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ENSAYO

Agapito Maestre: Otra realidad. Diario filosófico

domingo 07 de junio de 2015, 17:39h
Agapito Maestre: Otra realidad. Diario filosófico

Tecnos. Madrid, 2015. 248 páginas. 15 €

Por Jorge Casesmeiro Roger

Abro al azar el último libro de Agapito Maestre por “Alegrías de Cádiz” y ya no puedo dejar de leerlo. El libro amplía y ensancha. Nada se pierde. Todo es genuino, auténtico y guía entre las páginas de Otra realidad. Diario filosófico. “Escribo: eso es todo”, empieza Maestre citando a su venerado Alfonso Reyes. Y desde luego es envidiable la facilidad que se decanta de su escritura, ágil, clara, jugosa. Es evidente que a este hombre le gusta escribir. Disfruta. Y si Schopenhauer le reprochase que la diferencia entre un pensador y un escritor es que el pensador solo escribe cuando tiene algo que decir, Maestre le respondería con la sencilla idea que atraviesa su libro: que la escritura es la clave del pensamiento, y que por lo tanto la mayor gracia derramada sobre un filósofo es tener ganas de escribir.

Nos quedaría entonces, dándole la vuelta al argumento, desentrañar las claves del pensamiento que jalonan estos papeles de Agapito Maestre, acopio de sus crónicas sobre lecturas, artes y otras variaciones de la vida a lo largo de cinco meses. Y para ello nada más sencillo que abrir su libro por “Alegrías de Cádiz”, porque en esta breve y enjudiosa poética de la película homónima de Gonzalo García-Pelayo encuentro condensado todo el sabor y la madurez del programa o propuesta filosófica de Agapito Maestre Sánchez. Esa propuesta por la que se solaza untando cuartillas, y también por la que se bate el cobre in partibus infidelium sin rehuir combate alguno; es cervantino.

El pensamiento en la mirada, gratitud por los clásicos y la cuestión española en el debate universal de las culturas. He aquí los tres ejes que hacen de las líneas de Agapito Maestre sobre Alegrías de Cádiz piedra de toque de este su Otra realidad, así como parábola de todo su arco filosófico.

Maestre piensa, en primer lugar, con la mirada, con ojos de lechuza. Y es con el asombro y la sabiduría de esa mirada que nos pasea por las calles de Cádiz: “Camino de iniciación, profunda raíz, calles, plazas, mercados, luz intensa del mediodía, cantes, costumbres, murgas, el Teatro Falla, el Beni, un papelón de camarones, los acentos y gracejos del habla popular, las miradas de las mujeres bellas, puestas de sol y crepúsculos, formas de amar y vivir, la Caleta, la Plaza de San Felipe Neri, la Pepa, en fin, Cádiz... La metáfora cumpliéndose. Realizándose. Cádiz es la plena luz de Gonzalo García-Pelayo”. Maestre piensa mirando y escribe cuadros, paisajes para la pinacoteca intelectual española, porque como recuerda siempre: “La pintura es nuestra forma de pensar”. Y esta es la clave de su razón vital, de su raciovitalismo orteguiano. Que más allá -o mejor más acá- de las abstracciones de la ratio, es capaz de reposar y recibir pasmado la belleza del mundo con intellectus contemplativo. Así, lo que nos trae Maestre en ese abigarrado cucurucho gaditano es mucho más que una colección de postales, es la intuición como forma de conocimiento, su apuesta por el dictum de Tomás de Aquino cuando decía que la facultad de pensar es una forma imperfecta de la facultad de intuir.

El segundo elemento que destaca en Maestre es su gratitud por los clásicos, así como por todos aquellos que han nutrido su andadura. Algo de lo que también da testimonio en su lectura de Alegrías de Cádiz: “El centro del ser humano es, a pesar de todo, de diamante puro. De la misma urdimbre carnal y sagrada que nutre la literatura de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa, del mismo tronco sentimental que convierte lo particular en universal en el pensamiento de Miguel de Molinos y María Zambrano. De esta grandiosa tradición intelectual que eleva la carne a espíritu, humus sagrado que permite una convivencia feliz entre hombres y dioses, se alimenta la aurora de García-Pelayo”.

Poderosa declaración de raíces de la que el tercer eje escogido cae por su propio peso, a saber, la importancia cultural de España, del pensamiento en lengua española, en el tablero internacional. Una cultura cuya grandeza, que nada tiene que envidiar al resto de las grandes culturas occidentales, reside en su vitalismo y amenidad: “El ser de nuestra cultura está al alcance de cualquiera que sea capaz de distinguir entre un saber alegre y la pesadez del obtuso ‘academicismo’. La literatura y la filosofía españolas no son plomizas y menos aún engoladas y retóricas. La gravedad, el drama y la tragedia de nuestra historia son más llevaderas y vivibles con nuestra literatura, a la que nunca le es ajena la voluntad de vivir bien. El anhelo permanente de felicidad es una de las señas de identidad de nuestra cultura. Quien sea capaz de soportar esa levedad (...) podrá entrar fácilmente en un debate entre culturas universales sin vergüenza de ser español”.

Esta es la Otra realidad de Agapito Maestre. Otra, en cuanto que se instala en los antípodas de las estéticas, cuños e ideologías de la globalización hoy dominante. Quien se acerque a su mirada crítica sobre la agenda de nuestro tiempo viajará por Europa, visitará exposiciones, leerá sobre libros, repensará la política y asistirá a encuentros sorprendentes, como el recuerdo de su charla con Manuel Mindán. Interesantísimo sobre todo el cuarteto que componen sus crónicas sobre tema mexicano, y entre lo patético y lo risible el tríptico de meditaciones que abordan el nacionalismo catalán; si quieren saber adónde va Cataluña, ahí encontrarán de dónde viene la virguería del derecho a decidir en nuestra historia reciente.

Pero no se dejen emboscar en la abstrusa madeja de nuestro querido norte oriental, y aligeren, graviten su lectura de Otra realidad en torno a la grandiosa metáfora de Alegrías de Cádiz. Que es en este sur donde se logra el puerto, donde se cumple el objetivo: “Trasponer todas las cosas de la vida desde su lugar real, una parte extrema de España, a su lugar sentimental: la vida de los sentimientos de cualquier ciudadano del mundo. Lo local se ha hecho universal. Grandioso y vitalista costumbrismo de ideas y creencias de España para el mundo entero”. Y así, gracias a la película de García-Pelayo vista por Agapito Maestre, nada resulta más universal y vigente que Cádiz, la ciudad más antigua de nuestra civilización. De manera que ¡viva la Pepa! y acabo ya, que me voy a ver Alegrías de Cádiz. Razón alegre. Real.

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