La orden jesuita es una organización singular. Traspasa las reglas y tradiciones. Desde su fundación se destacaba por una disciplina férrea, una educación esmerada, una estructura estrictamente vertical y por un voto más que las demás órdenes. Si el Pontífice de la Iglesia Católica tiene el vestido blanco, el General de los jesuitas es conocido como el Papa negro, por ser bastante poderoso y por vestir la sotana oscura. El peso que adquirióla Compañía de Jesús entre las autoridades e intelectuales fue uno de los motivos, y no de menor peso, para su supresión en 1773. La restauración de la misma, en 1814, demostróque una medida tan radical no fue eficaz: con velocidad sorprendente los jesuitas recuperaron sus miembros y, hoy día, es una de las órdenes que más religiosos une bajo sus preceptos.
Si la organización per se es singular, no menos deben ser los que la forman. Tanto más sus miembros destacados. El Papa Francisco no se cansa de mostrarlo desde la célebre proclamación “habemus papam”. Mas, ahora, pasados unos años, se le nota que él ha adquirido la experiencia del oficio pontificio y actúa cada vez con más brío y valentía. ¿No es una demostración de gran ánimo el encuentro con Fidel Castro? ¿No es grande la osadía de llamar a Mahmud Abbas “un ángel de paz”? Aunque, sinceramente, a veces entran ganas de recordarle al Pontífice una gran lección que da el Quijote a su amigo Sancho: es un hierro común que los demonios son unas criaturas odiosas que huelen a azufre, más bien, ya que saben mucho, suelen disfrazarse con que hacen que la gente no les tenga por demonios.
El Papa Francisco se muestra muy versado en los asuntos de la actualidad, dicho de modo más católico, en los peligros que le amenazan a la cristiandad. Para su encíclica Laudado si, el Pontífice ha elegido la amenaza más temible: la naturaleza. El mundo cristiano durante siglos de su existencia ha tenido muchos enemigos externos e internos, pero nunca tan ecuménico, omnipresente y efímero como el cambio climático. Hace bien el Papa en advertir que “hay un consenso científico sólido”sobre la realidad del calentamiento global. De este modo, consigue advertir a los científicos que todavía no lo sabían o, peor aún, dudaban de ello. El Papa Francisco va más alláy nos da pistas para la salvación: reemplazar los combustibles fósiles, precisa “sobre todo el carbón, pero aún el petróleo y, en menor medida, el gas”y advierte que tenemos que hacerlo “progresivamente y sin demora”. ¿Por quéel gas en menor medida?¿Acaso el uso del carbón es más perjudicial que el del gas? O, quizás, ¿esto forme parte del plan de ayuda a los países del “tercer mundo”que exportan estos tipos de combustibles? Sea como sea, lo más destacable de la encíclica del Papa Francisco es la esperanza, casi una convicción, de que es posible conseguir lo que nunca se ha dado en la historia universal: “un consenso global”para enfrentar los problemas que no pueden ser solucionados de modo individual.
No obstante, ¿es tan eminente la catástrofe climática? No cabe la menor duda si lo dice el Papa. Sin embargo,más alláde la ironía, la vida humana es corta y el Papa, como sus líderes políticos favoritos, mira al horizonte demasiado lejano. Asílas cosas, es muy probable que no nos toque vivir las consecuencias del calentamiento global ni del caos ecológico. La razón es muy fácil de explicar. Tenemos un “aliado”que nos pueda “salvar”del Apocalipsis climático: los extremistas islámicos que pululan dentro y fuera de Europa. Su piedad con el mundo cristiano es tan grande que pretender hacernos más corta la vida a todos los cristianos. ¿Serápara que no suframos el calentamiento global? En fin, con todos mis respetos al Papa, esta encíclica sobre el calentamiento global me parece fuera de los problemas eminentes y cruciales de la humanidad.