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BIOGRAFÍA / ENSAYO

Sheilah Graham: Lecciones de un Pigmalión. La historia de cómo F. Scott Fitzgerald educó a la mujer que amaba

domingo 28 de junio de 2015, 16:23h
Sheilah Graham: Lecciones de un Pigmalión. La historia de cómo F. Scott Fitzgerald educó a la mujer que amaba

Traducción de Ramón de España. Elba. Barcelona, 2014. 278 páginas. 21 €


Por José Miguel González Soriano

«Era una educación llena de vida. Hecha de carne, huesos y sangre. Llenaba mi vacío interior». Antes de conocer en Hollywood a Scott Fitzgerald, la periodista Sheilah Graham (1904-1988) era lo que los norteamericanos denominan una personalidad hecha a sí misma (self-made man or woman), una luchadora que, desde un origen humilde dentro de una familia de judíos ucranianos emigrados a Inglaterra, había logrado emprender una fulgurante carrera periodística y dar el salto a los Estados Unidos, tras haber trabajado inicialmente como corista y haberse casado a los dieciocho años con un hombre de negocios mayor que ella, de quien tomó el apellido y que resultó ser impotente y acabó arruinado.

En 1935, Graham logró contratarse como reportera en Hollywood, convirtiéndose pronto en una de las más reconocidas cronistas de sociedad de la meca del cine. Motivos no le faltaban, hasta ahí, para sentirse orgullosa de su trayectoria; sin embargo, no dejaba de arrastrar determinados complejos al ser consciente de sus limitaciones culturales, sintiéndose incómoda en ambientes donde podía encontrarse con escritores y guionistas de la talla de Scott Fitzgerald, entonces en horas bajas -propenso a los excesos alcohólicos y con su mujer, la popular Zelda, internada en un psiquiátrico-, a quien Graham conoció a mediados de 1937 y con quien iniciaría una relación sentimental.

Deseoso el autor de El gran Gatsby tanto de «refrescar sus conocimientos como yo de aprenderlo todo desde el principio», según Graham, diseñó para ella todo un plan educativo, una «universidad particular» con su amante como única alumna, con la que poder transitar más allá de las fiestas de Beverly Hills. College of one, rescatada en español por Elba bajo el título Lecciones de un Pigmalión y con un epílogo a cargo de la hija de Graham, es la historia en primera persona del amor y la unión de la pareja, hasta la muerte repentina de Fitzgerald en 1940, a través de un currículum cultural que pretendía sustituir una educación reglada y que constituye, en sí mismo, un curioso testimonio del canon humanístico sopesado por el novelista.

Así, Fitzgerald -quien no finalizó sus estudios en Princeton- le elaboraba listas de lecturas imprescindibles en literatura, historia, filosofía, religión, música y arte; y juntos inventaban bailes para acompañar los poemas de T.S. Eliot, representaban escenas de Los hermanos Karamázov o debatían apasionadamente sobre la Biblia. En su plan racional, el tutor hacía alternar a su alumna El capital con Los papeles de Aspern o la arquitectura eclesiástica con Maupassant. Del propio Fitzgerald entraba en el temario Suave es la noche, mientras que la literatura hispánica –tristemente- brillaba por su ausencia. Sus preferencias literarias abarcaban desde Homero a Shakespeare, Keats, Flaubert, Dickens, Anatole France, Conrad, Dreiser, Bernard Shaw o Marcel Proust, cuya lectura de En busca del tiempo perdido dio arranque a la nueva instrucción para Graham.

Si su primer marido -su primer Pigmalión- le enseñó conducta social y la introdujo en la alta sociedad, con Fitzgerald, Sheilah Graham descubrió cómo «el saber podía ser estimulante y durar hasta el final de la vida de uno»; y para el escritor, «la universidad de una sola alumna lo distraía de su fracaso como guionista»… «Escribe sobre lo que conozcas», solía aconsejar Fitzgerald a su aplicada pareja: de sus ocho libros autobiográficos, varios están centrados en el propio autor norteamericano. Y, si Rosa Belmonte -nuestra más brillante cronista de sociedad- señala la muerte de Fitzgerald como el mejor párrafo de Lecciones de un Pigmalión, nosotros nos quedamos con la conferencia sobre cine escrita por él para su amante, inserta en el libro; y es que, desde luego, en el propósito de la única alumna de la universidad de Scott Fitzgerald no estuvo nunca el pretender superar a su maestro.

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