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ENTRE ADOQUINES

Isabel Pantoja, ¿kie o enchufada?

miércoles 24 de junio de 2015, 20:10h
Empiezo a escribir, confesando que no sé en qué mundo he estado metida estos últimos días o semanas. El caso es que hasta hace solo un momento, mis ojos no se habían detenido en el último barullo al por mayor que se ha montado con la incombustible Isabel Pantoja como protagonista. Lo sé, no hay excusa que valga. Tanto andar renqueando entre los resultados de las municipales y autonómicas, los sorprendentes pactos post electorales (que piden a gritos una segunda vuelta), el tira y afloja entre una Grecia engreída y una cada vez menos timorata UE o el enésimo asesinato múltiple en Estados Unidos a manos de un descerebrado con cara de diabólico bebé, y así, sin más, voy y me pierdo la gran exclusiva: la Pantoja ejerce de Pantoja allá donde va. Sí, también en la cárcel, otro lugar más en el que, al fin y al cabo, a uno le precede su fama. Ojo, en este caso, la fama de tonadillera altanera con vida tormentosa, carne de tormenta perfecta, que no la fama - o la consecuencia – de haber llegado allí “enviada” por una sentencia firme: 24 meses por blanqueo de capitales.

Por alguna extraña razón de esas que campan a sus anchas por el endiablado subconsciente, hoy me han sobresaltado las imágenes de Pantoja quitando espacio, por ejemplo, a la polémica sobre si lo que Rajoy “devuelve” a los funcionarios es para aplaudir o para volver a indignarse. Magnífico tema de debate, aunque, les aviso de antemano, me quedo con el affaire Pantoja. Lo reconozco sin pudor, me tienta adentrarme, de la mano de Isabel, en el folclore de las entretelas de este país empeñado en convertir las diferencias en elementos irreconciliables, en vez de aceptar que desde que el mundo es mundo cada cual es de su padre y de su madre. Que siempre habrá quien vea en Isabel Pantoja (o personaje similar) un mito y quien, por el contrario, se quede perplejo descubriendo, una mañana cualquiera, el tremendísimo “interés” o morbo que su persona, no su faceta artística, despierta. De modo que, aunque a algunos se nos pasen las noticias acerca de sus avatares amorosos con final trágico, rocambolesco o penitenciario y sus peripecias entre rejas, lo cierto es que no podemos ignorar las suculentas audiencias que alcanza todo lo referido a ella y a su peculiar entorno. Ya verán cuando firme ejemplares de sus memorias carcelarias en la Feria del Libro, que empiecen a temblar los escritores.

En todo caso, no quiero centrarme en esta manía tan nuestra – por cierto, otra vez muy de moda – de radicalizar posturas, de ignorar el fondo para quedarnos en las formas propagandísticas que tan solo sirven para dar aire, y vuelos demasiado altos, a quienes se benefician precisamente de ese “negro o blanco”, “conmigo o contra mí”. Me fastidia esta peligrosa atmósfera de que todo valga con tal de alzar el brazo empuñando el bastón de mando, aún a costa de mandar al carajo – o simplemente ignorar – aquello que se vendía a bombo y platillo en los programas para convencer al electorado. Igual que aquellos personajes que antaño iban de pueblo en pueblo vendiendo un milagroso mejunje que todo lo curaba o, mejor aún, servía para que volviera a crecer el pelo. Y el tipo, oigan, agotaba la mercancía. Prometer siempre ha resultado demasiado fácil. Sale barato traficar con futuros desengaños, sobre todo, cuando soplan vientos con pretensiones de oler como La Bastilla y enarbolan banderas anti todo, por sistema.

Pero volviendo al asunto Pantoja, leo con perplejidad que, según cuentan, la cantante ingresó mostrando bandera blanca. “Soy una interna más”, aseguran que repetía humilde e incansable. Pero no lo era. Y, perdónenme mi sesgada opinión, seguramente nadie quiso nunca que lo fuera. Menuda exclusiva, compartir pena nada menos que con la Pantoja. ¿Privilegios? Denuncian que antes de ser “recibida”, pintaron la celda, ignoro si de un color especial, y le cambiaron el colchón. Al principio, los propios funcionarios lo desmintieron, pero ahora esos mismos funcionarios de Alcalá de Guadaira denuncian que la situación es insostenible. Que Pantoja se ha reivindicado Pantoja, que manda más que ellos. Pobre del que ose llevar la contraria a la folclórica, a quien tachan de enchufada, negándole - como si de un título nobiliario se tratara - la condición de Kie, en jerga carcelaria el líder que se gana el “respeto” atemorizando al personal. Pues no, de lideresa matona, Isabel Pantoja por lo visto no tiene nada. Según las declaraciones de estos funcionarios, lo que ocurre es que ha hecho “cuchipanda” con la directora. Pero si Pantoja se ha ganado a María Isabel Cabello Vázquez, también se ha llevado el premio limón que, al parecer, están deseando tirarle a la cara la mayoría de las reclusas, las mismas que, al principio, nada más llegar la artista, quisieron tocarla para comprobar su terrenidad.

“Se creyó que esto era su cortijo”, resume – y yo leo estupefacta, no sé ustedes – uno de los funcionarios que, por otra parte, advierte que las internas “fuera del respeto” – vamos, las que van a su bola y no de buenas precisamente – ya están hasta las narices de tanto “pantojeo” y que empieza a respirarse, incluso, aroma a motín. Más “Bastilla”, esto es guerra. No me digan que no estamos tejidos de folletín, ya sea friki o contestatario. Una última frase, que no es mía sino de otro (o del mismo) funcionario, para deleitarnos o sonrojarnos, según sea el caso: “Como la Pantoja pase a fumar, diga una impertinencia y a las otras las coja cruzadas… Sabe Dios”. No les prometo seguir informando.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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