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Las crisis del PP

miércoles 28 de mayo de 2008, 20:27h
Ha dicho Manuel Fraga Iribarne, paladín de la reforma propuesta por Mariano Rajoy y avalista de Alberto Ruiz-Gallardón, que en el Partido Popular no hay crisis. Tiene toda la razón. No hay una crisis, sino varias, todas ellas de respetable envergadura, que juntas hacen incierta no sólo la solución sino incluso la pervivencia del partido, entendido como auténtica alternativa de poder.

Cuando un político de las características de Fraga se convierte en el garante de un cambio de estrategia que sitúa a gente como San Gil, Aguirre, Mayor, Vidal Quadras o Astarloa en el “inmovilismo reaccionario” es que la derecha española ha superado el umbral del surrealismo para adentrarse en los terrenos del sainete, donde siempre se han encontrado más a gusto. Si ahora resulta que los restos de Alianza Popular son la vanguardia progre del PP, apaga y vámonos.

Hay una fuerte crisis ideológica, resultado de la pinza formada por los señores de las taifas y algunos estrategas de Génova. Unos quieren más poder, más competencias, dineros y puestos a repartir. Han descubierto las ventajas de que nadie mande en Génova y se han dejado seducir por el modelo confederal planteado por Rodríguez Zapatero. Otros creen que es posible mantener los diez millones largos de votantes bajando el tono ideológico y abriéndose a la izquierda. Todos coinciden en asumir posiciones más relativistas tanto sobre el modelo de estado como sobre principios y valores. Un giro así tiene un coste en cohesión y en votos. Encontrarán resistencia y perderán muchísimos electores. Si a eso se añade que su líder, Mariano Rajoy, está políticamente muerto, se hace más fácil imaginar una sucesión de derrotas que el triunfo electoral, salvo que el Gobierno cometa gravísimos errores.

Pero junto a la crisis ideológica está emergiendo otra de menor calado, pero de indudable importancia. Muchos de los que, en mayor o menor medida, aceptan el cambio de estrategia consideran necesario reemplazar a Rajoy, a la vista de su falta de condiciones para mantener unido al partido y para ganar unas elecciones generales. Su problema es que no plantean una alternativa y sólo un suicida retiraría su confianza a un hombre como Rajoy sin tener opciones mejores para sustituirle. La operación de desgaste capitaneada, al alimón o por separado, por los diputados Costa y Elorriaga sólo tiene sentido si disponen de un “tapado”. Rodrigo Rato es una figura indiscutible en el PP y nadie más que él dispone de la autoridad necesaria para reclamar la presidencia. Pero Rato no es diputado y no le interesa, en el hipotético caso de que quiera el liderazgo, dar un paso antes de que llegue el momento de elegir cabeza de lista para las próximas elecciones generales. Mientras tanto, le conviene que Rajoy y su equipo enfilen la recta de sucesivos desastres electorales en Galicia, País Vasco y Europeas, como Felipe González hizo con la UCD. Sólo entonces los emires autonómicos comprenderán que con Rajoy corre peligro su propio suelo electoral y aceptarán de buen grado la vuelta de Rato a la política.

¿Y si no hay un “tapado”? En ese caso resulta sorprendente que figuras tan “ligeras”, carentes de apoyo regional importante, puedan realmente echar un pulso a quien hasta hace unas semanas han servido como parte de su equipo ¿Pueden entender los cuadros del Partido y los votantes su comportamiento? Los millones de electores indignados con Rajoy, por lo que consideran una traición, no dudan de su autoridad y, con todo, le respetan más que a unos diputados poco conocidos por el común ¡Qué decir de los señores de las taifas, preocupados por mantener la situación como está!

El Partido Popular se va adentrando en terrenos complicados, donde las ambiciones personales se cruzan con las diferencias ideológicas en beneficio del Partido Socialista y de la red de nacionalistas, que ven encantados como se derrumba el único dique existente ante las riadas segregacionistas. No se trata sólo de encontrar una alternativa a Rajoy que cuente con el aval de las taifas. Además, y sobre todo, hay que cerrar el abismo ideológico creado por la actual dirección. El nuevo equipo tiene que devolver la cohesión perdida, porque de otra manera la pérdida de votos puede convertir al PP en no más que un comparsa del Gobierno.
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