Me voy a meter en un jardín. Me parece una irresponsabilidad de dimensiones incalculables que algunos padres decidan saltarse el calendario de vacunación de sus hijos. Y afirmo esto no sólo porque ponen en riesgo la vida de esos menores que no pueden decidir por sí mismos, sino también las de los hijos de los demás. Es decir, la de los míos.
Está de moda lo natural: la verdura ecológica, el pollo de corral, los esmaltes de uñas sin tolueno, los refrescos sin azúcar, el café sin cafeína… Resulta que consumo de todo lo que acabo de mencionar aunque sin excluir el resto si se tercia, que tampoco le hago ascos a una patata frita poliinsaturada, a una pizza a golpe de llamada o a una esponjosa y chorreante tarta de chocolate prefabricada. Pero si hablamos de vacunas, ahí no me van a encontrar.
Si no recuerdo mal, durante el primer año de vida de nuestro hijo hemos pagado más de 500 euros en vacunas ‘voluntarias’ (hasta hace bien poco eran obligatorias pero, claro, demasiado caras para seguir siendo soportadas por el sistema). Eso supone que hay niños de primera (a los que se vacuna porque sus padres quieren y pueden), y de segunda, los no vacunados sencillamente porque sus padres no quieren o porque no pueden permitirse esos más de 500 euros en total. ¿Recuerdan en cuánto se sitúa el salario mínimo interprofesional? Más de la mitad de los trabajadores españoles gana menos de 1.000 euros al mes y no voy a recordar las cifras de parados.
Vamos, que uno va al pediatra con las vacunas en una mano y un sentimiento de culpa inmenso en la otra mirando de reojo a los niños en la sala de espera haciendo cábalas sobre si serán de los afortunados o no.
Ahora resulta que vuelven a estar incluidas en el calendario de vacunación. Manda narices. Es obsceno comerciar con la vida de nuestros bebés…
Sobre la de la varicela se armó mucho más alboroto y ríos de gente iban de romería a Navarra o a Portugal a comprar lo que aquí ni pagando era posible conseguir. O sea, que dejan de financiar la vacuna pero además impiden que la compremos… Ni siquiera los pediatras se ponen de acuerdo sobre si debe administrarse o no. Todo tiene pros y contras. Pues claro, tomar mucho chocolate, también, o fumar o hacer demasiado deporte.
Y ahora, la difteria. Ocho compañeros del pequeño que lucha por su vida en un hospital catalán son portadores de esta enfermedad, pero como fueron vacunados no la sufrirán. Ellos no… pero la pueden contagiar a todo aquel que no haya sido vacunado. Así que todos aislados y sometidos a un tratamiento de antibiótico por si acaso.
Ver a un enfermo sufrir es doloroso. Si, además, se trata de una persona querida, ese dolor se multiplica. Pero si el que sufre es un niño, es desgarrador e indescriptible lo que se puede llegar a sentir. Claro que van a seguir existiendo las enfermedades y la muerte pero, por Dios, hemos avanzado como civilización lo suficiente como para proteger a nuestros hijos de algunos males. ¡Hagámoslo! De otros no podremos librarles aunque daríamos lo que fuese por hacerlo…
Paso de modernidades, me declaro una completa y absoluta arcaica en estos temas y defiendo la vacunación y la prevención y la vida sana, en la medida de lo posible, frente al riesgo y la irresponsabilidad. Porque nuestra decisión no sólo puede ser definitiva para nuestros hijos, sino para los hijos de quienes estén alrededor de los nuestros. Y a todo aquel que plantee reparos teóricos a mi forma de pensar le invito a pasearse por una planta de pediatría de un gran hospital. Eso sí, recomiendo ir con el estómago vacío. Si aún así sus principios le guían por la senda de dar la espalda a la vacunación, respeto sus creencias aunque no las comparta, pero al menos habrá reflexionado sobre el terreno y barajado posibilidades reales. Aunque estoy segura de que la mayoría de esos convencidos cambiaría de opinión si hiciera lo que propongo…