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Un nuevo parque temático

miércoles 28 de mayo de 2008, 18:20h
Esta semana he leído las declaraciones que hacían a un periódico cinco vecinos del centro de Madrid. Contaban, con dosis de bastante resignación mezclada con el más puro y castizo cabreo, que cada vez es más difícil habitar en un lugar donde no se respeta el derecho al descanso, a la tranquilidad, a la libertad de movimiento y a un mínimo de limpieza e higiene. En concreto, y a pesar de que a mí lo que me gusta es el ardiente sol, me uno, sin dudarlo ni un segundo, a la categórica afirmación que hacía la persona que desde hace 30 años vive en la Plaza Mayor: “La lluvia es la única que protege nuestros derechos”. Por desgracia es así. Es la única que puede evitar, por ejemplo, la surrealista lucha que hay que librar con los municipales que no te dejan circular. Los fines de semana, cuando el parking de la Plaza Mayor está completo, se corta el tráfico de la calle Mayor desde Bailén. Si intentas detenerte para explicar al municipal de turno, con el papelito del empadronamiento entre los dientes, que lo único que quieres es ir a tu casa, lo primero que te ganas es una bronca. Pero si consigues que te escuchen sin amenazas de multa inminente por pararte donde no debes, es una gran victoria. Lo de llegar al garaje ya es lotería.

Y que conste, que los vecinos de las zonas más céntricas de la capital somos muy conscientes del peaje que hay que pagar por tal privilegio. Nos gusta nuestro entorno y, por eso, queremos que los demás lo conozcan y que se aficionen a sus fachadas, a sus estrechas y enrevesadas calles, a sus rincones aún escondidos listos para sorprender. También, cómo no, a las tapas y a las cañas en las animadas terrazas.

Pero el turismo artístico y cultural nada tiene que ver con el despliegue de títeres, faranduleros, fanfarrias y soplagaitas con el que esconden, cada vez más a menudo, la sencilla belleza de las plazas a las que precisamente se debería atraer. La arquitectura y la historia del Madrid más antiguo no necesita de tenderetes plastificados ni de animadores con hulahops fosforescentes y gritos de megafonía, como el que se monta en plena Plaza de Oriente para que, supongo, la gente que allí acude se entretenga. ¿Es que no es suficiente entretenimiento narrar la historia que encierran esos lugares y dejar vagar la imaginación para trasladarse a otra época? Parece que no, y Madrid cada día se asemeja más a un hortera parque temático.

Hay actividades tradicionales que sí engalanan y contribuyen al turismo, enriqueciéndolo con procesiones, mercadillos de Navidad, representaciones de ópera al aire libre o las clásicas verbenas. Pero nada más. El resto es tapar con brillantina barata lo que ya de por sí tiene su propio e inagotable resplandor. Y, por supuesto, también es hacer que a los habitantes de la zona no les quede más remedio que ir pensando en dejar sus casas para que, al final, éstas se acaben por convertir en un decorado de cartón piedra. Igual que una reserva india. Algún día, se pagará para ver a los pocos que queden detrás de alguna de las hermosas rejas de los balcones del lugar. Pasen y vean señores. Así se vivía en el Madrid de los Austrias a principios del siglo XXI.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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