Más de una semana ha tardado Erdogan en comparecer públicamente tras perder la mayoría absoluta en las legislativas turcas. El resultado en cuestión, sin ser una derrota como tal, sí es un serio correctivo, por cuanto su partido Justicia y Desarrollo -AKP- llevaba desde 2002 haciendo y deshaciendo a su antojo sin cortapisa alguna. Ahora, sin embargo, Erdogan tendrá que hacer algo a lo que no está acostumbrado: dialogar.
De un tiempo a esta parte, Erdogan intenta abanderar la representación del Islam político, sin mucha fortuna. Su sospechosa inacción en el tema del IS -la frontera turca es un auténtico coladero de yihadistas, ante la pasividad de Ankara- no gusta a un mundo árabe que, como Jordania o Arabia Saudí, integran la coalición internacional que bombardea sus posiciones. Así pues, no puede vender a nivel doméstico lo que a todas luces es una política exterior nefasta.
Pero tampoco a nivel interno la situación es mucho mejor. Autoritarismo y corrupción son las señas de identidad de un régimen que, de forma tan sutil como inexorable, cada día se islamiza un poco más. La democracia turca es manifiestamente mejorable, y buena prueba de ello son los intentos de Erdogan de silenciar tanto a la oposición como a la prensa crítica. Es posible que electoralmente le fuera rentable en su momento, pero ahora son otras las tornas, como han reflejado las urnas.