El prestidigitador Alexis Tsipras
viernes 12 de junio de 2015, 11:45h
Actualizado el: 12 de junio de 2015, 12:38h
Ayer volvió a emitir la televisión pública griega, dos años después de su cierre como medida de austeridad por la galopante crisis económica del país heleno. El hecho ha sido escenificado, además, con un emotivo show, en el que empleados de la cadena se fundieron en un abrazo para celebrar el acontecimiento, y el presentador del primer programa matutino arengó a los espectadores: “Es un día especial para todos los griegos, para los amantes de Grecia y para los amantes de la libertad de información”.
La reapertura de la televisión pública era una de las prioridades del primer ministro, Alexis Tsipras, y su coalición de izquierda radical, Syriza, la ha vendido nada más y nada menos que como “una gran victoria para la democracia”. Pero, a pesar de las fanfarrias, la realidad es muy otra, y el tiempo de la negociación del Gobierno de Syriza con la Unión Europea (UE) se agota y no se llega a ningún acuerdo, al punto que los principales acreedores (Fondo Monetario, Banco Central Europeo) se van retirando, cansados de una negociación estilo zoco. Syriza presenta un plan tras otro, pero son papel mojado, pues no cumplen las exigencias que Bruselas, con toda razón, les plantea. Syriza pide imposibles, pues el dinero que la UE le ha prestado a Grecia -por cierto, en unas condiciones excepcionalmente favorables-, no pertenece, pese a que quieran hacerlo creer así, a malignos entes sedientos de capital, sino a todos los ciudadanos europeos. En el caso de España, como bien explicó el ministro de Economía, Luis de Guindos, los 26.000 millones de euros prestados equivalen al gasto anual por prestaciones de desempleo, por lo que, obviamente, supuso un gran esfuerzo para los ciudadanos españoles, y su recuperación no puede abandonarse alegre e irresponsablemente.
Pero parece que el Gobierno de Syriza se niega a hacer frente a la realidad y prefiere sacarse conejos de la chistera en un juego de magia con el que entretener a los griegos ante la evidente imposibilidad de traerles el paraíso a la tierra como poco menos les prometió el partido de Alexis Tsipras para que le votasen. Ahora, les da el juguete de la televisión –una cadena groseramente deficitaria que pagamos todos; todos los europeos, se entiende. Un juguete que, eso sí, les resulta muy útil para manipular y tergiversar, lo que es muy del gusto de todos los populismos que están ansiosos -y no hace falta mirar a Grecia, hay ejemplos mucho más cercanos- por hacerse con las televisiones y medios de comunicación públicos. Grecia está en un laberinto, pero cada vez está más claro que Syriza no es el hilo de Ariadna. Aunque ahora, con la televisión en sus manos, redoble su engañosa autopropaganda.