo más probable, aunque la historia siempre depara sorpresas, es que en los próximos años Cuba avance hacia una transición democrática, que ponga fin a las seis décadas de dictadura comunista. La apertura política, la vigencia del régimen civil, la reinserción de la isla en la cultura política occidental serán una gran noticia para el continente y el mundo. Una de las últimas reliquias de la Guerra Fría estaría dando paso a la ansiada y postergada libertad, su pueblo podrá participar en los procesos electorales abiertos y, eventualmente, llegarán también los cambios económicos que le permitan salir de la miseria y aspirar a condiciones de vida mejor.

Una de las curiosidades históricas es que, de no mediar cambios relevantes, lo hará de la mano de los Estados Unidos. Otra de las grandes paradojas de la historia.

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