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NOVELA

Lorenzo Silva: Música para feos

domingo 07 de junio de 2015, 17:47h
Lorenzo Silva: Música para feos

Destino. Barcelona, 2015. 224 páginas. 18 €. Libro electrónico: 9,99 €

Por Rafael Narbona

En el origen de la literatura, se hallan en el amor y la guerra, dos pasiones opuestas, que constituyen y destruyen al ser humano. Lorenzo Silva (Madrid, 1966) ha reunido en Música para feos la brevedad de un idilio inesperado y la aspereza de los conflictos militares, donde muchas veces se lucha sin un motivo claro. En las grandes ciudades, la soledad y el fracaso tejen la rutina de muchas vidas. Mónica no es una excepción. Con veintinueve años, realiza tares de producción para un programa sensacionalista, que organiza tertulias donde mezquinas e incomprensibles celebridades intercambian insultos. Durante un tiempo, escribió en un periódico, materializando sus sueños de periodista, pero el romance con un compañero algo mayor y con un puesto de responsabilidad provocó una situación tan incómoda que abandonó la empresa. Ahora se dedica a llamar por teléfono a los famosos, soportando agravios y humillaciones. Ramón es un hombre misterioso de cuarenta y seis años, con un anacrónico sentido de la cortesía y extremadamente reservado. Ambos se conocen en una discoteca. Impulsada por una amiga, Mónica busca un ligue de una noche. Ramón se limita a observar la pista de baile desde una banqueta. Ninguno de los dos es particularmente atractivo. Son personas corrientes que pasarían desapercibidas entre la multitud. Al igual que Leonard Cohen, podrían decir: “Somos feos, pero tenemos la música”.

Lorenzo Silva destaca a los personajes principales para ahondar en sus emociones. Los secundarios son puramente anecdóticos, salvo la exmujer de Ramón, que finaliza el relato con una carta conmovedora. Se podría decir que escenifica una tragedia con recursos minimalistas. La trama principal ocupa casi todo el relato, como un río caudaloso que avanza con fuerza. Las tramas secundarias son apuntes, que añaden credibilidad, sin estorbar al argumento central. Hay miles de mujeres como Mónica, que observan con tristeza el paso de su vida, experimentando la sensación de perder un tren tras otro. Ni siquiera se rebelan contra ese destino. Lo aceptan con fatalismo, casi como un enfermo en la cama de su hospital, impotente para enfrentarse a un diagnóstico sombrío. Ramón es diferente. Su trabajo le aleja de la sociedad, pero le ofrece el compañerismo de los que se juegan la vida en remotos frentes de batalla, abandonados a su suerte por políticos que sacrifican peones sin mala conciencia, pues consideran que un soldado es una variable menor, un lápiz que puede romperse y reemplazarse por otro, sin pensar demasiado en el dolor y las pérdidas.

Música para feos no es otra historia de amor, sino la historia de amor de dos seres muy humanos, muy creíbles y muy cercanos. Lorenzo Silva muestra grandes dosis de perspicacia psicológica, definiendo a sus personajes por gestos, confesiones, silencios y complicidades. No incurre en tópicos que restarían verosimilitud a un romance intenso, pero nada turbulento. No hay pasiones enfermizas, pero sí un hondo temor a la separación. Aunque los protagonistas actúan con naturalidad, notamos desde el principio que su relación pende de un hilo. La tijera de las Parcas parece hambrienta desde el primer encuentro, recordando la precariedad de la existencia humana, infinitamente más vulnerable que sus afectos. Ramón y Mónica se quieren sinceramente y planean un porvenir de dicha y canciones compartidas.

Lorenzo Silva recurre a la música para mostrar las afinidades y los contrastes de una pareja que pertenece a generaciones diferentes. Ramón escucha a los grupos de los ochenta, provocativos, sentimentales y optimistas. Mónica sigue la música de los noventa, mucho más cínica y desgarrada. Las letras reproducen sus sentimientos, casi parecen escritas para servir de telón de fondo a su enamoramiento. Música para feos es una deliciosa y doliente novela, que mezcla el amor y la guerra. Hay sufrimiento en sus páginas, pero el drama no oscurece el canto por la pasión y la vida. Mi lectura se ha mezclado con la evocación nostálgica de Breve encuentro (David Lean, 1946) y Estación Termini (Vittorio De Sica, 1953). El mundo puede ser un lugar feo e ingrato, pero el amor -muchas veces, breve y trágico- deja un rastro de ilusión y poesía. Solo un gran narrador como Lorenzo Silva puede lograr un efecto semejante, que recuerda el talento de los grandes directores del cine clásico, pero adaptado al mundo de hoy, con sus novedades e incertidumbres. Espero que algún director de cine se anime a transformar la historia en una película, conservando los magistrales diálogos y las canciones que iluminan un drama con una serena y palpitante belleza.

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