www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

La muerte de un hijo

sábado 20 de junio de 2015, 19:33h
No soy padre, pero puedo imaginar el inenarrable dolor de perder un hijo. Inenarrable porque las palabras parecen insuficientes para explicar una pérdida que altera el orden natural de la vida. Se asume que la vejez es la última estación, el tramo final de la existencia, pero la mente se rebela contra la muerte de un niño. Vivo en un pueblo situado cerca de la vega del Jarama, con la sierra de Guadarrama al norte, y con vastos campos de trigo y cebada ondulándose hasta el horizonte. Casi nunca sucede nada, pero en los últimos diez días han muerto dos niñas. Una sólo tenía tres años y se ahogó en una pequeña piscina de plástico. Ignoro las circunstancias. Otra había cumplido doce y sufría una enfermedad degenerativa. Se ha apagado poco a poco entre una consternación generalizada. No voy a cometer la temeridad de dar consejos. El dolor de unos padres es infinito y sólo cabe acompañarlos, adoptando una actitud de escucha y solidaridad. Presumo que enfrentarse a la muerte de un hijo es particularmente difícil en una época que ha convertido la muerte en un aciago tabú. Se dice que vivimos en una era “posreligiosa”, pero no se ha desvanecido la angustia que nos produce reparar en nuestra finitud. No dejamos de preguntarnos si habrá algo más, si morir significa desaparecer del todo o mudar hacia otro estado que somos incapaces de conocer o representar. La crisis económica ha disipado la idea de un progreso indefinido hacia lo mejor, pero persiste una confianza irracional en los recursos de las sociedades avanzadas para resolver cualquier problema. Esa creencia ha menoscabado nuestros recursos para encarar los conflictos asociados al hecho de vivir. El ya desaparecido Carlo Maria Martini, antiguo Arzobispo de Milán, entiende que “cierto clima de fácil optimismo, según el cual las cosas se van arreglando por sí mismas, no sólo enmascara el dramatismo de la presencia del mal, sino que apaga también el sentido de la vida moral como lucha, combate, tensión agónica; ese clima oculta que la paz se consigue al precio de la laceración sufrida y superada”.

La muerte de dos niñas en mi pueblo me ha recordado la actitud del filósofo francés Emmanuel Mounier ante su hija profundamente discapacitada. Desde su nacimiento, se hallaba sumida en “una misteriosa noche del espíritu”, pero él sentía que su silencio le convocaba desde una dulce tenacidad. “Es una presencia en mí”, escribe. Y esa presencia le revela que el otro siempre nos concierne. Ante el otro, no cabe la evasión, sino el compromiso. Su dolor y su alegría no pueden dejarnos indiferentes. Los otros no nos limitan, sino que nos configuran. Nos permiten ser, conocernos, encontrarnos. Si niego al otro, me niego a mí mismo. Si no hay amor, no hay humanidad. Mounier escribe a su esposa: “¿Qué sentido tendría todo esto, si nuestra hijita no fuese más que un ovillo de carne caída en no se sabe qué abismo, un fragmento de existencia sin sentido y no esta blanca y pequeña forma sagrada que nos sobrepasa a todos, una inmensidad de misterio y de amor que nos deslumbraría a todos si se nos mostrase ante nuestros ojos; si cada golpe, cada vez más duro, no fuese una nueva elevación que -a cada instante, cuando nuestro corazón comienza a acostumbrarse, a adaptarse al golpe precedente- representa una nueva exigencia de amor?”

La madre de la niña que ha muerto con doce años ha experimentado algo parecido ante su hija. Sufre como cualquier madre en la misma situación, pero piensa que lo vivido –y padecido- le ha enseñado a amar a los demás. No se ha encerrado en su dolor. Prefiere compartirlo y responde al cariño con ternura, paciencia y gratitud. No está resignada, sino transformada, casi renacida. Estar cerca de ella transmite paz, sabiduría, dignidad. Ayer hablé con el joven sacerdote que no se ha separado de la familia en los últimos meses. “Pienso en la resurrección y me parece una ilusión, algo ficticio –le confesé-. ¿Podrías decirme algo que me ayude a cambiar de opinión?”. “Yo también conozco la duda –respondió con los ojos húmedos-. La duda siempre está ligada a la fe. De hecho, forma parte de ella. ¿Se puede explicar o describir la eternidad? No lo sé. Sería como explicarle la luz a un ciego de nacimiento. Lo siento. No puedo decirte mucho más”.

La expectativa de la resurrección alivia el dolor de la pérdida, pero ¿qué sucede cuando no existe, cuando no se cree en esa posibilidad? Amar nunca es un gesto estéril. El que ha amado a un hijo no puede permanecer impasible ante el dolor ajeno, especialmente cuando se trata de niños. No importa que sufran en un lugar remoto. Conoce su vulnerabilidad, su indefensión. Ante su sufrimiento responde con el humanísimo –y humanizador- deseo de curar sus heridas físicas y psíquicas. El amor a los hijos es la vía privilegiada de acceso a la solidaridad y la fraternidad. En cada padre o madre que ha perdido un hijo triunfa el bien, el deseo de que otros niños puedan vivir con salud y alegría. La muerte deja un terrible vacío y puede encender la rabia, la ira y el resentimiento, pero saber que con cada niño empieza de nuevo la vida, que lo humano no se extingue del todo y que renace una y otra vez, con miles de promesas e inauditas posibilidades, quizás puede ayudar a mirar el futuro con una razonable esperanza y una relativa serenidad.

Rafael Narbona

Escritor y crítico literario

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (11)    No(0)

+
0 comentarios